Lady Dalia Hoffman, hija del quinto conde de Leighton estaba aburrida. Paseo con fastidio la vista por el montón de vestidos de lazos y peinados con plumas, que según parecía era la última moda entre las debutantes y se felicitó así misma por optar por un peinado un poco menos vergonzoso y tirar por la ventana de su carruaje, a espaldas de su madre por supuesto, la pluma de avestruz que adornada su peinado. Se removió incómoda y trato de tomar aliento pero lo único que logró fue que el corsé le apretara más las costillas.
—Sonríe un poco Dalia... pareciera que te estuvieras ahogando—Murmuró su madre por lo bajo utilizando su abanico de plumas para cubrir su boca y así disimular que no estaba llamándole la atención a su hija.
Lady Dalia Hoffman sonrío y deseo por vigésima vez no haber venido a este espantoso baile, no sin su amiga Elois, pero con un debut tan desastroso como el suyo, hacerse notar era imprescindible. Releyó los dos nombre en el cartón de su baile y suspiro derrotada, uno era un pariente lejano de su padre y el otro era un viejo decrépito que parecía tener una obsesión malsana con ella y que no dudaba ni por un segundo que si la sacaba a bailar terminaría pisándola. Ella no se merecía esto pensó con tristeza y en el fondo algo de rabia; no era su culpa que los caballeros la encontrasen muy alta, como tampoco era su culpa haber derramado té caliente en los pantalones del Marqués Reaventhom y casi dejarlo sin herederos. Pero viéndose ahora en su segunda temporada siendo de nuevo un florero en una esquina y sin ningún pretendiendo que valga la pena, Lady Dalia estaba pensando que quizás la alta sociedad si consideraba que, en efecto, era su culpa. Visualizo por la esquina de su ojos al viejo decrépito que venía a reclamar su baile y el pánico la invadió por todas partes.
—Ahí viene el Conde Stonble. Se amable —Masculló su madre.
El conde Stonble podría fácilmente caer al suelo por un ataque al corazón y a nadie le extrañaría, había enterrado a tres esposas y a juzgar con el afán con que venía a su encuentro, Dalia pensaba que el conde quería que ella fuese la número 4.
Cuando le hizo la reverencia y le tendió la mano, Dalia fantaseo con abrir su abanico con pantomima y torcerle el rostro con desdén...Pero por más que lo imagino no podía darse el lujo de hacerlo, no sin armar un escándalo y a la alta sociedad, en especial la gente rica con títulos, no le gustaban los escándalos.
Se tragó el orgullo, enderezó su cuerpo y puso su mano en el brazo esquelético del anciano, cuando quedo frente a él para la cuadrilla, se dio cuenta con horror que el anciano solo le llegaba a la barbilla, bueno tampoco es que el conde Sltonble fuese muy alto pero para los 1.75 cm que media Dalia, parecía que sí.
—Lady Dalia es un honor para mí que haya aceptado bailar conmigo—Comentó sin dejarle de ver el escote.
Dalia fingió una sonrisa educada y giro sobre sus pies siguiendo el ritmo de la cuadrilla, por la esquina de su ojo pudo ver como Lady Penélope le daba una sonrisa burlona al percatarse de quién era su acompañante en el primer baile de la noche. En su primera temporada donde fue presentada en sociedad, Dalia sabía que era alta, pero nunca se imaginó que tanto hasta que vio a las debutantes inclinar la cabeza hacía atrás para verla; eran tan bajitas, delicadas y menudas que lady Dalia a menudo se sentía como un gigante feo cerca de ellas, pronto comprendió que los caballeros preferían a las mujeres menudas y que parecían fáciles de dominar. Dalia era alta pero su cuerpo estaba definido, era esbelto y su cintura era diminuta, tenía el cuello alto, perfecto para lograr admiración en sus clavículas, el rostro ovalado, los labios llenos y los ojos de un potente color ámbar. Sin embargo, Dalia les solía llegar a los caballeros a la barbilla y eso, los hacía sentir que no necesitaba que la protegieran y no había nada más desalentador en un hombre que sentir que no lo necesitaban. Además los temas de conversación que Dalia ponía en la mesa eran un tanto...Inapropiados: Política, matemática, Platón o temas algo toscos cómo ¿Cuánto medía el diámetro de un cañón o cuál daga era mejor en la colección de Klon?
¿¡Qué dama delicada preguntaba ese tipo de cosas!?
Los caballeros a menudo se sentían tontos a su lado, lady Dalia pronto descubrió que los caballeros preferían sumisas, poco inteligentes y frágiles a sus esposas y ella con seguridad, no era ninguna de esas cosas.
Cerca de la media noche y viendo como el conde Stonble iba por otro baile, Dalia no aguantó más y tuvo que fingir una jaqueca para que su madre por fin regresara a la casa junto con ella, tenía los pies cansados y adoloridos por utilizar zapatillas sin tacón y mortalmente planas, todo para no parecer tan alta frente a los caballeros, cosa que no importaba de todas maneras. Atravesó la puerta abierta del hogar de su padre con una pesadez en el cuerpo, se detuvo un momento para sonreírle al mayordomo quien le sostenía la puerta abierta.
—Buenas noches, Alfred.
—Buenas noches milady—Respondió con aplomo el mayordomo. Cuando Lady Dalia entro, el mayordomo cerró la puerta tras él y se giró para recibirle la capa—Espero que haya disfrutado la Velada.
Dalia le brindó una sonrisa cansada, el mayordomo le hizo una reverencia y Dalia subió las escaleras para llegar a sus aposentos y así decirle a su doncella que le ayudara a quitarse el vestido. Rosa la estaba esperando despierta, si se sorprendió al verla llegar temprano no lo demostró, ya estaba acostumbrada al carácter taciturno de su señora después de asistir a un baile.
— ¿Se divirtió Señorita?—Era una pregunta estúpida, Rosa lo sabía, pero ya la tenía en la punta de la lengua y la había soltado.
Lay Dalia se giró hasta quedar de espaldas, la doncella movió sus manos con rapidez para desatarle las cintas del corsé.
—Baile—Respondió Dalia mirando su reflejo en el espejo de su tocador
—Oh, eso es algo bueno...
—Con un viejo que podría ser mi abuelo—Interrumpió para que su doncella no se entusiasmara.
Rosa se tragó su decepción y continuó con aplomo su tarea de desatarle las cintas del corsé a su ama. No entendía como una criatura tan hermosa como su señora no le hacían cola los pretendientes, bueno si era verdad que su señora era un poco alta con tendencia a hablar temas extravagantes y tal vez algo torpe, pero no había nadie más amable y hermosa sobre la faz de la tierra que ella. Cuando terminó de desatar las cintas y lady Dalia se cambió su lujoso vestido de fiesta por su bata de dormir, Rosa se despidió y la dejo sentada sobre su cama con cara de resignación.
Dalia suspiro fuerte y empezó lentamente a peinar su rubia cabellera. Se le estaba acabando el tiempo, su madre solo le había dado esta temporada para que ella misma buscara un pretendiente a su gusto y si no lo encontraba en esta, en la siguiente temporada ella misma se encargaría de hacerlo. Se estremeció, su madre seguramente aceptaría a cualquiera hombre con título, no importaba si era 3 décadas mayor que ella. Dalia no era una idealista, solo quería que alguien la entendiera y si hubiese una oportunidad por muy pequeña que sea, la amara. Se recostó en la cama mirando hacia el techo y junto sus manos con desesperación, rogó a los cielos que alguien así apareciera para ella, se durmió con ese deseo en su corazón y cuando estaba en la penumbra del sueño, soñó con un par de ojos salvajemente azules, amenazantes.