Al escuchar aquella historia, mi corazón se estrujó; el pecho me dolía. Con cada palabra que salía de la boca de mi hermano se podía sentir el dolor y la rabia.
—¿Cómo sobrevivieron? —les pregunté en un susurro; mi voz estaba rota después de escuchar eso.
—Eso fue gracias a Alexei e Iván.
Luego de que nos dejara, yo me eché a llorar, pero Alexei, en vez de hacer eso, me tomó del brazo y me llevó dentro del bosque. Mientras él me seguía jalando, nos adentramos más y más; mi llanto comenzó a empeorar hasta que él se detuvo de golpe, me tomó de los hombros, sacudiéndome con fuerza, y me dijo que dejara de hacer ruido, que lo único que estaba logrando era que los animales supieran dónde estábamos.
—¿Y sabes lo que hice? —yo negué con la cabeza—. Lloré aún con más fuerza, porque ahora sí, si no moríamos congelados, de seguro nos iba a comer algún animal.
Alexei, lejos de enojarse por el escándalo que estaba armando, me jaló con fuerza y apuró el paso, pero yo, por las lágrimas, no pude ver hacia dónde nos dirigíamos, hasta que lo escuché decir: “Llegamos”. Cuando vi frente a nosotros, había una pequeña cabaña. Luego miré a mi gemelo y le pregunté:
—¿Qué es este lugar?
Solo respondió:
—Es la cabaña del guardabosques, aunque no creo que haya nadie, ya que regularmente en esta época del año nadie viene por aquí.
Se notaba el cansancio en su voz. Entramos al lugar por una ventana que estaba rota y, efectivamente, no había nadie; se notaba que nadie había venido en un buen tiempo por el polvo que había en ella.
Alexei me llevó hacia la chimenea, me quitó la chaqueta que llevaba puesta y también se quitó la suya, ya que estaban mojadas por la nieve. Encendió la chimenea con dos rocas que había sacado del bolsillo y juntó algunos libros y papeles; luego fue en busca de unas mantas para que entráramos en calor. Buscó algo de comer en la cocina que ahí había, pero solo encontró dos barras de chocolate; me tendió una. Mientras comía, le pregunté cómo sabía que había una cabaña y cómo había aprendido a hacer fuego y todas esas cosas.
—En la escuela dan clases de supervivencia —respondió él—. Me apunté en ellas, y también el maestro de ciencias había hablado en clases de que todos los bosques en Rusia, o por lo menos los que estaban en Moscú, tenían un guardabosques, y por lógica ellos debían quedarse en algún lugar.
Cuando había terminado mi chocolate, él me tendió la mitad de la suya; solo me dijo que ya no tenía hambre.
La noche fue enfriando cada vez más y yo no dejaba de temblar; sentía cada una de mis extremidades adormecida y el fuego se estaba apagando, y ya no había más papeles o libros que tirar a la chimenea. Fue entonces que Alexei me puso la manta que él llevaba encima para que tuviera más calor, y él se puso la chamarra que trajimos, la cual seguía húmeda. No quise aceptar la manta, pero él me dijo que solo sería un momento, mientras llegaba papá a buscarnos, que seguramente él nos encontraría pronto.
No sé en qué momento me había quedado dormido. Un ruido fuerte y alguien llamando nuestros nombres me despertó. Moví a Alexei, que también se había quedado dormido a mi lado; me tenía abrazado, pero él no despertaba. Me asusté: estaba muy frío. Comencé a pedir ayuda, algo no iba bien con Alexei. Grité y vi que alguien rompió la puerta de la cabaña; era Iván y junto a él venían otros hombres. Él se acercó a mí, me revisó y yo solo pude decir:
—Alexei… él está muy frío.
De pronto, todo su cuerpo comenzó a temblar. Iván gritó:
—¡Traigan a los paramédicos, está teniendo convulsiones!
Un hombre con un maletín se acercó rápidamente a él y dijo:
—Necesitamos una manta térmica, necesita entrar en calor, está sufriendo un cuadro de hipotermia; si su cuerpo no recupera el calor, puede morir.
Al escuchar eso, solo pude llorar y rogarle a Iván que lo salvaran. Él me dijo que me calmara, pero yo solo podía sollozar:
—Es mi culpa, si él no me hubiera dado la manta… Alexei, Alexei, es mi culpa…
Solo podía decir eso.
Ver el tormento en los ojos de Andrey, la agonía con la que decía cada palabra, me rompió el corazón, y fue cuando escuché la voz de Alexei, el cual se había mantenido en silencio todo este tiempo:
—Andri, ya te dije mil veces que nada de eso fue tu culpa, ya lo hablamos mil veces. Si no te hubiera dado la manta, seguramente no habrías soportado aquel frío; tú sabes que yo siempre tuve más tolerancia a las bajas temperaturas que tú, además…
—No es solo por eso que lo decía —interrumpió Andrey—. Si yo no te hubiera insistido en que vayamos con Ma… con ella, si yo no hubiera bajado del auto… nada de eso hubiera pasado. Tú jamás hubieras estado al borde de la muerte, por eso es mi culpa.
—Así no hubiéramos ido con ella, habría buscado otra forma de dañarnos, ¿sabes por qué? Porque no nos quería, jamás nos quiso. La escuché una noche mientras discutía con papá; él se acababa de enterar de que pensaba irse de viaje otra vez y le reclamaba por qué justo ahora, que se acercaba nuestro cumpleaños, iba a irse. Ella le respondió: “Yo no tengo por qué celebrar el nacimiento de esos niños, ya que al fin y al cabo yo nunca los deseé tener. ¿Acaso olvidas que tú me obligaste a embarazarme para cumplir tu sueño de ser padre? Pues si lo que quieres es una madre para ellos, búscales una niñera, o ahí está Olena, que se desvive por ellos; estoy segura de que estará encantada de ser la madre sustituta para esos mocosos. Así que no insistas, me iré de viaje; para mí ellos solo son…”.
—Pomenkha —dije la frase junto con Alexei, y los dos me quedaron mirando, y yo los miraba a ellos.
Cuánto daño les había hecho también a mis hermanos. Al igual que a mí, los había marcado; nos había grabado en el alma profundas cicatrices. Pero lo que más dolía era que todo eso lo había hecho nuestra propia madre, la mujer que se suponía debía cuidar nuestra alma, y en cambio la había destrozado con su desamor.
Levanté mis manos, acuné el rostro de cada uno de ellos con mis palmas, miré sus profundos ojos azules, que eran idénticos a los míos, y les dije:
—Ninguno de los tres, o mejor dicho, de los cuatro —desvié mi vista a Mikhail, que se había quedado quieto donde estaba, mirándonos también con esa mirada azul muy similar a la nuestra—, tenemos culpa alguna de nada de lo que nos pasó; ella fue y será la única culpable de todo, porque nosotros lo único que queríamos de ella fue una madre.
—Ahora, juntos sanaremos —tomé sus manos—. Yo los ayudaré a sanar y cuento con ustedes para que me ayuden a sanar también a mí, a olvidar todo lo que vivimos por culpa de ella.
Y los abracé, y ellos me devolvieron el abrazo, y sentí el calor fraternal que ambos me transmitían.
—Gracias por encontrarme —les dije, con un par de lágrimas corriendo por mis mejillas, y ellos las limpiaron, cada uno con la punta de sus dedos.
—Gracias a ti, nuestro pequeño ángel, por llegar a nuestra vida —dijeron ambos a la vez, y me volvieron a abrazar.
Al fin sentí el amor… el amor de una familia.