— Suéltame —susurró sin fuerzas—, no quiero que me toques, Christoph. — Lamento todo lo que pasó —retiró sus manos de ella, y completó—, de verdad. — No quiero tu falsas disculpas. Sé que disfrutas ésto —se estremeció, y se puso de pie. — ¿A dónde crees que vas? —intentó tomar su brazo para detenerla, pero ella de inmediato se apartó. — Es demasiado tarde para mis padres —comentó con rencor—, volveré al palacio. — Te acompaño —se colocó a su lado para conducirla. — No deseo tu compañía, te quiero fuera de mi vista… fuera de mi vida. Te odio. Caminó dejándolo atrás. Sentía que su cabeza daba vueltas, las lágrimas volvían a correr por sus mejillas, sentía que sus piernas no aguantaría su peso por mucho tiempo. Sin embargo se mantuvo firme y caminó por la plaza. >. De manera

