Maldito agradecimiento

3841 Palabras
Llego a casa cuando el reloj marca casi las ocho de la mañana. Estoy muerta del cansancio, los pies me duelen una barbaridad. Siento que camino en cámara lenta, pero para cuando el olor a café inunda mis fosas nasales, siento que el alma me vuelve al cuerpo. Dejo sobre el sofá mi bolso y avanzo rápido hacia la cocina dispuesta a servirme una taza. La pequeña cafetera sigue encendida, el silencio reina en toda la pequeña sala y cocina. Lo que no me extraña, porque Dorothy suele despertarse a las seis a darle de comer al pequeño Roy. Para cuando se queda dormido, ella se levanta a hacerme el desayuno junto con el café para que coma algo antes de tirarme en la cama a dormir hasta que pueda. Me he cansado de decirle que no tiene que hacerlo, que cuando Roy se duerma, que ella aproveche y lo haga también, pero supongo que es su manera de agradecerme por salir cada noche a trabajar por los tres. Levanto el paño desgastado que cubre el plato y sonrío al ver los pancakes en forma de corazón que me ha preparado. Sabe lo mucho que me gustan, pero que los siga haciendo de esta forma como si fuese la misma niña que era cuando estábamos en el orfanato me causa un poco de risa y pena. Apago la cafetera y me sirvo el café. Con plato y taza en mano me acerco a la pequeña mesa con solo dos sillas y me siento en silencio dispuesta a desayunar. Los pequeños pancakes untados con un poco de mantequilla realmente no se ven apetitosas, pero al menos es comida. No gano lo suficiente como para comprar tocino, algunas frutas o un jarabe de maple, pero no me acuesto sin comer y eso es lo importante. Acerco la taza humeante a mis labios, con mis ojos fijos en el viejo refrigerador que aún no logro suplantar. El pecho se me oprime un poco al pensar que jamás podré hacerlo. Así como no podré reparar la ventana rota frente a mí, o cambiar la tubería del lavaplatos que no deja de gotear y es la razón por la cual debemos poner un tarro debajo para evitar que se haga un desastre. Tal vez nunca pueda comprar una mesa más grande para poder desayunar o quizás una silla de bebés para Roy para cuando ya pueda comer. Lo cual sin duda me preocupa el triple, porque para cuando pueda ingerir alimentos sólidos, ¿qué se supone que le daré? ¿Qué le comparé? Según todo lo que he leído en internet, los bebés deben tener una sana alimentación a base de frutas, verduras y todo eso que jamás he comprado para nosotras porque el dinero me alcanza solo para lo básico. Me paso las manos por la cara sin dejar de masticar el frío pancakes. —El plan era hacerte tres para que quedaras satisfecha, pero la mezcla alcanzó solo para hacerte esos dos —dice detrás de mí y me volteo a verla. —No te preocupes, con dos es suficiente —le sonrío—. ¿Qué haces despierta a esta hora? Dorothy rueda la silla frente a mí con sumo cuidado para no hacer ruido. —Ya sabes… el dolor, hoy quiso hacer más travesuras que ayer. —Anoche, tuve buenas propias —le cuento, ignorando la razón. Aunque realmente no la he contado, a leguas se ve que es una buena cantidad—. Más tarde saldré a comprar la comida de la semana y podré comprarte la medicina para el dolor. Dorothy extiende su mano sobre la mesa para que se la tome y no dudo en hacerlo. Para cuando nuestras manos se entrelazan, siento su piel seca un poco fría. Se siente mal, de eso no hay duda. Y es que realmente se ve mal. Está sumamente pálida, hinchada debido a la retención de líquidos. Cada día deja de ser la Dorothy que era hace un año cuando todo se volvió un desastre. —Gracias, Kas —musita. —Ve a dormir, yo estoy bien —sé que solo vino a asegurarse si su hermanita llegó entera a casa—. Duerme, lo necesitas. —Tú también duerme, por favor… —No me lo ordena, me lo pide—. Y no olvides… —Darme una ducha, lo sé. —Te amo, Kas —se levanta de la silla soltando mi mano—. Gracias por todo lo que haces por mí y por Roy. Cierro los ojos al sentir la caricia en mi cabeza. —Te amo, Dorothy… —Volteo a verla salir de la cocina—. Si necesitas algo, no dudes en despertarme. Me levanta el pulgar sin voltear a mirarme. Para cuando desaparece ante mí, dejo salir un suspiro bastante largo. Cuando supimos lo que padecía, aprendimos a convivir con el diagnóstico. No fue fácil para ella después de ser una mujer sumamente activa y fiestera a pesar de ser la responsable de mi vida. Poco a poco los dolores fueron haciendo de las suyas y para cuando tuvo la primera crisis, la obligué a quedarse en casa. Pero todo empeoró cuando quedó embarazada. Y el parto sin duda marcó una cuenta regresiva para las dos. Estaba mal, se estaba volviendo loca encerrada en casa. Una noche, simplemente… ella salió de fiesta y no volvió a casa hasta el lunes en la mañana. Dos meses después supimos de la existencia del bebé en su vientre, lo cual fue una noticia dulce y amarga. Amamos a Roy. Lo amamos con todas nuestras fuerzas, pero de las dos, soy yo quien jamás romantizará lo que sucedió. Vivimos del carajo. Somos huérfanas, no tenemos a nadie, jamás hemos tenido familia. Siempre nos hemos tenido a las dos de la misma manera que siempre hemos pasado trabajo desde que salimos de ese orfanato. Soy de las que se quita el antojo más simple con tal de que a Roy no le haga falta nada, pero todavía me pregunto cómo es que Dorothy se le ocurrió follar sin condón con un desconocido sabiendo la vida que nos tocó. Me siento del carajo al seguir cuestionando lo que ya es parte del pasado. Dejo mis pensamientos a un lado y me apresuro a terminar de desayunar para irme a mi habitación a descansar. Cierro la puerta de mi habitación con cuidado de no hacer ruido sosteniendo mi bolso. Avanzo con la misma prudencia, porque gracias a la madera desgastada del suelo, esta tiende a recordarnos lo que podremos pagar en un alquiler. Dejo mi bolso sobre la cama y comienzo a desvestirme con sumo cuidado para darme una ducha antes de sentarme sobre el colchón a contar toda mi propina. Desnuda y dispuesta a quitarme el olor a nicotina y cerveza barata de encima, entro al pequeño baño a darme una ducha bastante fría. Casi media hora después, ya estoy sentada sobre la cama, temblando del frío mientras abro mi bolso para comenzar a contar el dinero que anoche me gané. Los dientes me castañean y siento que me voy a romper si no logro controlarme. Me pregunto que se sentirá darse una ducha de agua tibia en una enorme tina, con el agua aromatizada y velas a mi alrededor. Son cosas que nunca sabré por la vida que tengo, de eso no hay duda. Acomodo billete por billete de mayor a menor, dejando de último ese pequeño rollo que diferencié con la nota que esa mujer me dejó. En total de propinas normales, casi ciento cincuenta dólares. No me alegro ni me entristezco porque estoy en la medida de lo que suelo hacer un sábado en la noche. Lo más que he logrado en el año que llevo trabajando en el bar, son doscientos veinte dólares. Y al menos la mitad, se me va en medicinas y pañales. Estiro la mano y abro el pequeño cajón que tengo al lado de la cama y saco la lata de frijoles que me acompaña como “caja fuerte” Dejo caer las propias que me he ganado cada día desde que la semana comenzó. Cada una está enrollada con un pequeño papel que tiene escrito la cantidad. Para cuando sumo todo, incluso mi propio sueldo, tengo casi trescientos cincuenta dólares disponibles para comprar comida, pañales y la medicina para Dorothy. Dejo todo a un lado y voy por el dinero que está enrollado junto con la nota. El corazón me salta al darme cuenta que hay más de diez billetes de cien dólares. Hago un conteo rápido y siento que el aire me falta al ver que son más de veinte. Las manos me tiemblan, sonrío como idiota, porque la verdad, primera vez en mi vida, tengo tanto efectivo en las manos que sea mío, pero no dejo de sentirme extraña, retada, incluso probada por esa mujer. —Dios… más de cuatro mil… —Suelto los billetes. Me alejo del dinero, me levanto de la cama. Esto es demasiado que procesar. ¿Quiénes son? ¿Por qué quieren que sea yo la que haga precisamente eso? ¿Cómo esa mujer puede contratar a otra para que se acueste con su esposo? ¿Y si vuelve dispuesta a quitarme el dinero? El sueño se me ha quitado, el cansancio se ha esfumado de mí. Su guardaespaldas me dejó esto como propina, una sin duda muy ridícula, pero lo hizo. Necesito ser inteligente, necesito pensar, necesito actuar rápido. La adrenalina se apodera de mí y comienzo a vestirme apresurada sin pensar demasiado en combinar las pocas prendas que tengo. Un jean desgastado, una camiseta. Me calzo los mismos tenis y agarro mi bolso y comienzo a guardar el dinero en partes diferentes como si me quemaran las manos. Casi diez minutos después y ya estoy saliendo de la habitación con sigilo sosteniendo la nota en la mano para que Dorothy la lea al despertarse. Decidí hacer las compras temprano. Lo que necesites, no dudes en llamarme. Con amor, Kas. Es lo que dice la nota que dejo sobre la mesa y salgo de casa con un objetivo en mente. El corazón me late con fuerza al salir de la casa, pero no me detengo. Avanzo dispuesta a ir a la farmacia a comprarle las medicinas a Dorothy para un mes entero. No me importa si la mujer aparece pidiéndome el dinero. Le devolveré el resto y seré su esclava hasta pagarle el último dólar que usaré, pero si tengo ante mí la oportunidad de cubrir un mes completo para que Dorothy pueda sentirme mejor, lo haré sin dudarlo. «Ya después enfrentaré las consecuencias, si es que las hay». Casi tres horas después, estoy regresando a casa con buenos ánimos porque tengo conmigo el tratamiento y la comida para más de una semana. Fui irresponsable y dispuse un poco más y terminé comprando cosas que jamás he probado, pero que me antojé comer. «¿Así se siente tener suficiente?». Niego con una leve sonrisa al emocionarme por algo tan común como el dinero, pero tan necesario en mi vida. Cruzo la calle para tomar el callejón que me acorta el camino a casa. A Dorothy no le gusta que lo haga, pero me resulta más práctico tomarlo que darle la vuelta a la cuadra. Como de costumbre, está solitario, nada fuera de lo normal. Sigo avanzando con tranquilidad, pensando en lo que le diré a Dorothy si comienza con sus preguntas. Ya le dije que tuve una buena noche, pero, al parecer, últimamente se ha vuelto una mujer muy desconfiada. «¿Por qué no lo fue cuando se acostó con ese hombre?». —¡Pero que carajos! —grito desesperada al sentir el jalón que me dan el bolso con fuerza. Mi cuerpo cae contra el suelo y suelto las bolsas al sentir la patada en el estómago que me deja sin aliento. Mi cuerpo es estremecido, pero a pesar del impacto que me ha robado el aliento, le doy pelea al hijo de puta que se empecina en quitarme mi bolso y mis compras. No se la dejo fácil. Me arrastro, pataleo, le entierro las uñas y logro darle una patada a la altura del pecho. Hasta que siento el golpe en la cabeza que me aturde. Me cubro, el corazón no deja de latirme con fuerza. El pitido en los oídos es insoportable, pero no tanto como el ardor en la cabeza. Veo borroso, estoy sin aliento, pero me toco apresurada, con las manos temblándome, pero dispuesta a asegurarme que no me han partido la cabeza. No hay herida, pero sí un bulto que tardará días en desaparecer. Me toco las costillas, el cuerpo y para cuando logro levantarme un poco del sueldo, me doy cuenta de que los tipos están corriendo, prontos a salir del callejón. —Maldita sea… —Los ojos me arden de la impotencia que siento en este instante al darme cuenta que me han robado todo lo que compré—. ¡Carajo! ¡Carajo! ¡Carajo! Golpeo el suelo con mi puño varias veces y aunque me encantaría quedaré a llorar como una idiota mientras me revuelco en la mierda de mi propia imprudencia, me levanto. Me quejo por el dolor en el costado, levanto la camiseta para revisarme y otra maldición dejo salir al ver lo rojo que se ha puesto mi piel por la patada de caballo que me lanzó el imbécil. Veo en el suelo mi móvil tirado, ese que está con la pantalla rota desde hace bastante tiempo y que supongo que no se llevaron al ver lo decadente que está. Comienzo a caminar derrotada, porque ya no hay nada que pueda hacer. Esos chicos me han quitado el bolso donde tenía el resto del dinero de esa mujer, junto con el mercado que hice y todas las medicinas de Dorothy. Los ojos me arden una barbaridad, las lágrimas salen por sí solas y no me queda más que limpiarlas mientras me regreso nuevamente hacia la farmacia para al menos comprarle a Dorothy algo para el dolor, los pañales de Roy y la comida para un par de días. Fue buena idea guardar mi dinero en el pequeño bolsillo decorativo de mi pantalón, nada más porque no quise juntarlo con el de la mujer para no caer en la tentación. Hasta me siento estúpida, porque de haberlo gastado o no, igualmente me iban a robar. ¿Qué más da? Salgo del callejón como si nada hubiera pasado, no tiene caso armar show y llamar a la policía. Nadie vendrá, nadie me ayudará. La zona de por sí es bastante cuestionable como para quejarme, y sé que al decir que me han robado dos chicos en el callejón más solitario del barrio, me mandarán al carajo. Me culparán por mi imprudencia y no estoy de ánimos para darle la razón a desconocidos uniformados. Suficiente tendré con Dorothy regañándome. Claro, si decido contarle lo sucedido. —¡Vamos, Kas! —me grita Mark desde su lugar de siempre—. ¡Estás muy lenta últimamente! Aprieto mis dientes con fuerza, no le doy réplica, pero sí le lanzo una mirada rápida antes de continuar atendiendo a los hombres frente a la barra que esperan sus malditas cervezas. El bar está a reventar hoy por el partido que están transmitiendo en vivo y yo siento que me volveré loca porque estoy sumamente cansada, porque estoy a nada de un colapso mental y porque deseo mandarlos a todos al carajo sin importarme quedarme desempleada. Si tuviera una oración para resumir mi semana, sería la misma que me suelta el viejo George cada vez que interactúa conmigo. No han sido días, ha sido una semana entera de mierda porque siento que, en cualquier momento, perderé a mi hermana. Estoy casada mentalmente, es demasiado lo que hemos lidiado estas últimas noches, donde los dolores la han golpeado al punto de hacernos correr al hospital público varias veces. Durante el día estoy con Roy y durante la noche estoy aquí. Y para añadirle más adrenalina a mi vida este fin de semana, a mi querido jefe le ha dado por poner promoción en las bebidas en un patético intento de atraer más clientes y dinero. Y las que pagamos las consecuencias somos Adi y yo, las únicas empleadas que se empecina en tener, porque según, somos más que suficientes. «Tacaño. Imbécil. Idiota». Los gritos retumban en todo el bar, por lo que sea que haya hecho el equipo que nos representa. Soy la canadiense menos fanática del deporte y mucho menos de uno como el hockey. Sigo en mi elemento al igual que Adi. Algo que le reconozco es que, cuando hay días como estos donde todo es un caos, deja de lado su coquetería y se enfoca en trabajar como toda una profesional. «O bueno, todo lo profesional que se puede llegar a ser en este bar». Casi tres horas después, estoy contando el dinero que ha llenado la caja. Es lo que se debe hacer cuando la venta es muy buena. A Mark no le agrada acumular los billetes porque dice que nunca sabe cuándo el dueño de lo ajeno puede visitarnos. «Cuánta razón le doy después de lo que me sucedió el domingo pasado». La cantidad de fanáticos se han largado más borrachos que de costumbre y solo han quedado los clientes de siempre que no suelen marcharse hasta la madrugada. —Ha sido una completa locura… —Me dice Adi a mi lado en tono cansado. Asiento dándole la razón sin dejar de contar el dinero. —Debería pagarnos un extra por haber dado la talla esta noche —se queja. Y eso sí que me hace reír. Cierro la caja con los billetes en mis manos, viéndola con un poco de empatía. A veces Adi es muy inocente, a pesar de que su mente es bastante perversa algunas veces. —Mark prefiere detonar su arma contra un cliente borracho a tener que despedirse de uno de estos billetes solo porque sí, Adi. Resopla, pero no le hago caso. Camino con el dinero en la mano hacia su oficina para entregárselo. El murmullo, la música queda detrás de mí y ahora solo es un eco distante en mis oídos. Toco la puerta de Mark y cuando me permite la entrada y abro, debo desviar la mirada. Aprieto los dientes con fuerza y cuento hasta diez de ser necesario para no soltarle veneno. —Déjalo donde siempre. —Su orden es tajante. Camino hacia la caja fuerte que ya está abierta esperando por mí y lanzo ahí dentro el dinero amarrado en ligas y cierro. El sonido de sus besos en la piel de la mujer que tiene a horcajadas sobre él me causa algo que no puedo explicar. —Kas. —Me llama y me detengo justo frente a la puerta—. Voltéate un momento. «Carajo». Me giro sin dudarlo, pero con mis ojos buscando los suyos. No miro la espalda desnuda de la pelirroja sobre él, no miro el dinero en pacas y el arma que tiene sobre su escritorio. Lo miro únicamente a él, a los ojos, con el mentón alzado y hombros cuadrados. —¿Deseas algo más, Mark? La sonrisa ladina que me otorga me eriza los vellos de la nuca. Si no fuese un machista, quizás hubiera aceptado ser su chica. Es atractivo y su sonrisa realmente en sexi, pero no tiene el más mínimo respeto por el sexo opuesto. «Un completo desperdicio de hombre». —Mi propuesta sigue en pie —declara en ese tono que suele usar para seducir. La manera en que lo dice solo aumenta mi desagrado, pero no se lo demuestro. No me conviene—. Soy paciente, Kas… ¿qué te cuesta darme el sí? El sonido del teléfono fijo sobre su escritorio me priva de mandarlo al carajo. Y Mark parece notarlo porque solo chasquea la lengua, pero al menos se digna a responder la llamada. Cuando habla, que lo veo interesado en lo que le están diciendo, me muevo para salir de aquí, pero él levanta el dedo índice con el ceño fruncido y me lo prohíbe en un sutil movimiento que deja en claro que no debo hacerlo hasta que me lo ordene. —Soy su jefe —dice. Y eso, por alguna razón, me acelera el corazón—. Sí, aquí está… oh, vaya, comprendo… «¿Qué comprende? ¿Por qué me mira así?». —Atiéndanla, yo me haré cargo. —Sonríe aún más al darle sus datos a quien sea que esté del otro lado—. Gracias a usted, señorita… yo le daré el recado a Kasia. Estoy seguro de que ella sabrá agradecerme el gesto. El corazón me da un vuelco al oírlo decir eso, me late desesperado, pero echo a un lado mi propia desesperación porque ha dicho atiéndanla y solo puedo pensar en Dorothy. Mark cuelga la llamada con una maldita calma que me hierve la sangre. —Esa, era la enfermera de la clínica del centro de la ciudad. Tu hermana fue llevada ahí debido a que tuvo… un colapso. «No». —Roy… —digo en un hilo de voz—. Dorothy… —El niño está bien, la enfermera me dijo que tus vecinos lo tienen, pero tu hermana intenta… estarlo. Al menos he dado la aprobación para que la atiendan de inmediato. —Debo irme —me apresuro a decir, pero él vuelve a negar impasible—. Mark, debo ir con mi hermana. —Lo harás, pero recuerda que he corrido con todos los gastos, Kas. Le palmea el trasero a la mujer y esta se levanta dejando salir un gruñido subiéndose el top que estaba arremangado en su cintura. Se da la vuelta, pero no gasto mis energías en mirarla, tampoco le digo algo cuando pasa por mi lado rozando su hombro, adrede con el mío. Estoy demasiado concentrada en los ojos de Mark y en las inmensas ganas que tengo de borrarle esa maldita sonrisa de los labios. —Yo pagué sin rechistar —se deja caer en el respaldo de su silla—. Ahora, te toca a ti pagarme a mí… —Palmea su pierna en una clara invitación para que me acerque—. Será rápido, lo prometo. Y puedes negarte, Kas, ten eso en cuenta. Así como yo puedo negarme a que carguen a mi cuenta la factura de la clínica. —Por favor, no lo hagas… —Las palabras salen de mi boca antes de que pueda contenerlas. No es una súplica, no es un ruego, es algo más intenso. Es solo el reflejo de que lo único que me importa es mi hermana, lo único que tengo en mi vida. Ella y Roy son toda mi razón de ser. —Que sea rápido. —digo con un fuerte nudo en la garganta. Y en sus labios se dibuja una maldita sonrisa.
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