CAPÍTULO TREINTA Y OCHO Anvin hacía guardia en la Puerta del Sur con Durge y sus hombres detrás de él. Y mientras el sol se elevaba en el cielo arrojando su calor sobre esta franja del desierto, apretaba y aflojaba el agarre en su espada. Era un viejo hábito, uno al que siempre recurría cuando se acercaba el peligro. Y mientras miraba el horizonte con nerviosismo, vio que se acercaba el mayor peligro de su vida. El ajetreo se hacía más fuerte como ya lo había estado haciendo por horas mientras el horizonte se llenada de un mar n***o de infantería que cargaba la bandera amarillo y azul de Pandesia. Detrás de ellos había filas de caballería y, detrás de estos, filas de elefantes, rinocerontes, y otras bestias que no pudo conocer, todas cabalgadas por soldados. La infantería traía toda cla

