—¿Hace falta que la encuentre Margarita? La miraba fijamente a los ojos, ella se puso roja como un tomate, sin apartar la vista de los ojos de Antonio. —Dime una cosa…— Empezaba a decir Antonio. —Ya son dos. —¿Qué? —Que es la segunda cosa que quiere que le diga, no es una, son dos, una segunda cosa. —¡Hostia! Si tienes humor y todo. —Perdone señor… perdona Antonio. —Pues, dime una segunda cosa ¿Está mejor así? —Sí, perfecto.— Sonreía Margarita. —¿Estás casada? O ¿Tienes novio? —Que directo ¿No? —Perdóname, no tendría que hacerte preguntas tan personales. —No me importa, no, no tengo ni marido ni novio. —Interesante. —¿Qué es interesante Antonio? —Cosas mías ¿Quieres estirarte en la hamaca? Y seguimos hablando. —Mejor voy para adentro, tengo trabajo. —Muchas gracias por es

