Una oferta "sencilla"

3918 Palabras
POV Kasia Nowak —Ahí viene el ogro —murmura exasperada Adi, mi compañera de turno—. Encárgate tú. Palmea mi hombro y se aleja. Ni siquiera levanto la mirada para saber de quién se trata. Me mantengo imperturbable haciendo mi trabajo. —Dame una cerveza, muchacha. —ordena el viejo George con el mismo tono antipático de siempre sentándose muy cómodo en el taburete frente a la barra—. Que… —Que esté bien fría, ya lo sé. —replico en el mismo tono. Y eso basta para que uno de los clientes más fieles de este bar, me otorgue una leve sonrisa. Me doy la vuelta y comienzo a trabajar para ofrecerle lo que me ha pedido, ocultando la sonrisa que amenaza con aparecer en mis labios. De todos los clientes que vienen a este bar, el viejo George es el único que me cae bien. No sé si se debe a su antipática actitud que de cierto modo iguala a la mía o que es tan distante como yo. Pero algo ocurrió la noche que comencé a trabajar en este bar que causó que ahora nos llevemos relativamente bien. Adi no soporta atenderlo. George no la soporta a ella. «Supongo que están a mano, ¿no?» —Cerveza bien fría —digo tajante al tiempo que pongo la botella con un golpe firme contra la barra—. ¿Día difícil? Comienzo a secar los vasos de cristal, oyéndolo resoplar. —Día de mierda, muchacha —espeta. Y para dar el tema por cerrado, levanta la botella para darle un largo trago a su cerveza. Siempre es la misma interacción, siempre es la misma pregunta y siempre es la misma respuesta. Creo que por eso nos sentimos cómodos en esta extraña “relación”. Cuando él se sacie, me hará la misma pregunta y yo le daré la misma respuesta. Y así será mañana y después de mañana. Llevamos un año en esto, me pregunto qué tanto podrá soportar su cuerpo antes de colapsar por beber cada noche sin descanso. Por increíble que parezca, no se va borracho, pero dudo que tres cervezas cada noche antes de dormir aporten algo bueno a su salud. Continuo con mi trabajo, pero con la mirada paseándose por el bar. Secar los vasos, ordenarlos y estar atenta por si se presenta alguna pelea, es algo que se me da muy bien. Normalmente, el caos reina en este lugar los fines de semana, especialmente los sábados. Pero del resto, las noches en este bar suelen ser… más tranquilas. Lo cual sin duda es una desgracia para mí, porque son pocos los que dejan propina y los que suelen dejar una muy buena, aparecen los viernes y sábados. Son mis noches preferidas, pero también las más estresantes. Hoy, sábado, es una de esas noches. Adi dice que la estresada soy yo, porque ella realmente se divierte cuando el bar está en su pico más alto. Claro, por supuesto, que lo disfruta porque coquetea con cuanto hombre se sienta frente a la barra a pedirnos cervezas. No sé si se divierte más allá de una sonrisa coqueta, lo cual no sería mi problema, pero si me lo llegara a preguntar un día, es algo que reprobaría por completo. No soy una santa paloma, pero no le veo nada de atractivo acostarse con hombres oliendo a cerveza. Y aunque no olieran a eso, ¿cómo divertirme si tengo una enorme responsabilidad sobre mis hombros? «Tengo veinticuatro años, pero me siento de treinta». A veces quisiera solo correr lejos de aquí, pero no para alejarme de lo que tengo aquí, sino para liberar todo lo que retengo. A veces me siento culpable por querer hacer eso, porque de verdad amo demasiado a mi hermana y a mi sobrino como para abandonarlos y cometer semejante locura, pero solo quiero un respiro. Uno que no tengo desde que Dorothy enfermó, uno que comencé a ver más lejos cuando se embarazó. Uno que creo imposible desde que llegó a nuestras vidas el pequeño Roy. El golpe seco de la botella impactando contra la barra me saca de mis cavilaciones. Sin que me la pida, sin que me mire, dejo lo que estoy haciendo y voy por otra cerveza. Me agacho un poco para alcanzar una de las últimas. Siempre son las más frías. Soy rápida y en menos de dos minutos, nuestro fiel cliente ya tiene su segunda cerveza lista para tomar y aquí la dinámica cambia un poco. Me acerco al tarro de frutos secos y se lo dejo al lado de la botella. Para cuando lo miro a la cara, ya me está sonriendo de lado con esa mirada pícara que seguramente en su juventud aflojó más de un par de piernas. —¡Hey, Kas! —exclama otro cliente fiel, acompañado de tres más—. Danos cuatro Lagers rubias. —Me guiña el ojo. Sin asentir, sin responder. Solo les doy una mirada rápida al grupo y me pongo manos a la obra. Ellos se enfrascan en su conversación mientras yo les sirvo cada cerveza en el tarro de cristal. Menos de cinco minutos pasan y las cuatro Lagers ya están en las manos de cada uno de ellos. Vuelvo a lo que estaba haciendo, cayéndome del sueño por dentro, pero obligándome a mantenerme en pie. Y todo gracias al pequeño Roy que le dio por no dormirse hasta casi las tres de la mañana. Sé que pude haberlo dejado con Dorothy, sé que pude haberme quedado dormida e ignorar su llanto, al igual que la suave canción de cuna que mi hermana le susurraba, pero simplemente no pude. No puedo, no me nace hacerlo a pesar del enorme cansancio que atravesaré la siguiente noche al trabajar. Y esta es una de las razones por las cuales Adi me llama amargada, pero lo que realmente sucede es que ella no sabe lo que enfrento día a día en casa. Tener una hermana enferma que necesita con urgencia un trasplante, no es fácil. Hacerse cargo del pan de cada día, junto con todos los gastos médicos —que poco puedo cubrir con mis propinas y sueldo— no es fácil. Ser la responsable de un bebé de tres meses, no es nada fácil. Y hacer todo eso al mismo tiempo, mientras salgo a trabajar cada noche hasta al amanecer en un bar bastante corriente de la ciudad, no es para nada fácil. Entro a este bar a las seis de la tarde y salgo a las seis de la mañana del otro día. Lidio con cada tipo de hombre en este lugar. Desde los más amables hasta los más nefastos. Desde los más pícaros hasta los más sádicos. Uno solo como el viejo George y al menos veinte como el imbécil que se está peleando en la mesa número cinco. —¡Hey, idiota! —le grita Mark desde la mesa donde está sentado, con dos mujeres muy cariñosas de lado a lado—. ¿Te calmas o te calmo? Observo el arma que le muestra al borracho de la mesa cinco y esto basta para que se aquiete. Continuo indiferente a la leve tensión que ahora hay en el aire porque ya estoy acostumbrada a ella. Nunca he visto a Mark usar su arma desde que estoy trabajando en este bar, pero no significa que no lo vaya a hacer un día. Al final, es su negocio y el arma es legal. Si desea hacerlo para controlar a la multitud cuando se vuelve loca gracias al alcohol, supongo que no lo pensará dos veces. Veo el viejo reloj en la columna cerca del final de la barra y tomo aire con calma. Apenas son las nueve de la noche, apenas comenzarán a llegar más clientes y sé que, dentro de poco, no estaré aquí secando los vasos. Estaré moviéndome por toda la barra sirviendo tragos y hasta tendré que salir a atender las mesas si Mark me lo ordena. Al menos mañana es domingo y tengo permitido dormir hasta que la responsabilidad en casa me despierte. El golpe seco me alerta y me muevo dispuesta a servirle la tercera cerveza. Quince minutos después, el viejo George se levanta del taburete. No me llama, no me mira, simplemente deja el billete de veinte dólares sobre la barra y se marcha satisfecho por mi excelente servicio. Gracias a él, ya tengo ciento veinte dólares reunidos. Me acerco a recoger mi propina y para cuando la estoy guardando en el bolsillo de mi chaqueta, siento el leve codazo que Adi me da. —Tienes un enorme talento para soportar a los amargados como George. —Solo es un hombre solitario —Es lo único que puedo decir, porque es lo único que sé de él—. Quizás es viudo y solo extraña a su esposa, ¿no crees? —O quizás tú le recuerdas a ella y por eso viene aquí a deleitarse en tu presencia, ¿no lo crees? Volteo a mirarla mal, bastante mal. —¿Acaso insinúas que el viejo George viene aquí a fantasear con mi cara? Adi se encoge de hombros, pero cuando está por abrir la boca, me alejo para atender el hombre rubio que ha pedido su whisky seco de siempre. Comienzo a servirlo sin mirar a mi compañera y para cuando se lo entrego, ella se me acerca otra vez. —Quizás si sea solo un anciano solitario —murmura divertida, pero yo no tengo ánimos de reírme—. Oh… el mismo cliente misterioso entrando por la puerta. Lo que sus palabras me hacen sentir, es extraño. Pero logro enterrar esa maldita sensación muy dentro de mí. Desde que ese hombre ha aparecido por aquí, siento un cosquilleo en la nuca demasiado tétrico para mi gusto. He notado su mirada inquisitiva sobre mí, me doy cuenta de su actitud misteriosa, pero me he estado manteniendo al margen. —Ni modo que va a entrar por la ventana, Adi. —bromeo. Es mejor actuar con naturalidad. La mirada que me lanza sí me hace reír. Mi compañera se peina, busca lucir representable para el cliente que ha estado viniendo algunos sábados atrás a tomarse una cerveza en silencio para luego largarse dejando una jugosa propina a mi compañera. La dejo en su burbuja de chica alegre y sigo enfocada en lo mío. Pero lo hago observando la persona que viene detrás del recién llegado. Eso sin duda llama mi atención porque es la primera noche que lo veo llegar acompañado. No dejo de observarla. Me pregunto que hace una mujer tan elegante como ella en esta clase de bar. A leguas se nota que es la clase de mujer que va los domingos al club campestre de los que sus padres son miembros. A leguas se nota que desentona por completo de nosotros. La mirada nerviosa que tiene no pasa desapercibida para mí. «¿Acaso está asustada?». El hombre alto, sumamente alto, que parece ser su esposo o novio, la invita a tomar asiento del lado derecho de la barra, pero ella al darse cuenta de los hombres que están sentados hablando bastante eufóricos del partido que anoche presenciaron en TV nacional, se niega. Su mirada se desliza justo al lado izquierdo y cuando se posa en mí, me obligo a darle una leve sonrisa para que se sienta bienvenida. Si no lo hago, Mark me lo reclamará. Ya he notado de reojo que está mirando con ese brillo ambicioso en los ojos a los recién llegados. Para mí, son turistas y están conociendo la zona y por lo mismo no saben que este bar es el más bajo de la lista de “buenos bares” de este lado de la ciudad. No tengo otra explicación. El hombre que Adi ansia atender invita a su acompañante a avanzar, como todo un caballero, y para cuando la tengo a pocos metros de la barra, que las luces logran iluminar un poco más su rostro, me doy cuenta de lo hermosa y elegante que es. Su cabello castaño cobrizo se ve sumamente saludable, su rostro parece ser la imagen de alguna marca de cuidado de la piel. Sus ojos grises son preciosos y el maquillaje que tiene, a pesar de no ser cargado, le brindan una belleza irreal. Y ni hablar del conjunto n***o de alta costura que lleva puesto. —Hola —sonríe nerviosa al tiempo que se sienta sobre el taburete—. Me encantaría tomar un Espresso Martini, por favor. Le mantengo la leve sonrisa en los labios pensando que carajos es lo que acaba de pedir. Volteo hacia atrás para mirar la cantidad de botellas de whisky, ron barato y tequila de baja categoría que hay disponibles y vuelvo a mirarla a ella. —Lo lamento —le otorgo una mirada rápida al hombre alto a su lado—. Aquí no vendemos eso. El hombre se inclina y le dice algo al oído, ella asiente y noto como las mejillas se le ruborizan un poco. —Entonces dame la mejor cerveza que tengas. «Ok… eso es peor». Asiento y me apresuro a atenderla porque he notado la mirada de mi querido jefe sobre mí. Escojo el vaso más delicado y fino para servirle la cerveza en un intento de hacerla sentir cómoda. La oigo decirle al hombre que la acompaña que le pida lo que quiera a la otra chica mientras ella espera por su bebida. No sé qué ocurre, pero parece como si ella solo deseara estar sola. Le dejo la cerveza con cuidado y no como de costumbre a todos los hombres que suelo atender cada noche. La mujer elegante me sonríe aceptándola. —Disfrútala. —Es todo lo que le digo. Y no me muevo de mi lugar porque me resulta curiosa su presencia en este bar. Solo le doy un poco de privacidad, deslizando la mirada hacia Adi. Como siempre, ella está muy sonriente, coqueta y encantadora. El hombre parece cómodo con la buena atención que está teniendo por parte de la morena, pero con sus ojos saltando hacia la mujer que estoy atendiendo yo. Es como si se hablaran a través de la mente, como si la complicidad que se cargan los hiciera hablar a través de gestos y miradas. ¿Son esposos? Aunque sería ilógico porque él está del otro lado mirando mucho también a Adi. «Si mi esposo mirara de esa manera a otra mujer, le saco los ojos. Definitivamente, lo dejo ciego». ¿Será que tienen una especie de relación abierta? Eso sí sería lo más lógico. La leve tos que deja salir me saca de mis pensamientos y la veo. Tiene el ceño fruncido, la cara roja y un gesto de desagrado que no me resulta ofensivo. Es obvio que la “mejor cerveza” le causaría eso a quien pidió un Espresso Martini en un bar de mala muerte como si estuviera en el más fino de la ciudad. —Ten. —Le ofrezco el vaso de agua y por supuesto, lo acepta—. ¿Estás bien? Sigue tomando, tomando y tomando. Para cuando no hay nada de agua en el vaso, asiente apenada. —Gracias —me otorga una leve sonrisa—. Lo siento, no la tomaré, pero prometo pagarla. —Tranquila, no necesitas hacer eso. Va por la casa. —Le guiño el ojo. No sé qué más ofrecerle, que más hacer. Ella se queda en silencio, así que miro hacia dónde está Mark. Y por supuesto que me hace un gesto con la mano para que interactúe con la mujer de acaudalada apariencia con tal de que consuma algo más. «Si supiera que la cerveza la pagaré yo». Resignada y bajo presión, me inclino un poco sobre la barra dispuesta a conversar. —¿Eres nueva por aquí? —De hecho, no —ella también se pone cómoda—. Soy canadiense y he vivido en Montreal toda mi vida. Ahora, si por aquí te refieres a la zona, pues sí. Primera vez que vengo a esta parte de la ciudad. La carcajada fresca de Adi llama nuestra atención. Enarco la ceja al ver a su acompañante bastante cómodo sobre la barra, sonriéndole a mi compañera. —Tu esposo se ve bastante conversador, ¿no? —No es mi esposo. «Carajo, lo dije en voz alta». Dirijo la mirada hacia ella con una sonrisa bastante exagerada por los nervios y por mi lengua suelta. —Es mi guardaespaldas —aclara fijando sus ojos en él y yo solo asiento—. Y sí. Es bastante conversador cuando está trabajando. La curiosidad me puede y veo a su guardaespaldas justo cuando él, con una leve sonrisa, niega mirándola a ella. Es un pequeño gesto, pero logro darme cuenta. —Lo siento, yo… —Tranquila, mejor cuéntame de ti —afinca sus codos sobre la barra con suma elegancia, volviéndome a ver. «¿Qué se supone que le debo decir?». —¿Qué hace una chica tan hermosa como tú, trabajando en este lugar tan… rústico? «Rústico sería la última palabra que usaría para describir este bar». —Me encantaría estar en uno menos… rústico, pero es lo que hay. —Mi respuesta seca la deja en silencio. Pero mentira no es, porque me he cansado de buscar empleo en uno donde no deba pasar doce horas de pie, desvelarme y lidiar con hombres borrachos y un jefe bastante machista, cada noche, pero las personas como yo que no tienen estudios básicos, ni universitarios, mucho menos la experiencia que va más allá de servir tragos en un bar, no podemos aspirar demasiado. Hasta para limpiar pisos en una empresa regular, solicitan un grado básico de estudios, los cuales no tengo. Este es el único trabajo que he tenido desde hace 1 año cuando tomé las riendas de la casa debido a la enfermedad de mi hermana y ahora no conozco otra cosa en mi vida que no sea trabajar de noche y dormir lo más que pueda durante el día. —Y si te dijera que puedo pagarte una cifra muy alta por un trabajo más fácil y rápido, ¿accederías? Me quedo perpleja al oírla. Su tono de voz ha cambiado, incluso no parece la mujer nerviosa de hace unos segundos. La seguridad en ella emana y eso sin duda me eriza los vellos de la nuca. Ya no le sonrío como hace un momento, pero la curiosidad me gana. —¿Y qué sería eso que hará que me des una cifra muy alta por algo más fácil? —Incluso me río porque me parece un chiste su oferta—. No sé quién eres, no sé tu nombre, ¿qué te hace pensar que aceptaré la oferta de una total desconocida? —Porque esta desconocida te conoce más de lo que crees. El corazón me salta con fuerza dentro del pecho y de repente todo a mi alrededor deja de tener relevancia para mí. No sonrío, no puedo hacerlo, porque estoy tan desconcertada como aterrada, por lo que esta mujer me acaba de soltar sin rodeos. —Y sé que estás cansada de este trabajo mediocre —continúa con una seguridad aplastante—. Sé que eres un poco ambiciosa, que deseas algo mejor y sé muy bien que en casa te espera tu hermana enferma junto con su pequeño bebé a quien deseas darle lo mejor también, ¿verdad? Me siento fría, la cabeza me da vueltas, pero las ganas de mandarla al carajo las tengo en la punta de la lengua. Es solo que no me salen las palabras. —No me mires así, que realmente soy una buena persona —prosigue, incluso se oye nuevamente como al comienzo, como si eso le quitara peso a lo que me acaba de decir—. No te voy a negar que mi guardaespaldas te ha estado observando desde hace varias semanas y cuando ayer supe la terrible situación de tu hermana, me bastó para tomar la decisión de venir esta noche a presentarme ante ti. ¿Pero cómo puede decirme abiertamente que me ha estado vigilando? ¿Cómo cree que es buena idea usar la enfermedad de mi hermana para ofrecerme lo que sea que tenga en mente? —La oferta es sencilla e imposible de rechazar. —declara, bajándose del taburete al ver que sigo en silencio al tiempo que saca un papel del bolsillo de su pantalón. La verdad, estoy estupefacta—. Seduce a mi esposo al punto de enviciarlo de ti, al punto de hacerlo cometer traición, al punto de llevarlo a la cama y enamorarlo si te da la gana. Hazlo y esta cantidad de dinero será tuya al finalizar el trabajo. Bajo la mirada al papel y siento que el aire se me atora en los pulmones al ver la cantidad exorbitante escrita. —Y como incentivo, prometo ayudarte en buscar un donador para tu hermana —vuelvo a mirarla con un nudo en la garganta—. Soy una mujer muy influyente en la ciudad, mi apellido tiene peso. También soy abogada y si accedes, todo este trato quedará por escrito, cerrado con tu firma y la mía. Dos hombres llegan a la barra y me piden cuatro cervezas, pero ni eso me logra sacar de mi estado de shock. La mujer mira a su acompañante y eso basta para que él deje una buena cantidad de billetes sobre la barra bajo la atenta mirada de Adi. Cuando se acerca a la mujer, esta le dice algo en un idioma que no entiendo. El hombre asiente, se inclina hacia mí, volviéndose una pared humana para que Mark no logre ver lo que sucede aquí. Deja caer su mano enguantada sobre la superficie de la barra, señalando la mía con un gesto de cabeza. Temblando, sin medir las consecuencias, acato y dejo mi mano temblorosa sobre la suya. Veo que se lleva la otra mano al bolsillo de su abrigo y para cuando la pone sobre la mía, siento como el cuerpo entero se me crispa. —Por el excelente servicio que le has dado a mi señora. Ahora, deja de mirarme así y guárdalos antes de que tu jefe se dé cuenta y venga a quitártelos. No lo pienso demasiado. Aparto la mano apretando el pequeño rollo con muchísima fuerza. Lo guardo en el bolsillo de mi chaqueta y me enderezo viendo a la mujer que ahora se acerca. —No necesitas darme una respuesta ahora, pero en cuanto la tengas, dale la vuelta al papel. Ahí está mi número, Kasia Nowak. El cuerpo entero se me estremece al oírla pronunciar mi nombre, como si me conociera de verdad, como si fuésemos viejas amigas, como si lo que acaba de ofrecerme es lo más normal del mundo. «Ella quiere que me acueste con su esposo, ¿de verdad me está pidiendo hacer semejante locura?». Ambos se dan la vuelta y se alejan de la barra dispuestos a largarse de aquí. Los dos hombres que esperan a que los atiendan parecen darse cuenta de que estoy en shock porque me preguntan si estoy bien. —Sí… —Salgo de mi estupor—. Disculpen, ya les entrego sus cervezas. Agarro el papel y simplemente lo guardo en el bolsillo de mi chaqueta junto con la exagerada propina que me ha dado su guardaespaldas.
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