En la ciudad de New York, Amaya está rizando su cabello, el cual le llega a la altura de la cintura. Al mirarse al espejo, sonríe, complacida con su rostro y su figura. Es una mujer que sabe que es guapa y puede obtener beneficios de ello. Su cabello es castaño y ondulado, sus ojos color café y su figura esbelta con cada curva en su lugar. Tiene una estatura promedio, ni demasiado alta ni baja.
Se pone un vestido rojo que le llega un poco más arriba de las rodillas, con la espalda descubierta y un escote que realza sus senos, uno de sus mayores atributos. Mientras se termina de maquillar y perfumar, nota que su mejor amiga, Viola, sigue en pijama, lo cual no le sorprende, porque Viola es una auténtica nerd. Durante sus diez años en la ciudad, Viola ha sido su única amiga, y es la única que necesita.
Amaya Serrano no se caracteriza por tener una personalidad amistosa; posee un carácter fuerte, directo y sincero, pero sobre todo manipulador. Con su sonrisa logra convencer a los hombres de que hagan lo que ella desee, al igual que a su padre o su tía.
—Hay examen mañana —le comenta Viola, con un tono preocupado.
—¿Qué importa? Vamos a la fiesta, será solo un rato, nerd —le responde Amaya, sonriendo para convencerla.
—Pero después estudiamos —Viola intenta resistirse.
Finalmente, Viola acepta salir, y rápidamente Amaya la ayuda a arreglarse, lo cual no se le dificulta, ya que Viola es muy hermosa y no necesita mucho maquillaje para verse bien. Tiene la tez blanca, los ojos de un verde oscuro y el cabello lacio y oscuro hasta la cintura.
No tardan más de quince minutos en llegar al departamento de una de sus compañeras de la facultad. A Amaya no le agrada la anfitriona, pero no perderá la oportunidad de divertirse y bailar. Siente que su cuerpo necesita el alcohol, más que el aire.
Al llegar, saluda a hombres y mujeres, jalando a Viola de la mano, quien la usa como escudo humano. Luego se dirige a la barra y comienza a beber. En pocos minutos, se adentra en la pista y empieza a bailar, moviendo sus caderas y todo su cuerpo, llamando la atención de los hombres y provocando las miradas asesinas de las mujeres, como tanto le gusta.
A pesar de ser coqueta, no ha tenido más de un novio, quien resultó una completa decepción. Para Amaya, los hombres solo sirven para cumplir sus caprichos. Hace tiempo entendió que el amor es un invento. Tal vez solo lo sintió una vez, pero se lo arrebataron, como le han arrebatado todo lo que ama. Ese parece ser su destino desde el día de su nacimiento, cuando su madre murió con solo unos segundos de haberla conocido.
—¡Amy! —le grita Viola, tratando de hacerse oír sobre la música.
—¡Baila, aburrida! —le responde Amaya, divertida.
—Mira quién está allí —dice Viola, señalando discretamente hacia un lado.
Amaya mira a la derecha y, efectivamente, ahí está alguien que conoce a la perfección, bebiendo y bailando rodeado de mujeres. Es increíble la mala suerte que tiene al encontrarse con ese sujeto, a quien ha ignorado las últimas semanas.
—Sí, ya lo vi. Ignóralo —le dice, intentando restarle importancia.
—Iré al baño —responde Viola.
—Te acompaño —dice Amaya.
Ella niega con la cabeza y simplemente se marcha. Conociendo a Viola, seguramente es una excusa y terminará escapándose, ya que parece ser alérgica a la diversión.
En pocos segundos, dos hombres se acercan a Amaya y comienzan a rodearla para bailar. Ella rueda los ojos y se aleja. No comprende quiénes se creen para bailar con ella. ¿Acaso no saben quién es Amaya Serrano? No cualquiera tiene el privilegio de respirar su mismo aire.
—Ha pasado mucho tiempo, hermosa —le comenta Felipe, acercándose a ella.
—Una eternidad, ¿verdad? —responde ella, con sarcasmo, intentando alejarse, pero él la sujeta del brazo.
—¿Bailamos? —insiste Felipe.
—Contigo, ni loca. Tus chicas te esperan, ¿no? —dice Amaya, despectiva.
Felipe ríe burlón.
—Estás celosa —le acusa.
Felipe fue el primer hombre que Amaya conoció al llegar a la ciudad. Tenía su misma edad y era hijo del contador de su padre. Rápidamente se hicieron amigos, compartían muchas cosas en común y, cuando crecieron, él le pidió que fuera su novia. Amaya aceptó, porque en verdad le gustaba.
Al inicio, Felipe era un novio atento y amoroso. A Amaya le agradaba ser la novia del chico más guapo de la facultad; sin embargo, con el tiempo, su relación comenzó a deteriorarse, y la actitud posesiva y celosa de Felipe se fue volviendo insoportable. Amaya intentó ser paciente, pero llegó a su límite cuando descubrió que él la había engañado. Y no con cualquier mujer, sino con su propia prima, Triana. Para ella, fue una traición imperdonable. Definitivamente, pensó Amaya, hasta para ser infiel hay que ser inteligente, y Felipe no lo es.
—¿De ti? —ríe burlona, cruzándose de brazos—. Acepté salir contigo por lástima.
Felipe la mira, sorprendido y un tanto irritado, pero intenta mantener la compostura.
—¡Mejor hablemos mañana! —le sugiere, su tono elevándose debido a la rabia y al efecto del alcohol que le está haciendo perder el control, llamando la atención de quienes los rodean.
Amaya lo mira con desprecio y responde en tono firme:
—Ni hoy, ni mañana, ni nunca.
Él da un paso hacia ella, con una expresión desesperada.
—Te extraño, bebé, rompimos por una tontería —dice, intentando hacerle creer que todo fue un error.
Amaya lo observa con una mezcla de incredulidad y repulsión. No puede creer el descaro de Felipe al intentar justificar lo injustificable.
—¿Una tontería? —ríe amargamente, mirándolo con frialdad.
Felipe hace un ademán de acercarse más, pero ella lo frena con una mirada gélida.
—Te juro que fue un malentendido, no fue lo que piensas…
Amaya suelta una carcajada sarcástica, sin poder contenerse.
—Yo los vi besándose, Felipe, y no me quiero imaginar lo que hicieron cuando no estuve —su voz es firme y cortante—. No soy estúpida, y no voy a ser una cornuda. Se acabó, Felipe.
[...]
Amaya no recuerda cómo llegó a la cama, pero lo más seguro es que su amiga Viola la ayudó a subir las escaleras. Siente el cuerpo adolorido, como si un camión la hubiera atropellado, y el dolor de cabeza es tan fuerte que parece que va a estallarle. Le encantaría dormir todo el día, pero los rayos del sol y su ruidoso celular la han despertado.
Aún con los ojos cerrados y recostada en la cama, toma el celular y contesta la llamada sin siquiera ver quién es.
—Hola —murmura con voz adormilada.
—Al fin respondes —escucha la voz impaciente de su hermano, Mar.
Amaya suspira, molesta.
—Mar, es muy temprano —protesta, intentando mantener los ojos cerrados.
—Es el mediodía —replica él, en tono sarcástico.
Ella suspira de nuevo, deseando que la conversación termine pronto.
—¿Qué quieres? —pregunta, con evidente fastidio, deseando cortar la llamada y seguir durmiendo el resto del día.
—Esto es serio, Amaya.
De inmediato, un rayo de preocupación atraviesa su mente.
—¿Le pasó algo a papá? —pregunta, ahora un poco más alerta.
—Nos pasará a nosotros si no hacemos algo. Él me dijo que pondrá todo a nombre de Sebastián.
Amaya suelta una risa incrédula.
—Seguramente era una broma, o lo dice para que trabajes, vago.
Mar ríe al otro lado de la línea.
—¿Y tú, princesita?
—Yo estudio —responde ella, aunque un tanto a la defensiva.
—Ajá, te la pasas de fiesta. A mí no me engañas como al viejo —replica él con tono burlón.
Amaya rueda los ojos, fastidiada.
—Relájate, Mar. Papá no nos va a dejar fuera del testamento, y nunca le dejaría todo a un peón, por más cariño que le tenga —dice, segura de sí misma, y cuelga la llamada de forma abrupta, arrojando el celular lejos.
—Amaya, pobre —se burla Viola, que la mira desde el otro lado de la habitación, riendo.
—Eso nunca pasará —responde Amaya con arrogancia, enderezándose un poco en la cama.
—No te preocupes, amiga, puedes trabajar —continúa Viola, con un tono burlón.
Amaya frunce el ceño, suspirando.
—Si papá se entera de que voy pésimo en la facultad, me asesina. Y sí sería capaz de desheredarme.
Viola se ríe y le lanza una mirada divertida.
—Entonces aplícate en tus clases —le sugiere con una sonrisa.
Amaya le responde con una sonrisa astuta.
—Tengo otros métodos.