CAPÍTULO QUINCE: SE ME OLVIDÓ

1858 Palabras
Otro lugar: Eran pasadas de las tres de la mañana y él aun no llegaba, era su trabajo; lo que amaba. Mientras que la joven había trabajado en unos casos hasta muy tarde, no quería imaginar al otro día lo que le esperaba en la oficina. Hace poco se había mudado, hace poco lo había conocido y hace poco estaba lo suficiente loca para esperarlo en su cama. Se puso una camisa suelta y unos pantalones cortos, apagó la luz y se envolvió entre las sábanas, y aunque era una temporada fría, las estufas aliviaban cualquier frío. Cerró los ojos y a los minutos escuchó la puerta abrirse, los pesados pasos de él y luego las llaves cayendo en la mesa de cristal, sonrió porque ya había llegado, debía estar cansado. Pobrecito. No abrió los ojos y mucho menos se movió, estaba cansada, pero no lo suficiente para ignorar los resoplos del muchacho, lo escuchar teclear en su celular. Escuchó como dejaba caer el abrigo en el mueble de la habitación y como caminaba hacia la cama, se sentó y estuvo en silencio por largos minutos. —Apenas y he podido concentrarme, mucho más sabiendo que andabas con esos cortos pantalones. —gimió bajito pasando sus manos por sus piernas, la joven mordió su labio con fuerza ante el cosquilleo en su cuerpo, se aferró más a la almohada y su respiración fue más pesada, y estuvo más cerca del cuerpo de la abogada—. He deseado estar aquí. Su voz fue ronca, pasó sus labios por el hombro descubierto ya que la camisa se había desabrochado, recorrió con sus labios los hombros y cuello, y cada vez era más difícil poder resistirse, y no expresarse. —Es tarde —la joven abogada logró susurrar cuando sonrió sobre mi piel, lentamente se fue girando, encontrándose con sus ojos oscurecidos, sonrió y su mirada cayó en el escote que llevaba, alzó una ceja y terminó subiéndose a la cama, se colocó encima de la pecosa sujetando las piernas, pasó sus largos dedos por estas, deteniéndose por más tiempo en la tinta de la piel de la pecosa, uno de los últimos. —Para ti nunca es tarde —murmuró colocándose entre las piernas de la muchacha, al ver que protestaba; empujó su entrepierna. Siseó bajito blanqueando los ojos ante la sensación, él se río y lo volvió hacer, para ese momento no era la estufa precisamente la que le brindaba calor. La boca de él fue hacia el delgado cuello, pasó su lengua y luego mordió su piel, y aunque detestaba las marcas en la piel, a su novio no podía decirle que no. Envolvió las pequeñas manos en su cuello, tiró del hombre y su boca quedó a centímetros de Mía, la muchacha tomó su labio inferior entre sus dientes y lo mordió, para después chuparlo. Él gruñó y Mía aprovechó para llevar sus manos hacia el dobladillo de la camiseta que llevaba, se la quitó con rapidez y sus manos viajaron hacia su cinturón, tiró de estos y luego lo miró, sus ojos seguían cada movimiento de la pecosa, adicto por lo que veía, desde que la joven se había mudado a su casa, las noches tenían esos movimientos y todo parecía desaparecer. Solo eran ellos. Él había empezado esto, pero al final estaba babeando, estaba a sus pies y eso le gustaba. Desabrochó los pantalones y lentamente bajó el cierre, subió sus manos por su pecho, recorriendo su piel con las yemas de mis dedos y en el proceso dejando cortos besos, solo un roce que hacía que el hombre se sacudiera. No quiso que continuara, porque tomó sus manos y las llevó arriba de su cabeza, la besó, fuerte, sin siquiera darle chance a quejarse, bajó su boca hasta las comisuras de los pechos, se relamió los labios, pero ya no continuaron. El celular de él sonó, nuevamente ella creyó que su novio ignoraría el sonido, pero parece que la lucidez llegó a él. Se puso de pie, se disculpó y se llevó el teléfono. Mía, confundida lo siguió, pegó su oreja a la puerta, tratando de escuchar, sin mucho éxito. ¿Con quién hablaba? Pero al ver que él cortaba la llamada, volvió a la cama, como si nada hubiese pasado, cuando era lo opuesto, tenía los sentimientos revueltos, hechos un caos. Estaba muy enamorada, y había veces en las que aquel hombre le demostraba que la amaba, otras, como esas; que parecía que ocultaba algo que la lastimaría, muchísimo. —¿Quién era? —fue lo primero que preguntó al verlo ingresar a la habitación, se revolvió el cabello y se sentó a su lado, quiso besarla, pero la joven se echó para atrás. —Trabajo. —¿Sales de trabajar y te llaman por trabajo? —Mía no era tonta y su novio lo sabía. —Tengo que hacer un viaje, una sucursal requiere mi ayuda, así que en una semana iré. Es poco tiempo —le contestó, restando importancia. ¿Cómo? —¿Disculpa? ¿Te vas? ¿A dónde y por qué? —Vamos, Mía, es mi trabajo ¿Qué es lo qué esperabas? —inquirió molesto, aquella atmosfera caliente se había ido y ahora la joven sentía mucho frío. —¿Por cuánto tiempo? —Lo que determine la empresa, amor, pero estaremos comunicados —le regaló una sonrisa y ella cayó, ¿Qué tenía aquel hombre que hacía que cediera tanto? (+++) Andes estaba rodeado por un grupo de hombres y unas cuantas mujeres, de diferente edad y aspecto, pero con la misma inseguridad. Lo podía notar al ver como pasaban sus manos por el pantalón una y otra vez, en otro caso, tronaban sus dedos o se pasaban la mano por el cabello. Podía entenderlo, este era otro grupo y era la primera sesión. Ahora quería escuchar sus miedos y reforzarlo, que vean que no son los únicos que sufren de eso y no por ser hombres debían esconder sus emociones. Cruzó la pierna y mantuvo el folder con los datos de cada alumno, cada uno llevaba un gafete con su nombre e incluso él, porque en varias ocasiones lo habían confundido con Astor. —Hola, buenas tardes, soy Andes Merino —se presentó y luego esbozó una sonrisa, viéndolos a cada uno—. Es la primera vez conmigo, así que hoy trataremos de que todo sea sencillo. ¿Está bien? Todos asintieron, pero ninguno habló, se lanzaban miradas como si estuvieran en secundaría, mirándose para ver quien era el valiente en responderle al profesor. Así que, aclarando su voz, llamó su atención. —¿Qué tal si empiezan diciéndome por qué están aquí? —al ver que ninguno hablaba, lanzó una broma—. Por favor, sin amontonarse. Todos empezaron a reír por lo que había dicho, así que la tensión se fue y un muchacho levantó la mano, no llegaba a los treinta, era delgado, con el cabello corto y frenillos. Ocultaba su sonrisa, porque cuando se rio como los demás, tapó su boca. —Me llamo Jean y estoy aquí porque…, después de que mi novia me dejara, hace cuatro años, no he podido acercarme a ninguna mujer —susurró bajo, creyendo que los juzgarían, pero no, todos sintieron empatía. Primer paso para poder avanzar. —Mucho gusto, Jean. Dime, ¿por qué no has podido acercarte a una mujer? —preguntó con cuidado y el hombre tartamudeó, no miró alrededor, después de exhalar por fin habló: —Ella me dejó con inseguridades sobre mi aspecto, al final terminó con algo como: Mírate, ¿Quién se fijaría en ti? —A ver, les diré algo, para todos —Andes levantó el tono de voz para que todos captaran su atención—. Las personas hacen eso, vuelcan sus propias inseguridades en otras, ven a los demás como un espejo y no por eso debemos creerles, o incluso permitir que nos lastimen. —¿Podrías poner un ejemplo? —inquirió una de las muchachas y Andes asintió dejando los documentos en la silla para después ponerse de pie e ir directamente al centro. —Está bien, pongamos en ejemplo a Anita y Juan —se rieron por los nombres que había utilizado—. Juan es un mujeriego, tiene un problema y es precoz, entonces llega a estar con Anita, van al asunto y él no logra llegar. ¿Pero qué hace, Juan? Comienza a decirle que ella es insuficiente, que no puede mantener a un hombre caliente y agrega que no es una mujer bonita. Anita, al ser buena y sensible, cree que es insuficiente, que la culpa la tuvo ella. Juan sigue por el mundo volcando sus inseguridades, sin hacerle frente a su verdadero problema. —¿Por qué la gente hace eso? —escuchó preguntar y Andes soltó un suspiro pesado. —Porque no buscan ayuda, creen que pueden arreglar sus problemas y van por ahí, hiriendo. Todos estamos un poco rotos, no es justificación al trato al otro, pero si es necesario buscar ayuda. —explico con suavidad—. He conocido muchas personas así, se cierran en que ellos mismos pueden resolver sus problemas, y a veces incluso queriendo, van y humillan a otros. Te preguntas entonces, ¿Acaso no saben el daño que hacen? Algunos lo saben y otros se hacen los desentendidos. —Andes, vi tu entrevista, dijiste que sufriste mucho en la escuela —comentó uno de los muchachos y Andes asintió, viéndolos. —Sí, por supuesto. Sé perfectamente que se siente se rechazado, humillado y tratado menos, he estado en su lugar en más de una ocasión… —Pero tú eres guapo —expresó una joven con timidez y él sonrió algo avergonzado por sus palabras. —La belleza es subjetiva, tú puedes verme guapo y otras horrible —explicó—. Me pusieron apodos hasta decir basta, y no solo a mí, pero en el camino uno debe enfrentarse a sus miedos, inseguridades y decir, hasta aquí llegué, debo valorarme como la persona maravillosa que soy. —Suena muy fácil. —Por eso estoy aquí, para ayudarlos. Sonrió y todos lo imitaron, agradecidos, terminó la sesión, tuvo unas cosas más que hacer, pero al ser viernes, saldrían temprano. Ya andaban cambiados, todos se irían en la camioneta de Gonzalo, mientras que Andes manejaría la de Astor para poder llevar a Leslie, y ella no pasara frío. Cuando estuvieron en la recepción para ponerse de acuerdo, se sorprendió al escuchar su nombre. Por supuesto, todos giraron y pudo escucharlos gemir en voz baja al ver a la morena acercarse sonriendo. Llevaba el cabello suelto, esponjoso y brillando, mientras ella iba con un vestido color rojo, con una abertura en la pierna y encima un abrigo. Se veía elegante, hermosa, muy hermosa. —Caballeros —saludó, pero sus ojos se mantuvieron en Andes quien se sintió intimidado por aquella mirada, se acercó con rapidez, dándole un beso en la mejilla, aun sorprendido por su llegada—. No quise que viajarás tanto, has trabajado duro, y ya es suficiente con llevarme para conocer a Anthony.
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