El establo estaba sumido en la penumbra, iluminado tenuemente por la luz de la luna que se filtraba a través de las rendijas de la madera. Sebastián, un hombre de complexión atlética, piel bronceada por años de trabajo bajo el sol, y cabello oscuro que caía en mechones desordenados, estaba sentado sobre un montón de heno, completamente desnudo. Sus ojos grises, profundos y misteriosos, parecían analizar cada rincón del lugar, aunque su atención se centraba en la mujer que estaba entre sus brazos.
Mía Valencia, una joven de cabello rubio dorado que caía en ondas suaves sobre sus hombros, estaba igual de desnuda. Su piel pálida contrastaba con la calidez del ambiente, y su sonrisa satisfecha iluminaba su rostro. Se acurrucaba contra el pecho de Sebastián, acariciando su piel con la yema de sus dedos, mientras él mantenía una expresión estoica, como si no terminara de sentirse cómodo en esa situación.
—Estuviste maravilloso... —dijo Mía, dejando escapar un suspiro de satisfacción mientras lo miraba con ojos brillantes.
Sebastián no respondió de inmediato. Sus dedos jugaban distraídamente con un mechón del cabello de Mía, pero su mirada parecía perdida, como si estuviera debatiendo internamente sobre lo que acababa de ocurrir. Finalmente, dejó escapar un suspiro y la miró con seriedad.
Mía llevaba semanas persiguiéndolo, encontrando cualquier excusa para cruzarse en su camino, aparecer en los establos o cerca de la hacienda donde trabajaba. Era persistente, descarada, y no ocultaba en absoluto que lo deseaba. Sebastián lo sabía, y aunque había tratado de resistirse, esa noche finalmente había cedido.
—Mía... —comenzó, con un tono firme pero no exento de gentileza—. Esto no cambia nada. Te lo he dicho antes, no quiero nada serio.
Ella soltó una pequeña risa, como si no tomara en serio sus palabras.
—No necesitas querer nada serio, Sebastián. Yo solo quiero disfrutar de ti —replicó, deslizando su mano por su pecho.
Sebastián apartó la mirada, incómodo por la insistencia de Mía. Había trabajado para su padrino Miguel desde que era un niño, y le debía todo lo que era. Miguel lo había acogido, lo había criado casi como un hijo, y le había enseñado el oficio. Para Sebastián, Miguel era un hombre excepcional, alguien a quien respetaba profundamente. Él odiaba la forma en la que sus caprichosos hijos lo trataban.
Al amanecer, la cabaña de Sebastián estaba envuelta en el suave resplandor dorado del sol naciente. La madera de las paredes crujía con el cambio de temperatura, mientras el canto de los gallos y los murmullos de los animales del rancho llenaban el aire. Sebastián se desperezó lentamente, disfrutando del momento. Su cabaña era su refugio, un lugar sencillo pero acogedor, con un pequeño porche desde donde podía contemplar el vasto paisaje de los terrenos de los Serrano.
Tenía todo lo que podía desear: un techo propio, salud, y la libertad de vivir según sus términos. Cuando le apetecía, traía a una mujer que compartiera su cama, y otras veces pasaba las noches en la cantina, bebiendo y riendo con sus amigos. La vida era simple y buena, y pocas cosas lograban inquietarlo.
Esa mañana, después de un desayuno rápido, Sebastián salió de su cabaña. Se caló el sombrero sobre su cabello oscuro y se ajustó el cinturón antes de dirigirse al despacho de su padrino, Don Miguel Serrano. A medida que caminaba por el rancho, saludaba a los peones y supervisaba que todo estuviera en orden. Su porte seguro y su mirada firme dejaban en claro que, aunque solo era un empleado, se había ganado el respeto de todos en el lugar.
Al llegar al despacho, golpeó la puerta con los nudillos y esperó la respuesta de su padrino.
—Adelante, Sebastián —se oyó la voz grave de Don Miguel desde el interior.
Sebastián entró con paso firme y se quitó el sombrero en señal de respeto. Don Miguel, un hombre mayor de cabello canoso y mirada astuta, estaba sentado detrás de un amplio escritorio de madera, revisando unos papeles.
—Padrino, ya arreglé el desastre que hizo Mariano con las compras de las cabezas de ganado —informó Sebastián, con un tono tranquilo pero seguro.
Don Miguel levantó la vista, esbozando una sonrisa orgullosa.
—Muchas gracias, hijo. No sé qué haría sin ti —dijo, apoyándose en el respaldo de su silla. Sus ojos brillaban con gratitud—. Ese muchacho tiene buenas intenciones, pero carece de tu astucia y determinación.
Sebastián asintió, agradecido por las palabras de su padrino, aunque prefirió no responder. Sabía que Mariano, el hijo mayor de Don Miguel, era un tema delicado.
—Por cierto, Sebastián —continuó Don Miguel—, he tomado una decisión. Voy a rentar la casita del río.
Sebastián alzó una ceja, intrigado. La pequeña casa cerca del río era una propiedad pintoresca, rodeada de árboles y con una vista envidiable. Sin embargo, llevaba años desocupada.
—¿Ya encontró un inquilino, padrino? —preguntó, cruzando los brazos.
—Sí, una familia viene desde muy lejos. Rodolfo, el padre, está interesado en algunas tierras cercanas y ha insistido mucho en quedarse ahí. Traerá a sus hijas.
—Por supuesto, Padrino.— Asiente Sebastián.
Sebastián encendió la camioneta y condujo por el camino de tierra que serpenteaba hasta la casita junto al río. El trayecto, aunque corto, le permitió disfrutar del paisaje. El agua cristalina corría tranquila bajo la luz del sol, y los árboles creaban un dosel natural que proporcionaba sombra. Era uno de los rincones más hermosos de la hacienda, un lugar que muchos consideraban mágico.
Al llegar, estacionó junto a la pequeña casa, una construcción sencilla pero encantadora, con paredes blancas y un techo de tejas rojas que destacaban contra el verde del entorno. Frente a la casa, había un anciano de cabello blanco acompañado por dos mujeres. Sebastián los observó mientras se acercaba, notando los detalles que los diferenciaban.
Una de las mujeres era apenas una niña, de unos quince años, con una expresión dulce y tímida. Apoyaba su peso en un bastón, y Sebastián no tardó en darse cuenta de que le faltaba una pierna. La otra mujer era completamente distinta. Tenía alrededor de su edad, con cabello largo y oscuro que caía en suaves ondas sobre sus hombros, y unos ojos verdes que brillaban con una mezcla de curiosidad y cautela. Era hermosa, del tipo de belleza que atraía miradas y hacía que el tiempo pareciera detenerse. Sebastián no pudo evitar pensar que era la clase de mujer que podría conquistar a cualquiera, y su porte elegante lo desconcertó por un momento.
Se detuvo a unos pasos de ellos y se quitó el sombrero, inclinando ligeramente la cabeza en señal de respeto.
—Bienvenidos —dijo, su voz firme pero cordial. Luego se presentó con una leve sonrisa—. Soy Sebastián. Trabajo para Don Miguel y estoy aquí para asegurarme de que todo esté en orden.
El anciano dio un paso al frente, extendiendo una mano con una sonrisa cálida.
—Gracias, muchacho. Soy Rodolfo, y estas son mis hijas. La menor es Beatriz, pero todos le decimos Bea, y la mayor es Camila.
Sebastián estrechó la mano de Rodolfo con firmeza y luego inclinó la cabeza hacia las dos chicas.
—Mucho gusto, señoritas —dijo, manteniendo su tono respetuoso. Su mirada se posó brevemente en Bea, quien le sonrió tímidamente mientras se apoyaba en su bastón.
—Bea tiene una discapacidad —explicó Rodolfo, acariciando con ternura el cabello de su hija menor—. Perdió una pierna en un accidente hace algunos años, así que necesita ayuda para caminar.
Sebastián asintió, sintiendo una mezcla de respeto y empatía por la joven.
—No se preocupe, señor Rodolfo. Si necesitan algo, aquí estaré para ayudarlos —dijo con sinceridad.
Luego dirigió su atención a Camila, quien lo observaba con una expresión reservada pero amigable. Había algo en sus ojos que lo desafiaba a descubrir más de ella, y Sebastián no pudo evitar sentirse intrigado.
—Espero que encuentren este lugar cómodo. La casita junto al río es especial para muchos de nosotros —añadió, sin apartar la mirada de Camila.
—Gracias —respondió ella, con una voz suave pero firme. Había algo en su tono que denotaba una fuerza interior que Sebastián no había esperado.
Rodolfo sonrió, complacido por la recepción, y comenzó a caminar hacia la entrada de la casita junto con Bea. Sebastián aprovechó el momento para ofrecer su ayuda a Camila.
—Si necesitan algo, no duden en buscarme. Estaré cerca para lo que haga falta —dijo, inclinándose ligeramente hacia ella.
Camila asintió, agradecida, y por un instante, sus ojos verdes se encontraron con los grises de Sebastián. Fue un momento breve, pero cargado de una tensión que ninguno de los dos pudo ignorar.
La noche había caído sobre la hacienda, y Sebastián se encontraba en su cabaña, una construcción rústica pero acogedora, donde reinaba el aroma a madera y cuero. Afuera, el cielo estaba lleno de estrellas, y el canto de los grillos rompía el silencio. Con un gesto relajado, abrió una cerveza fría y se recostó en una silla de madera mientras esperaba a Santos , su amigo de toda la vida.
No pasó mucho tiempo antes de que Santos llegara. Era un hombre robusto, de piel tostada por el sol y cabello corto, siempre con una sonrisa sarcástica en los labios. Llevaba un par de cervezas más en la mano, y al entrar, las colocó en la mesa frente a Sebastián antes de sentarse.
—¿Y bien? —preguntó Santos , destapando una de las botellas—. ¿Cómo estuvo tu día, maestro de las conquistas?
Sebastián soltó una carcajada, inclinando su silla hacia atrás mientras tomaba un trago.
—Tranquilo, como siempre. Terminé temprano con los asuntos de Don Miguel y, bueno... disfruté de un rato con Mia.
Santos levantó una ceja y lo miró con incredulidad.
—Te vas a meter en problemas si los Valencia se enteran de que te "comiste" a Mia.
Sebastián rió, despreocupado, apoyando las botas en la mesa con un gesto de indiferencia.
—No le he dado nada que no quiera —respondió con una sonrisa confiada—. Esa mujer no dejó de buscarme hasta que cedí. Además, ya no me interesa. Ahora estoy enfocado en otra.
Santos lo miró con curiosidad, tomando un sorbo de su cerveza.
—¿Otra? ¿Quién?
Sebastián se inclinó hacia adelante, como si fuera a revelar un secreto.
—Se llama Camila. Es nueva aquí, llegó con su familia. Hermosa, con esos ojos verdes que no puedes dejar de mirar.
Santos soltó una risa corta, negando con la cabeza.
—Sí, la vi cuando llegaron. Es hermosa, pero muy decente para ti, Sebastián. Esa mujer tiene pinta de ser la típica niña de casa, de esas que esperan al príncipe azul.
Sebastián sonrió con picardía, sus ojos grises brillando bajo la luz tenue de la lámpara.
—Pues no me importa. Cuando quiero algo, lo consigo. Ninguna se me escapa, ya lo sabes. Si tengo que hacer el cuento del novio perfecto, lo haré.
Santos lo miró con mezcla de diversión y escepticismo, aunque ya conocía bien a su amigo. Sebastián era un hombre acostumbrado a obtener lo que deseaba, y su determinación era inquebrantable.
—Solo espero que no termines metiéndote en un lío del que no puedas salir, hermano. Las mujeres como Camila no son como las demás. Siempre te metes en líos de faldas.
Sebastián se limitó a alzar su botella en señal de brindis, con una sonrisa confiada que parecía decir que nada ni nadie podía detenerlo.