Ver a aquellos tres hombres hizo que mi cuerpo se estremeciera.
¿Quiénes eran? ¿Por qué me miraban de esa manera? ¿Qué era ese sentimiento que se reflejaba en sus miradas, tan azules como la mía?
El hombre mayor, que debía rondar los cuarenta, me observaba con… ¿anhelo? ¿Era eso cariño?
Vestía un traje oscuro impecable que, a simple vista, se notaba costoso. Se ajustaba a su cuerpo como un guante. Su figura era atlética, a pesar de que ya no era un jovencito, pero eso no le restaba atractivo. Su cabello castaño, perfectamente peinado, acentuaba aún más su aire elegante e imponente.
A cada lado de él se encontraban otros dos hombres, mucho más jóvenes, de veintitantos… pero, oh Dios mío, eran exactamente iguales. Como dos gotas de agua. Aunque sus vestimentas eran distintas, y su aura también lo decía, eran como el día y la noche.
El de la derecha tenía el rictus serio y los hombros tensos. Bajo sus ojos se distinguían leves ojeras, casi imperceptibles, como si no durmiera bien. Aun así, su rostro era imponente. Su cabello claro, apenas más oscuro que el mío, y el traje oscuro que vestía le conferían un aire frío, casi intimidante. Al igual que el hombre mayor, la ropa se ajustaba perfectamente a su cuerpo tonificado. Él era, sin duda, la noche; sus ojos azules parecían un mar en tempestad.
El de la izquierda, en cambio, tenía un aire más afable, aunque su presencia no dejaba de ser dominante. Era idéntico a su gemelo, pero más relajado. Llevaba la chaqueta abierta, sin corbata, y la camisa desabrochada en el cuello. Una leve sonrisa suavizaba sus facciones, y el brillo de sus ojos recordaba a un mar en calma. Él era el día.
Los dos jóvenes se parecían notablemente al hombre mayor, y entonces lo comprendí: él debía ser su padre.
Pero no fue eso lo que hizo que mi pecho se oprimiera, sino otro detalle.
Sus rasgos… se parecían a los míos.
O quizá era yo quien se parecía a ellos.
Negué internamente. No. Jamás podría ser como ellos. A lo sumo, sería una burda imitación. Nunca tendría ese porte, esa elegancia que emanaban con solo existir.
De pronto, el hombre mayor comenzó a acercarse lentamente.
La desesperación empezó a crecer en mi pecho.
Miré a Olena, y debió leerlo todo en mis ojos, porque intervino de inmediato:
—Señor, espere. No es buena idea que se acerque. La está poniendo nerviosa.
Pero él no se detuvo.
—Mikhael, detente —insistió ella, con firmeza—. La estás asustando.
Al escuchar ese nombre, todas mis alarmas se encendieron.
Miré al hombre. Luego a los dos más jóvenes, que también se acercaban. Volví a tocar mi rostro.
El parecido. Su nombre.
Y entonces, todo encajó.
Él debía ser… mi padre.
¿Por qué está aquí? ¿Cómo me encontró?
Las palabras de mi madre irrumpieron en mi mente con una violencia insoportable:
—¿Crees que yo soy cruel? Ja… esto no es nada comparado con lo que te haría tu padre si supiera que estás viva. Si él te encontrara, te torturaría hasta que suplicaras la muerte. Para él solo eres Pomenkha… recuérdalo bien: PO-MEN-KHA.
El eco de un hueso rompiéndose, el golpe del dolor, regresaron con brutal claridad.
No… no… no…
—¡No! —grité, volviendo a la realidad.
Las lágrimas brotaron sin control. Tenía que huir.
Intenté bajarme de la cama, pero mis piernas no respondieron. Caí al suelo. Olena trató de sostenerme, pero todo fue demasiado brusco; me resbalé de su agarre y me golpeé de bruces contra el piso. El sabor metálico de la sangre invadió mi boca.
Los tres hombres intentaron acercarse, ayudarme, pero yo me arrastré hacia atrás, desesperada.
—No me hagan daño —supliqué—. Por favor… juro que me iré, desapareceré, no volverán a verme… pero no me lastimen.
Me aferré a los pies de Olena.
—Por favor… sálvame… no dejes que me lastimen.
El pánico terminó de apoderarse de mi cuerpo. Comencé a temblar, igual que aquella vez… cuando mi madre, junto con Dean, me castigaron por no haber llevado suficiente dinero.
Mi mente se nubló. No podía respirar.
A lo lejos, escuché la voz de Olena:
—Annia, tranquila… vamos, printsessa, respira… estoy aquí… nadie te hará daño…
—¡Está teniendo un ataque de pánico! ¡Llamen a la médico! ¡No está respirando!
—¡Respira, printsessa, vamos, respira!
Lo último que percibí fue a la médico acercarse y el pinchazo en mi brazo…
Y luego, la oscuridad.