9.

979 Palabras
9. —Espera, ten paciencia —de pronto la cara del anciano cambió su expresión, ahora reflejaba su verdadero cansancio que por un momento se había ido de él—. Ya no tengo mucho tiempo y eres la única que puede ayudarme. —Grandioso. ¿Otro favor? —Sé que me costará algo, así que te pido que entregues este pergamino por mí a su verdadero dueño. Escúchame bien, pequeña Vrag, hay una ciudad debajo nuestro pero yo no podré guiarte, así que debes hacerlo sola. Busca la manera de dar con la entrada. —Oye anciano, esto suena a cuento falso… —solté algo molesta, tenía la panza vacía y eso me ponía de peor carácter— ¿Qué es eso de Vrag? No era la primera vez que lo había escuchado y no sabía lo que significaba. —Ayúdame —insistió el anciano. —No creo que pueda. —Te equivocas, yo sé que puedes. Tu madre era Sonya, la hija de la hechicera de luz, ella conocía la entrada por eso sé que podrás hacerlo tú también… Me quedé mirándolo, no esperaba que la mencionase. ¿Cómo es que ese anciano llegó a conocer a mi madre? Tenía muchas preguntas que hacerle, pero se estaba muriendo y me pedía que haga algo por él. Decidí que iba a ayudarlo, por lo menos a intentarlo. —¿Una ciudad debajo de nosotros? —aun así le mostré mis dudas— ¿Estás seguro que no alucinas, anciano? El anciano me alcanzó el pergamino. Y en cuánto lo tuve en las manos, el pergamino comenzó a revelar ante mis ojos un camino secreto. —¿Ahora lo ves? Este pergamino te muestra el camino. No te será difícil llegar. —No sabía que los humanos tenían estos poderes. —Solo algunos los tienen. —Tú eres uno de ellos. —Así es. Ayúdame por favor, te lo suplico… —la voz del anciano denotaba mucha aflicción, cosa que nunca había percibido en las personas con las que había interactuado. Además había mencionado a mi madre, si tenía unos minutos de vida debía responder a mis dudas. —Bien, Está bien. Tú ganas, anciano. Lo haré solo si me dices cómo es que conoces a mi madre… —No solo la conocí, pequeña, ¡la amé tanto que di mi vida por ella! —¿Estás bromeando? ¿Cómo es que diste la vida por ella? —la verdad es que eso ya era algo que no podía creer, y comencé a temer que sus palabras solo eran parte de un delirio. Pero el anciano no deseaba responder a mis sospechas. —No me queda tiempo… —me dijo él, esta vez con un tono alarmante—. Pequeña, solo créeme… Escúchame, no confíes en nadie más, a partir del momento en que te apoderes del pergamino, habrá seres del bajo astral que vendrán por ti, buscarán tu muerte, y no se irán hasta conseguir el pergamino, así que te enseñaré un sortilegio para que pases desapercibida. Solo sacarás del bolso el pergamino cuando brille, eso te avisará que estás cerca de la puerta… —¿Si fracaso? ¿Qué pasa si fallo? La mirada del Anciano se agudizó. —Cuento con que tengas éxito, pero haz de saber que si llevas el pergamino por mucho tiempo, te sucederá lo mismo que a mí. Todas esas palabras, en ese momento carecían de importancia ya, el anciano se moría en mi presencia y no lo podía creer. Me compadecía de él, su cuerpo perdía color y su respiración se volvía rasposa, dificultosa, parecía que en cualquier momento su alma iba a abandonar su cuerpo. Debía ponerle atención a él, así que me olvidé del pergamino por un instante para dedicarme a él. En un momento su respiración comenzó a ser mucho más dificultosa y el color de su piel se opacaba más y más. El anciano estaba muriendo delante de mí. —Que vayas a un mejor mundo —le dije y no pude evitar pensar en mi madre. Me dolía la idea de que haya muerto sola, sin una mano amiga para contenerla, para acompañarla en sus últimos suspiros. Le di la mano al anciano y sentí su huesuda mano junto a la mía. —Oh, no me iré a ninguna parte, querida. Estaré de regreso, antes de lo que crees. Volveré y te encontraré, mientras tanto, por lo que más quiera cumple con entregar el pergamino. Seguramente estaba delirando, y no dije nada, permanecí quieta a su lado. Hasta que pasó lo que tenía que pasar. Cuando el anciano dejó este mundo, mis ojos se centraron en el pergamino, el camino señalaba una puerta, y a primera vista no resultaría difícil dar con ella. Tomé de su cuerpo frío, la pequeña bolsa que contenía unas monedas, y decidí alejar de allí. Lo primero que pasó por mi cabeza fue olvidarme de mi promesa, total, el anciano estaba muerto, ¿a quién podría importarle una triste promesa, incumplida? Al final, el anciano nunca me enseñó esos sortilegios que decía iban a ayudarme. Debía encargarme por mí misma salir con vida, sentí un vacío en el cuerpo, que duró solo un instante pero era debido a la ausencia del anciano. El único ser que me había tratado como a un igual y que podría asegurar que de cierta forma me había tratado como si sintiera estima hacia mí, aunque al final yo había terminado comprometiéndome con algo que no tenía ni pies ni cabeza. Buscar un camino a una ciudad infra terrenal, no gracias, claro que no. El anciano ya no volvería, como se lo había dicho tenía que sacármelo de la cabeza de su mente, sobre todo porque debía prestar atención a aquello que me observaba de lejos. Lo podía sentir. Había algo o alguien que me miraba.
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