Al día siguiente a primera hora, Sabrina llegaba a la puerta del edificio donde vivía su amiga Carly. Le esperaba Higinia.
—Hola cariño, Carly me dijo que vendrías, está en su habitación, no veas cómo le cuesta salir de ella, yo me voy con mi hermana a pasar el día en su casa, Josh comerá con tu padre, así que tenéis todo el día y toda la casa para vosotras solas, a ver si tú puedes sacarla del pozo, está muy mal Sabrina.
—Ya me lo imagino Higinia, no te preocupes que la espabilaré.
—Ojalá lo consigas mi niña, toma la llave del piso, así no tendrás que llamar.
Higinia se fue caminando por la acera, Sabrina la miraba con una inmensa pena, la veía tan preocupada por su hija. Subió en el ascensor y entró en la casa, cerró la puerta y fue a la habitación de Carly, llamó con energía, le abrió Carly, casi sin mirarla se le tiró a los brazos, abrazándola, con una fuerza que la estaba estrujando, Sabrina la apretaba también contra ella, miraba al techo buscando fuerzas, sentía como estaba llorando desconsoladamente su amiga, ella sabía que no podía llorar también, tenía que ser fuerte para ayudar a Carly. Cuando pasó un ratito se separó un poco de ella, le dio dos sonoros besos en las mejillas y le miró a los ojos ¡Madre mía! Cuanto debe haber llorado para tener los ojos así, pensó Sabrina.
—Está bien, date una ducha y vístete, quiero verte y hablar contigo bien vestida, bien guapa, como siempre vas, así como estás no eres mi Carly.— Le decía, mientras se quitaba alguna lágrima que también le había caído por la cara, aunque había intentado evitarlo.
—Estoy cómoda en chándal, no me hagas cambiarme.
—Y tanto que te vas a vestir, ya te lo he dicho, dúchate y vístete, después ventilaremos la habitación, que huele, huele, no sé a qué huele.
—A lágrimas Sabrina, a eso huele, no entiendo como no se me han secado ya los ojos.
Sabrina reía, le dio un golpecito cariñoso en el culo, animándola a meterse en la ducha, ella se sentó en la cama, Carly dejó la puerta del baño abierta. Sabrina vio como se quitaba la parte de arriba del chándal, dos buenas tetas rebotaron antes de quedarse duras apuntando hacia delante, no se extrañó, ya las conocía, se las había visto muchas veces. Después se bajó el pantalón, seguidamente el tanga y se quitó los calcetines, en pelotas abría el agua de la ducha, comprobando la temperatura. Sabrina seguía mirándola, admirando el cuerpazo que tenía su amiga, unos pelitos bien recortados le adornaban el coño. Se sorprendió a ella misma observándola tanto.
—Carly ¿Has desayunado?— Preguntó levantando la voz para que la escuchara desde dentro de la ducha.
—No, no tengo hambre.— Contestó Carly.
—Pues vamos a desayunar, que para eso he venido.
—¡Joder tía!— Se quejaba Carly.
—Ni joder ni nada, date prisa que tengo hambre, voy a prepararlo.
Sabrina salió de la habitación, se había quedado a dormir muchos días en la casa de su amiga, sabía perfectamente donde estaba todo. Carly cerró el agua, se secó, salió del baño y buscó en el armario ropa para ponerse, la dejó encima de la cama, abrió el cajón de la ropa interior, se le abrieron los ojos y se le puso cara de mala leche, vio los dos conjuntos que le regaló Santiago, los sacó, buscó las tijeras que tenía dentro de un cajón de la mesa donde estudiaba, los destrozó, hizo mil trozos con ellos, dejándolos tirados en el suelo. Después de vestirse, peinarse y pintarse un poco, para ver si podía disimular las ojeras que tenía de tanto llorar, entró en la cocina con mil trozos de tela en las manos, abrió el cubo de la basura y los tiró, Sabrina la miraba atentamente.
—¿Y eso?— Preguntaba Sabrina sin darle demasiada importancia.
—Dos conjuntos de bragas y sujetador que me regaló el cabrón aquel.
—¿Santiago?
—Sí ese, no quiero ni oír su nombre.
—Parecían bonitos.
—Por el culo se los tenía que haber metido, me cago en la puta.
—Así me gusta mi niña, que tengas energía de buena mañana.
Carly miraba la mesita de la cocina.
—¿Pero qué has preparado tú aquí? Si hay comida para un regimiento tía.— Se quejaba Carly.
—Que tienes que comer coño, no voy a consentir que te pille una anemia o algo.
—¿Una anemia? Si lo que vas a conseguir es que pueda ir rodando por la calle de lo que voy a engordar, exagerada.
Sabrina reía, estaba contenta de ver a Carly mucho mejor de lo que se esperaba. Antes de sentarse a desayunar, Carly abrazó y le dio dos besos a su amiga.
—Muchas gracias por venir, pensaba que no querrías saber nada de mí.
—Pues ya ves que te has equivocado.
Se miraron en silencio, Carly pensaba, Sabrina observaba.
—¿Cómo está Daniel? Preguntó tímidamente.
—¿Cómo va a estar Carly?
—Ya me imagino.
—Con él no creo que sea tan fácil reconciliarte como conmigo.
A Carly le volvieron a caer unos lagrimones por la cara, estropeándole el maquillaje.
—Dime una cosa Carly.— La amiga la miró intrigada.— ¿Tú… tú todavía le quieres?
Carly no hablaba, no podía, apretaba los labios confirmando con la cabeza.
—Es qué estos días, quiero decir, después de que lo dejaras, hemos estado saliendo y tomando copas, hablando…
—Sabrina por favor, no me jodas que te lo has follado.
—No tía, no ¿Pero qué dices?
—¡Yo que sé ya!— Exclamaba Carly poniéndose la mano en la frente.
—Te lo digo porque hemos hablado mucho, y está mal, igual o peor que tú, el siempre te ha querido mucho.
—Ya lo sé, he sido tan idiota, llegar a dejar a Daniel por el cabrón…
—¿Por qué lo hiciste? Quiero decir, como decidiste hacerlo, no me creo que fuera porque te enamoraste, te conozco y creo que algo más tendrías en la cabeza ¿Por qué te alejaste también de mí?
Carly no paraba de llorar, se fue secando las lágrimas con una servilleta de papel que Sabrina le entregó.
—Porque… porque, aparte de que soy idiota perdida, pensé que con Santiago tendría una vida de lujos, me venía a buscar con ese coche descapotable, me llevaba a aquella casa tan imponente, hasta tenía una piscina en el interior con agua caliente, me daba champán francés de beber, todo era como en las películas.
—Pero haber criatura ¿Era cariñoso contigo? ¿Follaba bien?
—Cariñoso, lo justito por interés. Follar, follaba de puta pena.
—¡Joder tía!
—Por eso te digo que soy una inútil y una idiota, solo vi las cosas materiales, me ofusqué.
—Madre mía Carly.
—No creo que valga la pena acercarme a Daniel, me debe odiar.
—¡Eh eh! No hagas más la idiota, sabes que Daniel es incapaz de odiar a nadie, si es un trozo de pan…
—¿Y si le envió un mensaje? Como hice contigo.
—Sí eso, le envías un ‘Hola’ como a mí, te contestará que te metas el ‘Hola’ por el coño. Está jodido Carly, no le he visto reír, que digo reír, ni sonreír desde que lo dejaste.
—Es que tengo miedo de verlo, me da vergüenza ¿Qué le digo?