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Reclamada Por el Alfa

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HE
destinado
de amigos a amantes
shifter
drama
werewolves
mitología
rechazo
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Descripción

En un pueblo rodeado de bosque, donde el aire huele a tierra húmeda y secretos viejos, una chica empieza a notar cosas raras:

sombras que se mueven cuando no deberían, sueños que no son suyos… y un latido dentro de su pecho que no coincide con el suyo.

La noche que casi la matan, aparece él.

No como un salvador.

Como alguien que llegó tarde.

Él pertenece a una manada que vive bajo reglas claras:

los humanos no importan… salvo cuando son peligrosos.

Y ella lo es.

Porque no es solo su pareja destinada.

Es algo más antiguo.

Algo que ni los lobos pueden controlar.

Isabela siempre sintió que algo en su vida no encajaba, pero nunca imaginó que en su sangre sobrevivía el rastro de las antiguas hadas del bosque, una r**a casi desaparecida cuya energía altera a los hombres lobo y despierta su lado más salvaje. Cuando Matteo, un poderoso alfa y m*****o del consejo sobrenatural, la reconoce como su pareja predestinada, su mundo empieza a romperse. Mientras el deseo y el vínculo los arrastran el uno hacia el otro, ambos descubren que el consejo oculta una verdad oscura relacionada con la familia de Isabela y con un crimen del pasado que nunca debió salir a la luz. Entre el bosque, la traición y una guerra que amenaza con estallar, tendrán que decidir si el destino basta para mantenerlos unidos o si amarse será el mayor riesgo de todos.

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Prólogo
La noche olía a tierra mojada y corteza rota. No había llovido fuerte. Apenas una llovizna fina, de esas que no empapan de golpe, pero se meten en la ropa, enfrían la piel y vuelven pesado el aire. El bosque respiraba lento, oscuro, vivo. Las ramas altas se mecían con un murmullo bajo, como si hablaran entre ellas. Él lo sintió antes de oírlo. Se detuvo. El barro se hundió bajo su bota. A un lado, un hilo de agua corría entre raíces negras. Del otro, los troncos se alzaban cerrando el paso como sombras viejas. No estaba solo. El olor le llegó tarde, cortado por la humedad y el musgo: hierro, cuero, sudor ajeno. Lobos. Su mandíbula se tensó. —Salgan —dijo, sin alzar la voz. Nada. Solo el crujido leve de una rama bajo demasiado peso. Entonces una figura apareció entre los árboles. Luego otra. Y otra más. No iban ocultos. Ya no hacía falta. Hombres grandes, duros, con la quietud de quien entra a cazar sabiendo que tiene ventaja. El primero dio un paso al frente. Llevaba un abrigo oscuro, empapado en los hombros, y el símbolo del consejo prendido en el pecho como una mancha de plata. Él soltó el aire despacio. —Mandaron a demasiados. —No para ti —respondió el hombre del frente—. Para lo que podrías hacer si decides pelear. Una media sonrisa se dibujó en sus labios, pero no le llegó a los ojos. —Entonces sí mandaron a demasiados. Detrás de él, el bosque guardó silencio. Ni grillos. Ni alas. Ni el roce apurado de algún animal pequeño buscando refugio. Nada. Eso fue lo que más le dolió. El bosque siempre hablaba. Siempre. Con viento, con hojas, con agua, con vida. Aquella noche lo sentía inmóvil, tenso. Esperando. Su mirada se deslizó más allá de los hombres del consejo, hacia la línea de árboles que se abría a pocos metros de allí. Más adentro, escondida entre sombras, ella aguardaba. No podía verla. Pero la sentía. El pulso rápido. El miedo tratando de no hacer ruido. Una mano sobre su propio vientre, protegiendo lo que aún nadie más conocía. Él volvió a mirar al frente. —Si han venido por mí, dejen el resto fuera de esto. El hombre de plata soltó una risa seca. —Nunca fue solo por ti. La frase cayó entre los árboles como una piedra en agua negra. Durante un instante, nadie se movió. La llovizna seguía cayendo. Muy fina. Muy fría. Una gota se deslizó por la sien de él, bajó hasta su mandíbula y se perdió bajo el cuello de la camisa. El olor a tierra mojada se mezcló con el del metal. Con el del miedo. Con el de la rabia. —No tienen derecho —dijo. —Tenemos orden. —No es lo mismo. Los ojos del hombre del consejo se endurecieron. —Tu sangre rompe el equilibrio. —Mi sangre no fue lo que los trajo hasta aquí. Esa vez sí hubo un cambio. Pequeño. Breve. Pero él lo vio. No le gustó. Porque confirmó lo que había temido desde hacía semanas. No era solo miedo. Era silencio. Era castigo. Era una puerta que el consejo quería cerrar antes de que alguien más viera lo que había detrás. Uno de los hombres a la derecha se movió. El olor de su lobo llegó nítido con el viento. Joven. Nervioso. Listo para lanzarse apenas oyera la orden. Otro, más atrás, evitó mirarlo a la cara. Como si eso bastara para que lo que venían a hacer pesara menos. Él bajó un poco la cabeza. No en rendición. En cálculo. Podía pelear. Sabía exactamente cuánto tardaría el primero en caer, por dónde iba a entrar el segundo, quién dudaría medio segundo de más. Podía abrirles la garganta antes de que la lluvia terminara de correr por las hojas del roble más cercano. Podía hacerlo. Pero no saldría limpio. Y si él peleaba, si mostraba los dientes, si dejaba salir todo lo que llevaba meses manteniendo amarrado, ellos la encontrarían. Ese era el verdadero objetivo. No él. Lo que venía después de él. Apretó la mano hasta clavar las uñas en la palma. —No sabe nada —dijo—. Déjenla ir. El hombre del consejo no respondió enseguida. Dio un paso más. Las botas hundiéndose en el barro con un ruido espeso. —Eso depende de ti. El aire se le volvió más frío en los pulmones. —Ya tienen mi respuesta. —No. —Ahora sí la voz del otro salió más dura—. Lo que tienes es una oportunidad. Él giró apenas el rostro hacia la izquierda, hacia donde el bosque guardaba el latido que más le importaba. No la llamó. No podía. Ni siquiera pronunció su nombre en su mente. Era demasiado peligroso. Había oídos entrenados esa noche. Pero quiso que ella entendiera. Quiso que sintiera, aunque fuera desde lejos, lo mismo que él sentía ahora: que no había salida limpia, que el miedo ya no servía, que lo único que quedaba era resistir lo que viniera sin romperse por dentro. Las hojas altas se estremecieron. No por el viento. Por ella. El hombre del consejo lo notó. Su cabeza giró apenas, siguiendo ese murmullo mínimo. Y el cuerpo de él reaccionó antes que el pensamiento. Un paso adelante. Hombros tensos. Un gruñido bajo, vivo, escapándole del pecho. Al instante, los otros se movieron. Todo pasó rápido. Demasiado. El primer golpe vino desde la izquierda. No intentó esquivarlo. Lo recibió en el antebrazo y lanzó al hombre contra un tronco con la fuerza suficiente para partirle el aire del cuerpo. El segundo llegó por detrás; él giró y le hundió el puño en las costillas. Oyó el chasquido seco, el jadeo roto, el barro salpicando. Luego el metal. Frío. Maldito. Untado con algo que quemaba apenas tocaba la piel. La cadena se cerró en torno a su muñeca con un chispazo blanco que le trepó por el brazo. Apretó los dientes. Otro aro cayó sobre la otra mano. Un tercero le golpeó el cuello. El dolor entró como fuego líquido, bajándole por la espalda. Cayó de rodillas. El barro le mordió las piernas a través del pantalón. El sabor a hierro le llenó la boca. Levantó la cabeza a tiempo para ver a dos de ellos avanzar hacia la línea de árboles donde ella se escondía. Y entonces el bosque rugió. No como un animal. Como una cosa vieja despertando. Las ramas se agitaron de golpe. El suelo tembló bajo las raíces. Un remolino de hojas mojadas estalló entre los troncos, cegando por un momento a los lobos. Uno maldijo. Otro retrocedió con el brazo sobre la cara. El hombre del consejo miró alrededor, tenso, desconcertado. Él cerró los ojos un segundo. Ahí estaba. Ese pulso. Esa fuerza. Cruda. Inestable. Bella y feroz. No venía de él. Venía de ella. Cuando volvió a abrirlos, ya la había visto. Solo un destello entre la oscuridad. Cabello pegado por la humedad. La mano aferrada al tronco de un árbol. Los ojos enormes, clavados en él, llenos de espanto. No. No espanto. Algo peor. La certeza de que esa noche iba a arrancarle la vida en dos. —¡Ahora! —rugió el hombre del consejo. Las cadenas se tensaron. El dolor lo atravesó otra vez, más hondo, más sucio. Sintió la sangre caliente bajar por la comisura de sus labios. Sus manos temblaron. No de miedo. De impotencia. La buscó con la mirada. La encontró. Y aunque todo el cuerpo le pedía romperse, cambiar, matar, salir de allí arrancando carne y hueso si era necesario, lo único que hizo fue negar una vez con la cabeza. Pequeño. Firme. Vete. Ella no se movió. Una lágrima le cruzó la mejilla, brillante bajo la luz enferma de la luna. El pecho se le apretó tanto que por un instante no pudo respirar. Vete. Esta vez no hizo falta decirlo. El bosque volvió a moverse. Una rama baja cayó entre ellos. Uno de los lobos soltó una maldición y giró el cuerpo por reflejo. Fue un segundo. Apenas eso. Pero bastó. La figura entre los árboles desapareció. El alivio le duró menos que un latido. Luego llegó el vacío. Lo alzaron a la fuerza. Las cadenas le quemaban la piel. Cada paso dejaba un rastro oscuro en el barro. El hombre del consejo se detuvo frente a él, respirando agitado, con hojas húmedas pegadas al abrigo. —Debiste elegir mejor. Él escupió sangre a un lado. —Ya elegí. El otro lo sostuvo un segundo en silencio. Después sonrió. Una sonrisa corta. Fea. —Por eso vas a desaparecer. No respondió. No había nada que decirle a un hombre que ya había vendido el alma por obedecer. Mientras lo arrastraban fuera del claro, levantó una última vez la mirada hacia el bosque. Oscuro. Mojado. callado. Pero no vacío. Ella seguía allí, en alguna parte, huyendo entre árboles y niebla con el terror pegado a la piel y algo más latiéndole adentro. Algo que el consejo no debía tocar. Algo que quizá ni ella misma entendía aún. Apretó los dientes contra el dolor. Que me borren, pensó. Que me entierren vivo. Que me arranquen el nombre. Pero que no la encuentren. La luna quedó atrás, atrapada entre las copas negras. Y el bosque, por primera vez, no hizo nada para detenerlos.

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