Korín (5 meses después de la muerte de Papi)
Llego a casa agotada luego de la misión que acabo de terminar en Denver. Lo único que alegra mis días es llegar a casa y encontrarme con esa pequeña que siempre me recibe con la sonrisa más grande del mundo. Michelle es una niña maravillosa que aprendí a querer rápidamente. A ella y a su madre las conocí hace 1 año en una visita que le hice a mi amigo Corey en la embajada americana. Él me pidió que las ayudara a encontrar un lugar para vivir, pues eran nuevas en el país y por su situación requerían un lugar estable. Acepté gustosa y les ofrecí quedarse conmigo por unos días, así no se sentiría presionada para encontrar un lugar rápido.
A la primera semana que vivíamos juntas me encariñé tanto con la niña que les pedí que se quedaran y compartiéramos el piso. Mía aceptó feliz porque ya se había encariñado con el lugar y desde entonces hemos sido muy buenas amigas. Ella no tiene idea de mi profesión, no he tenido el valor para contarle sobre eso porque sé que también tendría que hablarle sobre todas las muertes que llevé a cabo para vengar a mis padres y no sé cómo se lo vaya a tomar.
Cuando abro la puerta del apartamento me llevo una gran sorpresa, veo maletas y escucho ruido dentro de la habitación de Mía. Me acerco rápidamente y la veo empacando.
—Mía, ¿qué pasa? ¿Por qué empacas?
— ¡Hola, Korín! —se levanta a recibirme.
— ¡Tía, volviste! —exclama Michelle emocionada dando brincos en la cama. Me acerco a ella y beso sus cabellos.
—Hola, mi niña ¿cómo te portaste en mi ausencia?
—Bien, pero nos vamos a ir —hace un puchero.
Vuelvo la mirada hacia Mía de forma interrogativa.
—Sí, nos vamos.
—Pero, ¿por qué? ¿No están cómodas aquí?
—No, no es eso. Es que… ¡Conseguí trabajo fijo! —exclama dando brincos de emoción.
Hago una gran O con mi boca y me levanto a abrazarla. Michelle también se levanta y se acerca a nosotras, hacemos un pequeño baile de celebración y nos reímos.
—Mía, no sabes lo feliz que me hace esa noticia sé muy bien todo lo que has tenido que vivir este tiempo y me alegra tanto que ahora si tengas un respiro. Es tu oportunidad y debes aprovecharla.
— ¡Sí, Korín! Realmente estoy muy emocionada, he tenido que pellizcarme varias veces para saber si no es un sueño —ríe—. Después de todo, la Señora Mónica sí cumplió.
—Te dije que ella me caía bien por las cosas que me comentabas.
—Sí, es cierto.
—Pero cuéntame, ¿dónde queda? ¿A cuántas personas atenderás? La paga, ¿es buena?
—Sí, la paga es muy buena y hasta tienen seguro médico para sus empleados así que me puedo beneficiar de él para las cosas de Michelle. Solo me encargaré de la limpieza de la casa, me contrató fue la mamá del propietario, así que todavía no lo conozco.
— ¡Buenísimo!
—Lo único malo, es que para quien voy a trabajar es un señor que siente desagrado por los niños —suelta un bufido—. Me toca mantener a Michelle alejada de la propiedad principal, nosotras nos quedaremos en la casa de los señores que velan por el cuidado de la casa. La señora Charlotte me aseguro que no tendría problemas porque son casas independientes de la otra.
Eso me parecía muy extraño, mi sensor de agente se activó y le pregunté el nombre y apellido de la que la mujer que la contrató y también de su hijo. Averiguaré todo sobre ellos, no quiero que ellas se vean implicadas en algún asunto peligroso.
—Bueno, Mía me alegra muchísimo que te dieran esta oportunidad, lo único malo es que las voy a extrañar un montón. Esta casa quedará vacía sin su presencia —digo con tono triste.
—Tía, no te pongas así. Vendremos a visitarte, ¿cierto, mami?
—Sí, cariño. Además, no creo que haya problemas en que nos visites cuando estés en la ciudad.
—Es cierto, aunque no será lo mismo, pero todo sea por el bien de ustedes.
—Gracias, amiga. Por cierto, ¿puedes quedarte mañana con Michelle mientras termino unas cosas en la empresa?
—Sí, claro no hay problema.
Volvemos a abrazarnos y las ayudo a terminar de empacar. Estoy exhausta, pero antes de dormir investigaré lo que se trae entre manos esa gente que contrató a Mía. Saco la laptop e ingreso al sistema. Investigo primero a Charlotte Payne; tiene 59 años, madre de 3 hijos, quedó viuda hace pocos años y es dueña de muchas propiedades, heredadas por parte de su difunto esposo. No tiene pareja, sus cuentas están forradas de dinero y tiene convenios con el Hospital St. San Sebastián. Cada año abona dinero a niños indigentes y huérfanos, es buena ciudadana y hasta los momentos no tiene ninguna queja por parte de sus empleados. Todo legal por este lado; ahora voy con el imbécil que no quiere ver niños por su casa, de seguro es un viejo amargado sin hijos, pienso.
Harry Payne; 35 años, hermano mayor, sin hijos ni esposa, mantiene una relación con Brooklyn Jackson, es dueño de hoteles y restaurantes establecidos por todo el país. Al igual que su madre, sus cuentas están forradas en dinero y tiene los mismos convenios con el Hospital St. San Sebastián. Investigo a fondo sus propiedades, pero todo está normal. Debe ser un hombre prepotente que le gusta su trabajo a la perfección, pienso. Apago la computadora y me duermo.
Al día siguiente me quedo con Michelle cuando Mía se va. Ella sigue dormida así que decido hacer el desayuno antes de que se levante. Luego de dos horas, ya estamos desayunadas y arregladas en el sofá viendo una película. Debo aprovechar este momento antes de que se vayan, las extrañaré muchísimo. Terminamos de ver la película y me levanto para ir al baño, cuando salgo escucho a Mía preguntándole a Michelle por mí.
—Ya salgo —respondo.
La veo sacar las maletas, y le pregunto:
— ¿Ya se van?
—Sí, tenemos que irnos —me abraza—. Prometemos venir a visitarte pronto, o mejor dicho cuando estés aquí —sonríe.
—Más les vale, si no las voy a ir a buscar y las traigo de vuelta —rio—. Cuida a mi princesa, y cuídate tú también. Las quiero.
—También te queremos.
—Adiós, tía Korín —dice Michelle—, te extrañaré. Te quiero, avísame cuando estés de vuelta para visitarte, ¿sí?
—Claro que sí mi princesa —digo—. Yo también te quiero.
Nos abrazamos por última vez y las acompaño hasta la puerta. Al llegar noto la presencia de un hombre muy guapo.
—Dios mío, qué pena no los he presentado. —comenta Mía— Korín, Michelle, él es Freddy.
—Hola, ¿qué tal? Un gusto —dice el hombre extendiendo la mano hacia mí.
—El gusto es mío —digo, estrechándola.
—Bueno ahora sí nos tenemos que ir —dice Mía.
Salen de allí y me quedo observándolas a lo lejos. Me sentiré muy sola en este lugar, de ahora en adelante tendré que enfrascarme más en el trabajo, pienso.