El sol de la tarde se colaba por las persianas del departamento de Amaya, iluminando las paredes decoradas con fotografías y pequeños recuerdos de viajes. Sentada en el sofá, con una revista en la mano y una taza de café en la otra, se perdió en sus pensamientos mientras repasaba mentalmente la lista de cosas por hacer. Había logrado mantener su doble vida en secreto durante un año, y aunque en ocasiones se sentía culpable, sabía que lo hacía por independencia y libertad.
El sonido de la puerta abriéndose de golpe la sacó de su ensimismamiento. Levantó la mirada justo a tiempo para ver a su tía Cecilia entrar al departamento con una expresión que no presagiaba nada bueno. Cecilia, siempre impecable, vestía una blusa de seda y pantalones ajustados, con su cabello recogido en un moño elegante.
—Amaya, ¿qué es esto? —exclamó Cecilia, arrojando una revista sobre la mesa de centro con un golpe seco.
Amaya parpadeó, sorprendida, antes de bajar la mirada hacia la revista. Reconoció la portada al instante. Era una de sus sesiones más recientes, en la que aparecía con un bikini azul que resaltaba su figura. Trató de mantener la compostura, aunque el nudo en su garganta la delataba.
—¿Qué tiene? —respondió con voz firme, aunque su corazón latía con fuerza.
Cecilia la miró como si no pudiera creer lo que estaba escuchando, sus ojos reflejaban una mezcla de decepción y enojo.
—¿Qué tiene? ¡Amaya, esto es inaceptable! ¿Qué pensarían tu padre o la gente del pueblo si te vieran así?
Amaya se puso de pie, cruzando los brazos en un intento de protegerse de las palabras de su tía.
—Tía, esto no es un crimen. No estoy haciendo nada malo. Es solo trabajo, y me pagan muy bien por hacerlo.
Cecilia la señaló con un dedo acusador, su tono era cortante.
—Tú no fuiste criada para esto, Amaya. Te traje a la ciudad para que fueras una señorita de bien, para que estudiaras, no para que te exhibieras como... como...
—¿Como qué, tía? —interrumpió Amaya, alzando la voz—. Dilo. ¿Como una cualquiera? Pues déjame decirte algo: no me importa lo que piensen los demás. Esto es mi vida y mi decisión.
Cecilia dio un paso hacia ella, suavizando un poco su expresión pero sin perder la firmeza.
—Amaya, yo solo quiero lo mejor para ti. No entiendes las consecuencias que esto puede traer. La gente juzga, y lo último que quiero es que termines sufriendo por esto.
Amaya suspiró, cansada de escuchar el mismo discurso.
—Lo entiendo perfectamente, tía. Pero esto no es para siempre. Estoy ahorrando dinero y tomando mis propias decisiones. Si eso no te gusta, lo siento, pero no voy a cambiar.
Amaya cerró la puerta de su habitación con un golpe seco, su rostro estaba encendido de ira. Allí, sentada tranquilamente en la cama, estaba su prima Berenice, hojeando una revista con una sonrisa de satisfacción mal disimulada.
—Eres una entrometida —espetó Amaya, su voz elevada y cargada de furia mientras avanzaba hacia ella.
Berenice alzó la vista con una expresión de inocencia fingida, cerrando la revista con lentitud.
—Ya era hora de que mi mamá y mi tío vieran quién es la santa Amaya, la niña buena —respondió con sarcasmo, encogiéndose de hombros.
Amaya apretó los puños, tratando de contener las ganas de abalanzarse sobre su prima. La conocía lo suficiente como para saber que disfrutaba verla perder el control.
—¿Qué ganas con esto, Berenice? —preguntó, entre dientes—. ¿Qué te hice yo para que siempre estés buscándome problemas?
Berenice se puso de pie con lentitud, acomodándose la blusa mientras la miraba con superioridad.
—Nada en especial —dijo, caminando hacia el espejo y revisando su cabello—. Pero no soporto esa actitud tuya de niña perfecta, como si fueras mejor que todos. Al menos yo no tengo que esconderme detrás de una fachada.
Amaya estaba furiosa. Apenas la noche anterior había discutido con Berenice, y ahora sentía que su vida entera estaba desmoronándose. Había empujado a su prima fuera de la casa, deseando alejarla de su vista para siempre, pero no se imaginó que el golpe vendría de alguien más cercano: su propio padre.
Aquella mañana, se había levantado temprano como de costumbre, preparándose para una nueva sesión fotográfica. Sus pasos resonaban firmes y decididos mientras caminaba hacia el edificio donde trabajaba. Sin embargo, algo en el ambiente era extraño. Las miradas de sus compañeros eran distintas, esquivas, como si algo grave estuviera sucediendo.
Al llegar a la oficina del director creativo, la recibió con una expresión seria y tensa.
—Amaya, necesito hablar contigo —dijo, señalando una silla frente a su escritorio.
Ella frunció el ceño, pero obedeció. Se sentó con el bolso sobre las rodillas, cruzando las piernas mientras lo miraba fijamente.
—¿Pasa algo? —preguntó, tratando de mantener la calma.
El hombre suspiró, entrelazando las manos sobre la mesa.
—Lamentablemente, tengo que informarte que estás despedida.
Amaya sintió que el suelo se desmoronaba bajo sus pies.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Hice algo mal? —preguntó, su voz cargada de incredulidad.
El hombre negó con la cabeza, aunque evitaba mirarla directamente.
—No se trata de tu desempeño. Al contrario, eres excelente en lo que haces, pero... tu padre nos contactó. Amenazó con tomar medidas legales si no dejábamos de emitir las revistas en las que apareces. Nos vimos obligados a prescindir de tus servicios.
Amaya se quedó sin palabras, sintiendo cómo una mezcla de ira y frustración la invadía. Se levantó de golpe, apretando los puños.
—¿Mi padre? ¿Quién le dio derecho a decidir sobre mi vida? ¡Esto es absurdo!
El director levantó las manos en señal de disculpa.
—Lo siento, Amaya. Entendemos tu situación, pero no podemos arriesgarnos a un pleito legal. Tu padre tiene mucho poder.
Amaya salió de la oficina sin decir una palabra más. Caminó por los pasillos con el rostro encendido, ignorando las miradas curiosas. Afuera, el aire frío de la mañana golpeó su piel, pero no la calmó.
—Esto no se queda así —murmuró entre dientes mientras sacaba su teléfono.
Sabía que tenía que confrontar a su padre. Por mucho que lo respetara, no podía permitir que siguiera controlando su vida como si todavía fuera una niña. Era su carrera, su decisión, y estaba dispuesta a pelear por ello, aunque tuviera que enfrentarse a él cara a cara.