Diana pedaleaba bajo la lluvia, con las luces de la ciudad desdibujándose entre las gotas que caían pesadas sobre su rostro. El frío se había infiltrado en sus huesos y las lágrimas, mezcladas con la lluvia, se deslizaban por sus mejillas sin control. Las palabras de Óscar resonaban una y otra vez en su cabeza. "Haré que te despidan." Era como si cada gota que caía sobre ella le recordara su impotencia, su fragilidad ante un mundo que parecía disfrutar aplastándola.
Llegó a casa mucho más tarde de lo habitual. Al abrir la puerta, un silencio pesado la recibió, solo roto por el zumbido tenue de las máquinas médicas que mantenían a Valentina estable. La enfermera ya se había ido, dejando un informe sobre la mesita. Diana dejó caer su mochila en el suelo, sus músculos protestando por el cansancio acumulado. Todo lo que quería en ese momento era meterse en la cama y olvidar el día infernal que había vivido.
Pero antes de que pudiera siquiera cambiarse de ropa, la voz suave de Valentina rompió el silencio desde el sofá.
—Diana, ¿estás bien?
Diana se detuvo en seco, tratando de recomponerse antes de girarse para enfrentar a su hermana. Valentina, con la fragilidad que había adquirido tras el accidente, se veía más preocupada de lo habitual. Sus ojos, grandes y llenos de inquietud, observaban a Diana con una mezcla de culpabilidad y tristeza.
—No es nada, Vale. Solo... un día largo —respondió Diana, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos.
Valentina la observó en silencio durante unos segundos, su rostro serio, como si estuviera sopesando algo importante.
—No puedes seguir así —dijo finalmente, su voz más firme de lo que Diana esperaba—. Estás trabajando demasiado, y todo por mi culpa.
—No es tu culpa, Valentina —replicó Diana de inmediato, sintiendo una punzada en el corazón—. Estoy haciendo lo que debo hacer. No tienes que preocuparte por eso.
Pero Valentina no se dejó convencer tan fácilmente. Se incorporó un poco en el sofá, aunque el movimiento parecía costarle esfuerzo.
—Sí es mi culpa —insistió—. Si no estuviera enferma, no tendrías que estar haciendo estos trabajos. Podrías estar en Estados Unidos, viviendo la vida que siempre soñaste. Pero aquí estoy, una carga más para ti. Sé que lo soy.
Diana sintió como su corazón se encogía al escuchar esas palabras. Se acercó rápidamente a su hermana y se arrodilló frente a ella, tomando sus manos con suavidad.
—No digas eso, por favor. Tú no eres una carga, Valentina. Eres mi hermana. Todo lo que estoy haciendo es por ti, y lo haría mil veces más si fuera necesario.
Pero Valentina no parecía convencida. Sus ojos, brillantes por las lágrimas contenidas, se clavaron en los de Diana.
—Quizá no debería depender tanto de ti —murmuró Valentina—. Tal vez deberías dejarme... aprender a manejar esto sola. Yo... solo te estoy impidiendo avanzar.
Diana sintió que algo se rompía dentro de ella. Valentina, su pequeña hermana, aquella por quien lo había sacrificado todo, ahora pensaba que era un obstáculo, una carga en su vida. La realidad de la situación era devastadora. Todas las noches en vela, los días agotadores, las luchas constantes por llegar a fin de mes... y ahora Valentina se sentía culpable por todo ello.
Las lágrimas, aquellas que había contenido en el lujoso apartamento de Óscar, empezaron a derramarse con fuerza. El dolor y la impotencia se desbordaron, y Diana se dejó caer en los brazos de su hermana, llorando abiertamente.
—No digas eso, por favor —sollozó—. No podría hacer esto sin ti. Eres lo único que me queda, Valentina. No soy fuerte... no tanto como crees. Solo estoy intentando mantener todo en pie, pero siento que todo se desmorona a mi alrededor.
Valentina la abrazó, aunque con dificultad, y le acarició el cabello suavemente.
—Tú eres la fuerte, Diana —susurró—. Solo no quiero verte sufrir más por mi culpa.
—Nunca eres una culpa —dijo Diana entre lágrimas—. Nunca.
Se quedaron así, abrazadas en el sofá, bajo el ruido tenue de la lluvia que seguía golpeando las ventanas. El peso de la responsabilidad, del sacrificio, era aplastante. Diana lloró hasta que las lágrimas parecieron agotarse, hasta que el cansancio finalmente la venció. Poco a poco, se quedó dormida en el regazo de su hermana, con el rostro húmedo y el cuerpo derrotado.
Valentina, a pesar de su propia fragilidad, permaneció despierta, acariciando el cabello de Diana, observando cómo su hermana mayor, siempre tan fuerte y decidida, se dejaba llevar por la vulnerabilidad. No sabía cómo, pero Valentina prometió en silencio que encontraría la manera de no ser una carga, de ayudar a Diana, aunque eso significara tomar decisiones difíciles.
La noche continuó, y aunque el cuerpo de Diana descansaba, su mente seguía atrapada en la tormenta de emociones que la vida le había lanzado.