Capítulo 3

992 Palabras
POV Sophie Había pasado un día desde que encontré la invitación. Y, aunque había intentado convencerme de que no era importante, seguía pensando en ella. No durante todo el día. Solo de vez en cuando. Cuando tenía un momento libre. Cuando veía la fecha. Cuando recordaba la dirección. Blackwood Manor. No sabía quién me había invitado ni por qué. Pero tampoco tenía una razón real para preocuparme. Al menos eso intentaba decirme. Me desperté temprano y, después de una ducha rápida, preparé café y unas tostadas. Antes de salir, miré nuevamente la invitación que había dejado sobre la encimera. Seguía exactamente donde la había dejado el día anterior. La tomé. La leí una vez más. Tenemos el placer de invitarte a una celebración privada. Fecha: viernes, 31 de Octubre Hora: 8:00 p. m. Lugar: Blackwood Manor Tu presencia es esperada. Nada más. —Definitivamente alguien tiene demasiado tiempo libre. Guardé la tarjeta en un cajón. No quería seguir pensando en ella. Tenía cosas más importantes que hacer. El restaurante estaba bastante lleno cuando llegué. El día transcurrió como cualquier otro. Pedidos. Clientes. Café. Mesas. Quejas. Sonrisas falsas cuando alguien me preguntaba si todo estaba bien después de haber esperado quince minutos por su comida. La rutina. Cerca del mediodía, estaba llevando unos platos cuando levanté la mirada. Y me quedé quieta. Conocía a esa mujer. Tardé unos segundos en reconocerla. Cabello n***o perfectamente arreglado. Ropa elegante. Una postura impecable. Y esa seguridad que parecía acompañarla a todas partes. Victoria Hayes. La misma mujer que había visto el día anterior en r************* . Solo que en persona se veía todavía mejor. No es que Victoria hubiera sido fea en la secundaria. Todo lo contrario. Siempre había sido bonita. Pero ahora... Era diferente. Mucho más elegante. Más segura. Parecía una de esas personas que entraban a una habitación y automáticamente sabían que pertenecían allí. Yo, en cambio, estaba usando un uniforme y tratando de recordar si había desayunado suficiente para sobrevivir al turno. Intenté no quedarme mirándola. Pero ella terminó mirándome a mí. Frunció ligeramente el ceño. Como si estuviera tratando de recordar de dónde me conocía. Entonces sus ojos se abrieron. —¿Sophie? Me detuve. —¿Sí? Ella sonrió. —¡Sophie Collins! Sonreí también. —Victoria. —No puedo creer que seas tú. Se acercó un poco. —Han pasado años. —Bastantes. Victoria me observó durante unos segundos. —Te ves muy bien. Miré mi uniforme. —¿Esto? Ella soltó una carcajada. —No. Tú. —Ah. Me reí. —Gracias. —De verdad. Estás diferente. —Espero que para bien. —Definitivamente para bien. Sonreí. —Tú también estás bastante diferente. —¿Bastante? —Muchísimo. —Voy a tomarlo como un cumplido. —Lo era. Victoria sonrió. Una de las personas que estaba con ella la llamó desde la mesa. —Estoy aquí con unos compañeros de trabajo —explicó. Asentí. —¿Qué haces ahora? —Trabajo en una empresa de inversiones. —Eso suena muy Victoria. Se rio. —¿Qué se supone que significa eso? —Que parece exactamente el tipo de cosa que harías. —Supongo que sí. Hubo un pequeño silencio. Era extraño hablar con ella después de tantos años. Habíamos estudiado juntas, pero nunca habíamos sido amigas. Ni siquiera habíamos sido especialmente cercanas. Simplemente habíamos coincidido durante varios años. —¿Y tú? —preguntó—. ¿Sigues estudiando? Negué con la cabeza. —No. —¿Lo dejaste? —Sí. No quise explicar demasiado. Todavía no tenía muy claro qué quería hacer con mi vida. Y no me apetecía convertir aquella conversación en una entrevista sobre mis decisiones. Victoria asintió. —Bueno, cada persona encuentra su camino a su manera. —Eso espero. —Lo encontrarás. Sonreí. —Gracias. Su compañera volvió a llamarla. —Tengo que volver. —Claro. Victoria se giró, pero antes de marcharse volvió a mirarme. —Me alegró verte, Sophie. —A mí también. —Deberíamos ponernos al día algún día. —Podríamos. —Te escribiré. Asentí. —Está bien. Victoria regresó a su mesa. Yo continué trabajando. Pero, por alguna razón, aquel encuentro se quedó dando vueltas en mi cabeza durante el resto del turno. Era extraño cómo algunas personas podían desaparecer de tu vida durante años y aparecer de repente como si el tiempo no hubiera pasado. Cuando terminé de trabajar, regresé a casa. Estaba cansada. Dejé el bolso sobre el sofá y fui directamente a la cocina. Abrí la nevera. Esta vez había comida. Milagro. Preparé algo rápido y cené frente al televisor. Por un rato conseguí olvidarme de la invitación. Hasta que terminé de comer. Miré hacia la encimera. La tarjeta seguía allí. La había sacado del cajón antes de salir esa mañana. —¿Por qué sigo pensando en esto? Me acerqué y la tomé. La volví a leer. Blackwood Manor. No tenía sentido. No conocía a nadie que pudiera organizar una celebración en una mansión así. Y, aun así, mi nombre estaba escrito allí. Me quedé observando la tarjeta unos segundos. Entonces sonó el timbre. Ding-dong. Fruncí el ceño. Miré hacia la puerta. No esperaba a nadie. Me acerqué y abrí. —¿Sí? Nada. El pasillo estaba vacío. Miré hacia ambos lados. Nadie. —Qué raro... Iba a cerrar la puerta cuando bajé la mirada. Había algo en el suelo. Un sobre. Negro. No había escuchado a nadie dejarlo allí. Lo recogí lentamente. No tenía remitente. No tenía nombre. Solo una frase escrita en letras blancas. Me quedé inmóvil. No todos olvidaron. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Este era el segundo sobre en una semana que me dejaban. Volví a mirar el pasillo. Seguía vacío. Cerré la puerta. Esta vez puse el seguro. Miré el sobre que tenía entre las manos. Ya no parecía una simple invitación. Y, por primera vez, me pregunté si realmente había sido una buena idea aceptar ir a Blackwood Manor.
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