La caída de Roberto había dejado la ciudad más jodida, como un campo de batalla recién arrasado donde solo los más fuertes podían seguir respirando. Y en medio de esa desolación, Clara estaba sola, despojada de muchas cosas, pero no del veneno que corría por sus venas ni de la puta obsesión por levantarse. El tablero estaba en ruinas y ella, la estratega implacable, tenía que recomenzar su maldita carrera desde cero. El despacho, que había sido su refugio, ahora era una prisión de recuerdos rotos. Las paredes mugrientas y el escritorio cubierto de polvo eran el reflejo de su caída. Cerró los ojos un segundo y dejó que esa mierda de derrota la golpeara en todo el puto cuerpo, pero le duró menos que un suspiro. Se puso de pie con la mandíbula apretada y abrió la ventana para aspirar el

