Óscar, sentado frente a Diana en el pequeño salón, se debatía entre su impulso de ayudarla y la creciente atracción que sentía por ella. La mujer frente a él, a pesar de estar enferma, desaliñada y claramente agotada, tenía una presencia magnética que lo intrigaba más de lo que estaba dispuesto a admitir. —Diana —dijo, inclinándose un poco hacia ella—. Sé que no quieres mi caridad, y lo respeto. Pero, ¿y si te ofrezco algo que te ayude a salir de esta situación? No solo dinero, sino una oportunidad real de hacer lo que sabes hacer mejor. Diana lo miró, escéptica. Todavía no confiaba en él del todo, y aunque su tono parecía genuino, no estaba segura de a dónde quería llegar. —¿A qué te refieres? —preguntó, su voz aún rasposa por el resfriado. —Tengo una propuesta —respondió Óscar, sonri

