Inglaterra, 1841.
Cuando una figura vestida completamente de n***o entró a la taberna del sucio Joe todas las voces se apagaron. Las risas estridentes, el tintinear de las jarras de cerveza, las sonrisas coquetas y vacías de las prostitutas, todo se detuvo de un sólo golpe cuando aquella figura traspaso el umbral. Una moza que atendía las mesas se bajó aún más como si eso fuera posible y sin ningún pudor, el escote de su sucio vestido de algodón que llevaba puesto y, uno que otro hombre prefirió no levantar la vista y concentrar su mirada en su jarra de cerveza. El local olía a sudor, vinagre y cigarros viejos, lo cual no era una novedad, quedaba ubicado cerca del mugroso muelle de Camden Town y muchos marineros llegaban a saciar su sed y aliviar su soledad con una que otras moza en la parte de arriba antes siquiera que el agua mojara sus bocas. No era un taberna exclusiva, ni la mejor pero la cerveza era aceptable, casi no había riñas de borrachos y todo el mundo respetaba las normas.
La figura negra seguía avanzado sin prestar atención al inquietante ambiente que estaba generando, la madera crujía con cada paso que daba y antes de que se sentara en la mesa grande del fondo, una jarra de cerveza y un puro recién cortado estaban esperándolo. Cuando se sentó y se quitó sus guantes negros de cuero, poco a poco el bullicio propio de la taberna empezó a surgir con cautela, como si él tácitamente les hubiera dado permiso para hacerlo. Cada vez que entraba a un lugar pasaba lo mismo: Primero el silencio, luego la lujuria, después el respeto...Y al final el miedo, a veces uno, a veces otro pero nadie quedaba indiferente ante su presencia, ante la presencia de Ares, el rey de las sombras del bajo mundo de Londres.
—Asunto arreglado jefe. —dijo entre la sombras una voz procedente a su izquierda.
Ares sonrió o por lo menos lo intentó, parecía ser más una mueca desdeñosa que una sonrisa, llevó el puro a sus labios y aspiro una fuerte bocanada.
—Que no vuelva a suceder—Lo que más odiaba en el mundo era cuando sus planes se arruinaban, no soportaba no tener el control de la situación. Era muy meticuloso en todos los aspectos de su arruinada vida, cada paso, cada palabra, cada acción, era resultado de un análisis profundo. Abandonado en las puertas de la iglesia como un perro, había aprendido rápidamente a no confiar su bienestar a nadie más que a él mismo. Comprendió rápidamente que nada en esta vida era gratis y que todo era válido para sobrevivir.
—¿Qué hay del otro asunto?—Preguntó sin quitarle la vista a la moza que hacía rato no dejaba de ofrecerle su escote. Entrecerró los ojos hasta convertirlos en dos líneas azules peligrosas y con el humo que emanaba el puro parecían dos brasas encendidas, la moza entendió el mensaje y se largó.
—También arreglado jefe. Nadie volverá a tocar a otro niño.
Ares asintió muy levemente. Había crecido huérfano y marginado por un maldito dedo de más en su pie izquierdo y en lugar de crecer en un orfanato como hacia la mayoría de los huérfanos, Ares había crecido en la casa del señor y, a todas luces, había conocido el mismo infierno: A los 6 años se vio sometido a un exorcismo porque no había llorando ni una sola vez desde que había nacido, también cuando se enfadaba el color de sus ojos se tornaba demasiado oscuros para ser de este mundo y ni hablar de la malformación en su pie. A la tierna edad de 7 años, Ares había llegado a comprender rápidamente que a la gente le incomodaba lo diferente, lo que no entendía, con eso en mente lo habían llamado hijo de lucifer, hijo de belcebú, hijo del diablo y estuvieron a punto de matarlo cuando misteriosamente el padre de la iglesia había enfermado gravemente, dijeron que era por culpa de él, que el traía la desgracia, intentaron ahogarlo en agua bendita y quemar su piel con esperma de vela. Afortunadamente había escapado a tiempo, las calles del barrio parecían más seguras que la casa del señor en ese momento. Irónico.
Había pasado hambre, frio y estuvo a punto de perder una mano cuando lo encontraron robando una hogaza de pan, se había defendido como un animal, había mordido, arañado y peleado a puño limpio para librarse del castigo, por fortuna pudo escapar y refugiarse bajo las escaleras de una taberna. No paso mucho para que Rupert lo encontrara, el pequeño ladronzuelo de manos ágiles había visto la pelea y le había gustado su energía, le había dado de comer, le había dado ropa limpia, un techo donde dormir y un apodo: Ares.
Rupert estaba obsesionado con la mitología griega y le pareció que el nombre le quedaba perfecto.
Un Dios, él pequeño revoltoso tenía la cara de un Dios.
Nunca en los poco años de vida de Rupert había visto un rostro como aquel, parecía tallado en mármol, no había ningún ángulo en su cara que no se alineara perfectamente, aun con 10 años de edad, su belleza era inquietante, nunca había visto un hombre que fuera hermoso, ni siquiera sabía que existían. Rupert le había enseñado el arte de mentir de manipular y de robar. Cuando tuvieron la edad suficiente, empezaron apostar por peleas callejeras llegando al punto en participar, Ares rápidamente llegó a ser el favorito, era ágil, inteligente en el ring y lo suficientemente fuerte para derrotar por nocaut. Amasaron un pequeña fortuna y con la inteligencia de Ares lograron multiplicarla, eran dueños del club de peleas y también del contrabando de Whisky...Eran los reyes absolutos de Bethnal Green.
Ningún alfiler caía en Bethanl Green sin que ellos lo supieran, tenían espías por todas partes y todo el mundo sabía quiénes eran, especialmente Ares, le daba fama a su apodo como el Dios de la guerra...Dios de la destrucción y aunque el analfabetismo y la miseria inundaba en Bethnal Green, todos alguna vez sin excepción, buscaron que significaba Ares una vez que escuchaban el sobrenombre.
Terminada la cerveza y fumado el cigarrillo, Ares se levantó de la mesa y con el mismo aire misterioso salió por la puerta. El frio lo golpeo en el rostro y sin perder tiempo se puso sus guantes de cuero, era un gusto que se podía dar, eso y vestir completamente de n***o para camuflarse en la noche. Camino despacio y con total propiedad como solo el dueño de estas calles podía hacerlo, apoyo su mano en el bastón de plata que siempre utilizaba a pesar de que no necesitaba ningún apoyo para caminar, lo hacía por el simple gusto de verse bien. Una figura pequeña llegó sigilosamente hacía él y le hizo una pequeña reverencia.
—Sabes que no tienes que hacerlo, Tom
—El señor Rupert me dijo que sí—contestó el pequeño. Ares cerró los ojos, Rupert siempre le había dicho que tenía un porte aristocrático que incitaba a la gente hacerle una reverencia, ya se desquitaría
— ¿Qué tal la noche?—Preguntó Ares balanceando en su mano el bastón plateado.
—Todo tranquilo. Desde que usted dijo que nadie nos tocara, todo ha estado ido muy bien. Sonrío y con su mano despeino la cabeza del niño, podía ser el Dios de la destrucción pero siempre sentía debilidad por los pequeños huérfanos, en especial por los más pequeños, a menudo se veía reflejado en cada uno de ellos. En Bethnal Green no se podía golpear a ningún niño, mujer o prostituta sin que Ares lo supiera, era una regla que había establecido cuando tuvo el poder suficiente para mandar en las calles.
—Señor Ares... ¿De casualidad no tiene más golosinas que nos pueda dar?—Anheló el pequeño con un vocecita tierna. Ares suspiro y se metió la mano en su bolsillo. Él siempre tenía golosinas, una debilidad que lo avergonzaba, le gustaban las cosas dulces y que se pudieran deshacer en su boca. Saco un puñado de bombones de frambuesa y se los tendió sin afán, el pequeño se relamió los labios sin disimulo y tomo todos lo que pudo caber en su diminuta mano.
—Tienes que compartir con los otros.
—Si señor Ares.
Sin perder tiempo, el pequeño niño volvió a adentrarse en las sombras y rápidamente se escucharon susurros afanosos y exclamaciones de deleite.
—Veo que todavía sigues cargando dulces en tus bolsillos—La poderosa voz provino a sus espaldas, Ares volteó y encontró a su amigo recostado sobre el pedazo de pared que hacía esquina en la calle. La oscuridad no dejaban visualizar su rostro del todo, pero Ares sabía que encontrar: Unos ojos negros desconfiados, una pequeña cicatriz en el mentón, una mandíbula poderosa y una sonrisa que era la perdición de todas cortesanas del bajo Londres. Caminó hacia él y sonrió sin poder evitarlo sintiéndose atrapado, Rupert siempre lo molestaba con los paquetes de dulces que traía en sus bolsillos. Recorrió el camino que los separaba hasta tenerlo de frente y lo saludó con un ligero movimiento en la cabeza, Rupert le correspondió el saludo haciendo una reverencia.
—Basta con eso—Gruño.
—Es divertido—Le respondió con una pequeña sonrisa desdeñosa.
— ¿Qué tal el club? ¿Ganó Mackenzie?
—Mackenzie siempre gana.
Ares sonrío y ambos empezaron a caminar calle abajo
— ¿Ya me vas a decir porque has venido hasta la taberna?—Interrogó con una ceja arqueada—Normalmente a esta hora estas con alguna mujer en el lecho.
—Simple. Tienes visita.
—Debes ser una visita importante donde tú mismo has bajado a buscarme.
—Así es. —Rupert hizo una pausa—Alguien necesita un favor.
Ares dejó de caminar y su semblante se tornó serio enseguida.
— ¿A esta hora?
—Ella está desesperada.
Ares no hizo más preguntas y ambos se perdieron en la oscuridad sin percatarse de que un carruaje, cuatro calles más abajo los espiaba. Dentro del carruaje una figura estudiaba con un catalejo el andar misterioso de Ares y de su compañero.
—Es idéntico—Había murmurado para sí mismo con asombro.
***
— ¿Madame Renata sabe que estás aquí?
La solitaria figura estaba apoyada contra la pared del despacho de Ares sumida en la oscuridad. Sus hombros estaban encorvados dando la apariencia de que estuviese enferma, pero Ares era observador y sabía que sus hombros no estaban encorvados por eso.
—No señor. —Musitó la joven.
—Tengo entendido que necesitas un favor.
—Así es...Necesito—La joven tragó saliva antes de continuar—Necesito un favor de Ares.
—Te escucho.
La figura solitaria salió entonces de la oscuridad y Ares vio que su rostro estaba golpeado. Vestía una capa oscura que la tapada de la cabeza a los pies, sus manos no llevaban guantes pero estaban bien cuidadas y si no fuera por el fuerte acento cockney nadie sospecharía que vendía sus favores.
—Hay un cliente...
— ¿¡Alguien en Bethnal Green ha osado desobedecer mis órdenes!?—Preguntó mirando su rostro magullado.
— ¡No!—Se apresuró a negar la joven. —Él no me ha golpeado, fue Madame Renata cuando me quejé del cliente y lo llamé cerdo.
Ares acaricio lentamente su bastón y apoyo una rodilla en su otra pierna.
—Continúa.
—El cliente no es de Bethnal Green. Sin embargo, siempre viene 2 veces a la semana y quiere que sea solo yo quien lo atienda. —Un pequeño suspiro lastimero salió de sus labios, Ares sintió algo parecido a la lástima— Yacer con él es humillante, me somete a perversiones que no soy capaz de describir y... se excita...se excita haciéndome daño. —Añadió cerrando duramente los ojos.
Ares guardó silencio, había escuchado suficiente. Quería darle una lección a ese maldito enfermo él mismo; ya bastante dura era la vida de esas mujeres como para que un bastardo se las hiciera más miserable.
— ¿Quieres dejar esa vida?—Preguntó pensado que quizás eso era lo que quería.
Ella sonrío tristemente y negó con la cabeza
—No puedo. Es la única vida que conozco…Pero si deseo que ese hombre nunca más vuelva al burdel. —Titubeo antes de hablar— Le pagaré lo que sea.
Ares extendió entonces un pedazo de papel y pluma sobre el escritorio.
—Anota su nombre y los días específicos en que viene al burdel.
La muchacha dejo salir el aire que estaba conteniendo y un amago de sonrisa se asomó en sus pequeños labios, con manos temblorosas escribió el nombre del bastardo en aquel papel, sellando así su destino.
Ares miró el nombre y los días que había anotado la muchacha, una vez que los grabó en su memoria, arrugó el papel y lo tiro al fuego de la chimenea. Se dio la vuelta aún sentada en el sillón de cuero y le brindó una sonrisa oscura.
—Felicidades. Tu favor será cobrado.