Capítulo I
Annelise miró por la ventana a los nobles que defendían de sus carruajes e ingresaban al palacio; el baile de invierno de la Familia Real de Astrot era un gran acontecimiento que nadie quería perderse.
— ¡Qué fastidio! —corrió la cortina. Los bailes se habían convertido en una molestia desde que a su padre se le había metido la idea a la cabeza que Markus Gross era el candidato ideal para ella y por supuesto para el reino.
— Espero que cambies tu actitud, Annelise —comentó la Reina Caroline al entrar a la habitación de su hija—. Este baile es importante para la corona, es la forma de agradecer su lealtad hacia la corona.
— Todos los bailes son importantes —rodó los ojos, estaba cansada de esos infernales bailes en el palacio; quería algo emocionante, ser como el resto de jóvenes nobles y asistir a bailes fuera del palacio—, según sus palabras.
— Son importantes porque así conoces a los jóvenes de la nobleza —caminó a su hija mientras la miraba con frialdad.
— Ya conozco a todos los jóvenes con los que me permiten charlar y bailar; y aunque sé que no me lo han preguntado, la realidad es que todos son detestables.
— Esa no es manera de expresarte, Annelise —cuando llegó frente a su hija se irguió—, te prohibo que vuelvas a hablar de esa manera.
— Me obligan a aceptar sus atenciones, creo que lo mínimo que podrían permitirme es expresarme de la manera que desee.
— Basta, Annelise. Esta no es la manera en la que una princesa se comporta.
— ¿Sabes qué es lo que no comprendo? —ignoró la advertencia—, que no entre en sus planes comprometerme con algún Príncipe de algún Reino vecino —dió un paso hacia adelante con lentitud—, que les sea más atractivo pactar un matrimonio con algún noble insípido de nuestro Reino y no buscar una alianza matrimonial con alguien mucho más poderoso.
— ¿Qué es lo que te pasa, Annelise? —había notado un cambio en su hija; ya no aceptaba las órdenes con obediencia, había comenzado a cuestionar todas y cada una de sus decisiones.
— Me pasa que soy la única Princesa de Astrot, la joya más preciada de la corona; sin embargo ustedes me consideran un peón que mueven según su conveniencia —dirigió su mirada a los ojos desorbitados de su madre—, aquí el problema es que no tienen ambición, pretenden arreglar un matrimonio con un simplón como Markus Gross, un hombre que claramente no está a mi nivel.
— ¿Podrías dejar de dramatizar?, eres la Princesa de Astrot y vives como tal, no te conviertes en nuestro peón por la elección que se hará sobre tu matrimonio, es algo que sabías que tarde o temprano pasaría.
— Jamás tuve problema por el matrimonio, sé que es mi deber, que no puedo acceder al poder, ni al trono sin casarme; mi molestia es porque me obligan a soportar a Markus Gross y a otros detestables nobles que no hablan más que de ellos mismos, que no ofrecen nada valioso para el Reino.
— Basta, Annelise —la detuvo la Reina Caroline cansada de su actitud—, las cosas no cambiarán por más que lo desees, cumplirás lo que te ordenamos.
— Yo me encargaré de que cambien, madre —se irguió altiva y caminó hasta la puerta.
— ¿Es una advertencia? —¿quién podía cambiar tanto en tan poco tiempo?, si no la conociera pensaría que siempre había sido así, que no era más que una princesa caprichosa con aires de grandeza.
— Yo no advierto, madre —se detuvo y se giró para mirarla—, yo actúo —y salió de la habitación con altivez. Esa noche sería distinta, se prometió. No volvería a acatar órdenes sin cuestionarlas. No pensaba inclinar su cabeza, ni hacer reverencia a esos detestables nobles. Eran ellos quienes debían buscar su favor con desesperación, porque ella era la princesa, y comenzaría a actuar como tal.
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Al entrar al salón miró con aburrimiento a todos los presentes, detestaba estar ahí, rodeada de las mismas personas. Necesitaba emoción, algo distinto que pusiera su mundo de cabeza.
— Su alteza —Markus se colocó frente a Annelise con una amplia sonrisa en su rostro.
— General, Gross —sintió el impulso de inclinar la cabeza pero lo detuvo de inmediato, al parecer mantener su promesa de no mostrarse complacida sería mucho más difícil de lo que imaginó.
— Espero que tenga espacio en su tarjeta de baile de ésta noche —dió un paso hacia ella—, porque me gustaría pedirle dos bailes.
— Me temo que no será posible —quiso sonreír al ver que la sonrisa de Markus desaparecía y su seguridad flaqueaba—, esta noche no pretendo bailar con usted.
— ¿He hecho algo que la ofendió? —apretó la mandíbula, ¿cómo se atrevía a rechazarlo?, dudaba que Annelise no estuviera al tanto de la posible unión entre ellos.
«Existir», apretó sus labios para no dejar salir esa palabra.
— Realmente no debo darle ninguna clase de explicación, General —lo miró con molestia.
— No era una explicación lo que pedía, alteza.
— Eso espero, no deseo ser cuestionada de nuevo por usted, no lo olvide —se irguió y lo miró con altivez—, soy la Princesa de Astrot.
Markus Gross retrocedió, esa actitud era nueva, ¿qué había pasado para que ella cambiara tanto de un momento a otro.
— Retírese —ordenó con voz firme.
Markus la miró con sorpresa. Tenía que hablar con el Rey con urgencia, nadie deseaba casarse con una mujer así. Con esa actitud reinar sería un verdadero infierno.
— Annelise —la Reina Caroline tomó el brazo de su hija y la sacó del salón de baile. Podía soportar las quejas de su hija, pero no que tomara esa actitud con los nobles y miembros importantes del Reino.
— Temo que has llamado la atención de todo el salón de baile, madre.
— Eso es lo que menos me importa, tu actitud será mucho más escandalosa que mi arrebato si permito que sigas así.
— No he hecho nada, soy la Princesa de Astrot, incluso los nobles de más bajo rango se comportan altivos frente aquellos que tienen una posición inferior.
— Basta, Annelise, ésto no es un juego. Si querías hacerme enfadar, lo has logrado, ahora detente.
— ¿Por qué me detendría?, no he hecho nada.
— No es la manera de tratar a General Gross.
— Lo que ocurre es que no soporto al General Gross, hice lo necesario para quitármelo de encima.
— ¿Qué es lo que quieres para comportarte sensata?
Annelise sonrió con diversión al escuchar a su madre, cruzó los brazos sobre su pecho y se inclinó hacia adelante.
— Quiero un matrimonio que esté a mi altura, no quiero casarme con un hombre como Markus Gross. Quiero un matrimonio con un Príncipe de un Reino vecino.
— Ser Princesa de Astrot te hace vulnerable, Annelise. Pensar en una alianza matrimonial con otro Reino nos pone en desventaja porque no sabemos acerca de sus ambiciones. Supongo que tu loca cabecita no se detuvo a pensar que pueden terminar con tu vida después del matrimonio, ¿verdad?
— ¿Y contraer matrimonio con alguien del Reino me libra de esa posibilidad? —se inclinó hacia su madre—. Nuestros aliados también son codiciosos, en especial Gross.
— Tu padre confía en él, es inteligente y un excelente estratega.
— Es detestable, simple, codicioso,narcisista, insoportable, egoísta, nefasto, y egocéntrico.
— Markus Gross, es brillante —comentó con la mandíbula apretada.
— Supongo que puedo darle el punto de inteligencia, después de todo se ganó el favor de papá —encogió sus hombros.
— Basta, Annelise.
— Lo mejor será que no consideren a ese mentecato como mi prometido, porque no lo permitiré —rechinó los dientes—, estoy segura de que su ese ambicioso logra hacerse con mi Reino será un verdadero tirano.
— El General Gross es aliado de la corona, ha liderado batallas en las fronteras, ha controlado disturbios en el Reino, está al pendiente de todo lo que tiene que ver con el Reino, él es el candidato ideal para tí, y no permitiremos que un capricho tuyo arruine la relación que mantenemos con el General.
Annelise miró a su madre incrédula, era clara su postura, valoraban más a ese odioso de Gross que a ella que era su hija.
— Entonces lamento decepcionarlos, porque no pienso seguir cediendo, madre.
Caminó hasta la entrada del salón, pero su madre la detuvo tomándola de la mano.
— Te prohibo que asistas a éste baile, nadie echará de menos a la Princesa de Astrot.
Ese comentario la hizo enfurecer, realmente no deseaba asistir a ese baile, pero ya no estaba dispuesta a seguir órdenes, así que se liberó del agarre de su madre, sonrió e ingresó al salón de baile.
Una dulce melodía comenzó a sonar, invitando a las parejas a situarse en el centro para comenzar a danzar. Las miró con añoranza, esa emoción de conocer nuevas personas era algo que jamás había experimentado, siempre la rodeaban las mismas personas, sus padres se habían encargado de eso. Caminó hacia la salida a uno de los balcones y salió, el frío la hizo estremecer, pero prefería estar ahí fuera que dentro.
— ¡Qué hermoso! —susurró embelesada al ver el jardín cubierto de nieve.
Frotó sus brazos con insistencia buscando calentarse un poco.
— Debí subir a mi habitación —negó con la cabeza.
De unos meses a la fecha había comenzado a sentirse hastiada de todo y actuar por impulso, lo cual detestaba, pues se había percatado que pocas veces era sensata y tomaba decisiones que realmente la beneficiaban, sin embargo, no podía dejar de hacerlo, las emociones habían ganado muchas batallas a la razón.
— En eso tienes razón, Princesa.
Annelise se estremeció al escuchar una voz masculina y grave detrás de ella. Al girarse se encontró con un hombre vestido de n***o. En ese momento el salón de baile estalló en gritos desesperados. Dirigió su mirada aterrada a la puerta que permitía la entrada al salón de baile.
No podía hacer nada por todos los que se encontraban en el interior, sólo podía pensar en salvarse a sí misma, si es que eso era posible. Sin retirar la vista del hombre que la miraba con aparente diversión y repulsión retrocedió para alejarse.
Su respiración se aceleró, su corazón incrementó su palpitar, su cuerpo comenzó a temblar y sus piernas le fallaron haciéndola caer. El hombre delante de ella soltó una carcajada y avanzó lentamente hacia ella.