Nos encontramos en un lujoso restaurante alejado uno poco del centro. Es muy fino, muy elegante, pero al mismo tiempo es cálido y muy reservado. Ser Cristian Michell tiene sus beneficios, ya que pudimos entrar vestido como estamos, no es que estemos mal vestidos, solo que te exigen vestir elegante, y lo menos que estamos es vestidos de esa forma. Pero como el tener millones no te limita a nada, este es un vivo ejemplo de ello. Al llegar, nos guiaron a un reservado privado el cual tiene una cortina negra corrediza para así tener más privacidad sin que nadie te moleste, y si necesitas de un mesero, solo necesitas apretar el botón que está en la mesa. El lugar me intriga, y que él lo conozca, mucho más. -¿Te gusta el lugar?- -¿Cuántas veces has venido aquí?- pregunto con determinación y él

