Habían pasado 27 años desde la última vez que el actual Duque de Saint Clear, John Richmond había sentido algo parecido al temor, un temor que supo amortiguar bajo el férreo carácter que tanto lo caracterizaba. Sin embargo, existían situaciones que sobrepasaban cualquiera temple o emoción de un ser humano por más experto en la materia que se sea.
El duque empuño su mano hasta que sus cortas uñas se enterraron dolorosamente entre sus palmas. Sabía que el carácter disoluto de su hijo mayor lo metería en problemas algún día, pero su imaginación nunca le previno para verlo mortalmente herido por un balazo causado durante un duelo ilegal. Sebastián había sobrepaso sin pudor alguno todos los límites que él le había interpuesto como padre, como autoridad mayor y como duque. Desde que a los 18 años había heredado el marquesado de los Saint Clear y con la posibilidad en mente de que algún día sería duque, el comportamiento y la reputación de Sebastián eran aborrecibles: Bebía, apostaba, era mujeriego y escandalizaba a las matronas en Almack’s cuando coqueteaba descaradamente con las debutantes. Y ahora esto, baleado en un duelo ilegal por la honra de un cortesana.
¡Maldita sea...Maldita sea!
El duque juró por lo bajo, en mala hora se vinieron a vivir a Londres, hubiera sido mejor que se hubieran quedado en Florencia. Bajo la vista y vio cómo el médico le sacaba la bala del cuerpo de su hijo con férrea determinación. Había montones de toallas ensangrentadas dispersas por toda la habitación, frascos vacíos de pomadas con mandrágora y beleño, pinzas metálicas manchadas de sangre y un ligero olor a láudano que se extendía rápidamente en el aire. El caos se había apoderado de todos cuando en la madrugada cerca del alba, habían traído a Sebastián herido e inconsciente, solo había quedado tiempo de buscar un cirujano y de avisar a las cocineras que pusieran a calentar agua.
El viejo duque agradeció que su esposa e hija Charlotte estuviese rumbo a Paris en este instante, no podría soportar sus comportamientos histéricos y sus lloriqueos ante esta situación. Observó el rostro pálido de su hijo una vez más y maldijo, todo por lo que había trabajado hace muchos años estaba en riesgo por su incompetencia, su linaje peligraba si el fallecía y aunque tuviese la posibilidad de que su esposa pudiese aguantar un tercer embarazo, su edad fértil ya había pasado.
—Thompson debes salvarlo—Ordenó el duque.
—Haré lo que pueda, Excelencia. Afortunadamente pude extraer la bala limpiamente...Sin embargo, —Titubeo el médico—El golpe en la cabeza es lo que me preocupa.
El Duque exhalo lentamente y salió de la habitación, su fiel mayordomo esperaba pacientemente en la puerta al igual que el resto de los criados, no obstante, apenas el duque salió todos se dispersaron.
—Harrison llévame un trago a la biblioteca—Demandó bajando las escaleras e ignorando el cuchicheo de sus sirvientes.
Abrió las puertas de su biblioteca de un sólo golpe y se dirigió directamente a su escritorio de roble tratando de no gritar de frustración. Al poco tiempo Harrison había entrado cargando una charola de plata con la espalda tan recta como una vara de sauco, hizo una reverencia y puso cuidadosamente el vaso de vidrio al alcance de la mano del duque.
— ¿Él está vivo, verdad?—Preguntó mirando el líquido ámbar en el vaso.
El mayordomo dejó de respirar y un ligero estremecimiento le recorrió los hombros. No era necesario especificar de quien se hablaba, su conciencia siempre se lo recordaba, siempre estaba ahí, rondando, esperando cualquier asomo de arrepentimiento para castigarlo, no había pasado ni un día en estos 27 años que no lo recordara.
—No lo sé con seguridad Excelencia—Respondió Harrison con aplomo—Lo deje a las puertas de una Iglesia.
El Duque levanto la vista y observo aquel fiel sirviente suyo, había sido por muchos años su confidente y cómplice de conciencia y aunque siempre seguía al pie de la letra sus indicaciones; en el fondo sabía que se acobardaría en el último minuto.
—Llama Williams—Dijo volviendo a posar su mirada en el líquido ambarino—Dile que quiero que encuentre a alguien.
***
Ares se encontraba en su oficina mirando el libro de contabilidad del club, las cosas parecía resultar, este mes habían recibido unos ingresos mensuales de 5 mil libras y más gente se había interesado en participar en los combates de boxeo. La oficina de Ares estaba situada en el segundo estancia del club, era metódicamente ordenada y espaciosa, le había hecho instalar una chimenea para los días fríos en los que se quedaba hasta tarde repasando las cuentas y contaba con una pequeña biblioteca y unos cuantos cuadros de pintores famosos en las paredes. A menudo Rupert lo molestaba diciendo que parecía la biblioteca de un dandi pero si algo le encantaba mostrar a Ares era que su sitio de trabajo era digno de él.
Un golpe en la puerta lo distrajo de la suma mental que estaba haciendo en su cabeza, con fastidio le dijo a la persona que pasara, seguramente serían uno de los luchadores o uno de sus entrenadores, para sorpresa suya era uno de los chicos que utilizaba como espía para reportar cualquier inconveniente, problema o forastero que llegase al barrio.
— ¿Larry qué sucede?
El sucio Larry vestido solo con algunos harapos se acercó sigilosamente a Ares, le hizo una pequeña reverencia y Ares mascullo una maldición por lo bajo, tenía que hablar seriamente con Rupert para que arreglara eso. Larry trago nerviosamente, era un inmigrante de origen Danés que había llegado de polizonte en un barco mercante cuando tenía 15 años y que como todos buscaba una mejor oportunidad en suelo inglés. Sin embargo, pronto se dio cuenta que ganarse una monedas en Bethnal Green no era tan fácil como parecía. Cuando Ares lo encontró le habían dado una paliza por robar 2 manzanas, contra todo pronóstico Ares se apiado de él y lo recogió; ahora vivía sus días sirviéndole como espía e informándole las novedades que azotaba en las calles.
—Señor Ares, hace unos días estoy viendo un coche de alquiler merodear mucho por esta zona—dijo estrujando su gorro de lana con sus sucias manos—Al principio pensé que era un dandi rico buscando alguna prostituta, ya sabe. Pero hablé con ellas y dijeron que nadie nuevo vino por el local de Madame Renata, así que me quede vigilando durante dos noches y durante esas dos noches siempre se estaciona cerca del roble mirando hacía el club.
Ares relajo su cuerpo contra el caro sillón de cuero, no le gustaba los forasteros y solo había tres razones para que la gente llegara a Bethnal Green:
1. Para visitar el salón de Madame Renata.
2. Para asistir a su club de Peleas, y
3. Para pedirle un favor a Ares.
Y como todo parecía indicar que quien sea que este rondando no necesitaba ninguna de las 3 razones, solo le quedaba sospechar de policías infiltrados. El contrabando de whisky estaba siendo muy perseguido últimamente, el mes pasado casi atrapan un cargamento que iba dirigido hacia el norte de Londres, sino fuera por los espías que tenían en todos lados, ese cargamento se hubiera perdido. Dejo salir un suspiro cansado y saco de su bolsillo 4 monedas de plata y se las tendió a Larry, este tomo las monedas hizo nuevamente una reverencia y se marchó con toda prisa por la puerta.
Ares tomo su bastón, cerro el libro de contabilidad y se levantó para salir de la oficina, si Larry estaba en lo cierto, el coche de alquiler debía estar apareciendo en media hora. Bajo las escaleras lentamente observando el ring que quedaba justo a la mitad del primer piso, hoy no había pelea pero Ares siempre tenía el club abierto para los entrenadores y sus peleadores. Ya casi anochecía y Ares aprovecho el momento y se escabulló por el callejón que quedaba en la parte trasera del club, caminó despacio y asomó con discreción la cabeza a través del muro de ladrillos y ahí estaba...El coche de alquiler que el sucio Larry decía, entrecerró los ojos y se percató de un catalejo que sobresalía por la ventana del carruaje. Ares le dio mala espina, alguien definitivamente estaba espiándolo, no le gusto para nada. Dio la vuelta y con una discreción aun mayor que su caminar, Ares mando a 3 de sus hombres a intersectar el carruaje y sacar, así sea a rastras, a la jodida rata que lo estaba espiando.