La marea de sangre y el encuentro.
El aire frío de la medianoche cortaba como una hoja de afeitar. Las calles del distrito bajo de la ciudad estaban sumidas en una penumbra pesada, iluminadas únicamente por el parpadeo moribundo de un farol distante. Stacy apretó el abrigo raído contra su pecho, sintiendo cómo el vapor de su propia respiración se disipaba rápidamente en la oscuridad.
Sus pasos resonaban con un eco apresurado sobre el pavimento mojado por la garúa reciente. Faltaban diez bloques para llegar a su pequeño apartamento, pero el ambiente esa noche se sentía extrañamente denso, cargado de una electricidad estática que le erizaba la piel.
Stacy no era una mujer que se asustara con facilidad. Habiendo crecido en los barrios más marginados y trabajando jornadas dobles en una cafetería para pagar las facturas médicas de su madre, había aprendido a ser dura. Sin embargo, en el fondo de sus entrañas, un instinto primario le gritaba que corriera. Tenía la sensación incómoda y punzante de que la estaban observando desde las sombras de los edificios abandonados.
Aceleró el paso, pero al doblar en una esquina hacia un pasadizo estrecho, dos figuras emergieron de repente de la nada, bloqueándole la salida.
Stacy se detuvo en seco, con el corazón martilleándole contra las costillas. Los hombres eran altos, extremadamente pálidos y vestían ropas oscuras y desgastadas. Lo que hizo que a Stacy se le helara la sangre no fue solo su repentina aparición, sino la forma en que sus ojos brillaban en la penumbra con un tinte rojizo e insano, casi animal.
—Miren lo que ha caído en nuestra red
(dijo el hombre de la izquierda, con una voz rasposa que sonaba como piedras chocando entre sí)
—. Una humilde humana caminando sola a estas horas.
—Huele bastante bien...
(añadió el segundo, dando un paso hacia adelante mientras sus labios se retraían, dejando al descubierto unos colmillos afilados y desproporcionados que desafiaban toda lógica.)
—Atrás
(ordenó Stacy, intentando que su voz no temblara mientras buscaba a ciegas dentro de su bolso en busca de su gas pimienta)
—. No se acerquen o voy a gritar.
Los dos hombres soltaron una carcajada seca y carente de humor. Antes de que Stacy pudiera sacar la mano del bolso, el primer atacante se movió con una velocidad sobrehumana. En un parpadeo, la acorraló contra la pared de ladrillos del callejón, sujetando su muñeca con un agarre de hierro. La fuerza era tal que Stacy dejó escapar un gemido de dolor cuando su bolso cayó al suelo.
—Grita todo lo que quieras, bonita. Nadie en este sector vendrá a salvarte.
(siseó el sujeto contra su oreja.)
Con brusquedad, tiró del cuello de su abrigo, rasgando la tela del jersey y dejando expuesta la suave piel de su clavícula.
En el forcejeo, la uña afilada del atacante raspó la piel del cuello de Stacy, haciendo brotar una pequeña gota de sangre roja y brillante.
En ese preciso segundo, el aire del callejón pareció congelarse.
El atacante se detuvo de golpe, aspirando el aire con una desesperación casi demencial. Sus pupilas se dilataron hasta cubrir casi por completo sus ojos.
—Este olor...
(murmuró el hombre, temblando)
—. Es... es imposible. Esta sangre... es pura. ¡Es sangre dorada!
—¡Apártate, es mía!
(gritó el otro sujeto, abalanzándose hacia ellos con la boca abierta y los colmillos fuera.)
Stacy cerró los ojos y esperó lo peor, con el terror paralizándole los pulmones. Pero el impacto nunca llegó.
Un silbido agudo cortó la noche, seguido por un sonido seco y horrendo de huesos rompiéndose. Stacy abrió los ojos justo a tiempo para ver cómo el hombre que intentaba atacarla salía disparado hacia atrás, estrellándose contra un contenedor de basura metálico con tal fuerza que el metal se deformó por completo.
El sujeto quedó inmóvil en el suelo, con el cuello doblado en un ángulo antinatural.
El atacante que sujetaba a Stacy ni siquiera tuvo tiempo de girarse. Una mano pálida, grande y de nudillos fuertes le atravesó el pecho desde atrás con la misma facilidad con la que una espada atraviesa la mantequilla. Con un movimiento frío y despiadado, la mano se retiró, y el segundo cuerpo cayó como un saco de papas sobre el suelo mojado.
Stacy se deslizó hacia abajo por la pared de ladrillos, cayendo de rodillas. Su respiración era caótica y su pecho subía y bajaba frenéticamente. Frente a ella, erguido sobre la lluvia que comenzaba a intensificarse, se encontraba la figura más imponente y aterradora que jamás había visto.
El hombre vestía un traje a medida de color n***o pulcro, sin una sola mancha de polvo a pesar de la violencia de hace unos segundos. Su cabello n***o azabache estaba peinado hacia atrás, revelando unas facciones esculpidas en mármol: una mandíbula afilada, un puente nasal recto y unos labios carnosos que actualmente estaban apretados en una línea de severidad pura. Pero lo más impactante eran sus ojos. No eran rojos como los de los otros monstruos; eran de un dorado reluciente, hipnótico y abrasador.
El hombre dio dos pasos lentos hacia ella. Su sola presencia emanaba un aura de autoridad y peligro tan denso que a Stacy le costaba respirar.
Él se inclinó hacia ella, tomándola del mentón con los dedos para obligarla a mirarlo directamente. El contacto de su piel era frío, pero la mirada que le dirigía estaba cargada de un fuego incontrolable.
—Una criatura tan delicada no debería andar suelta en el dominio de las sombras
(dijo el desconocido. )
Su voz era profunda, un barítono grave y sedoso que vibró directamente en el pecho de Stacy.
—¿Quién... qué eres tú?
(alcanzó a articular ella, intentando apartar la cara, pero la mano del hombre no cedía.)
En lugar de responder, él inclinó la cabeza hacia el cuello de Stacy, acercando sus labios a la pequeña herida que aún sangraba. Aspiró profundamente, y Stacy pudo jurar que escuchó un gruñido bajo salir de la garganta del hombre.
—Llevo casi dos siglos buscando este aroma...
(susurró él contra su piel, enviando una descarga eléctrica por toda la espina dorsal de Stacy)
—. Tu sangre me pertenece desde el momento en que naciste, pequeña humana.
Antes de que Stacy pudiera procesar sus palabras o defenderse, el hombre la sujetó de la cintura con un brazo de acero y la pegó a su pecho implacable. Sus labios capturaron los de ella en un beso dominante y hambriento que le arrebató el aliento. Stacy intentó empujarlo, pero sus brazos parecían carecer de fuerza contra semejante fuerza de la naturaleza.
El beso fue tan violento como sensual. En medio del trance, él descendió hasta su cuello. Stacy sintió la presión afilada de dos colmillos atravesando su piel. Un grito de dolor amenazó con salir de sus labios, pero casi de inmediato, una ola de calor líquido y un placer insoportable y desconocido inundaron sus venas. Gemió contra el hombro del hombre, arqueando la espalda involuntariamente mientras él bebía de ella con una devoción casi religiosa.
—Vaya, vaya... hermano
(resonó una segunda voz desde la parte superior del callejón, rompiendo la atmósfera saturada de tensión s****l)
—. Siempre tan posesivo y acaparador. Veo que te encontraste con un bocadillo extraordinario antes que yo.
El hombre que sostenía a Stacy se detuvo de golpe. Con lentitud, retiró sus colmillos de la piel de ella y lamió el rastro de sangre en su propio labio inferior, dejando a Stacy mareada y temblando en sus brazos.
Stacy alzó la vista con la visión borrosa. En el tejado del edificio de enfrente, apoyado contra la barandilla con una postura relajada y una sonrisa diabólicamente atractiva, había otro hombre. Tenía las mismas facciones esculpidas y la misma aura peligrosa, pero sus ojos dorados brillaban con una diversión salvaje.
—Aléjate de ella, Dante
(siseó el hombre que sujetaba a Stacy, con una voz cargada de una amenaza letal.)
—¿Alejarme? Por favor, Cameron
(respondió el hombre llamado Dante, saltando desde la altura de tres pisos para aterrizar sin hacer el menor ruido a solo unos pasos de ellos)
—. Sabes perfectamente que en esta familia... no nos gusta dejar al otro con las ganas. Y esa chica huele demasiado bien como para que te la quedes solo para ti.