La niebla comenzaba a asentarse más espesa sobre Delment cuando Lena salió de la calle principal y tomó un desvío entre edificios viejos y abandonados.
Lena caminaba deprisa, las manos enterradas en los bolsillos de su abrigo. Cada crujido de la grava bajo sus pies, cada sombra movida por el viento disparaba su pulso. No estaba segura de qué la impulsaba. ¿Una corazonada? ¿Un instinto? Solo sabía que no podía ignorarlo.
Cada paso que daba retumbaba en su cabeza como un tambor lejano. Su abrigo empapado pesaba sobre sus hombros. El frío se le metía en los huesos. ¿Estaba realmente persiguiendo a alguien? ¿O era solo su mente, jugándole una mala pasada, alimentada por miedos sembrados desde su infancia?
Apretó los labios. No. No era paranoia. Había visto claramente al hombre cuando iba en el auto con Jared. No era una alucinación.
El rostro del hombre de la esquina, esa figura de postura rígida, rostro medio oculto bajo la sombra de su cabello, había quedado grabado en su mente. No llevaba gorra como pensó en un principio. Sólo una chaqueta oscura y el aire de alguien que no quería ser reconocido. Su corazón latía desbocado, pero no se detuvo.
La calle desierta parecía más estrecha conforme avanzaba, internándose más en la zona olvidada de Delment. Las luces de los faroles parpadeaban de manera errática, lanzando sombras danzantes sobre el asfalto agrietado.
¿Y si no era realmente un hombre? ¿Y si todo esto era una trampa tendida para ella? La ciudad misma parecía conspirar, con sus calles muertas y sus faroles parpadeantes.
Entonces, lo vio.
De pie, en un callejón lateral, apoyado contra una pared descascarada, como si la estuviera esperando. Un hombre de estatura media, con el rostro parcialmente oculto por la sombra del edificio a su lado. Vestía una chaqueta oscura y mantenía las manos en los bolsillos. No parecía amenazante. No avanzaba hacia ella. Solo... esperaba. Sus rasgos seguían parcialmente ocultos, pero Lena pudo ver unos ojos oscuros que la observaban con una intensidad feroz.
Lena se detuvo, la distancia entre ambos era corta, apenas unos metros. Su primer instinto fue retroceder, correr. Pero algo más poderoso la mantuvo en su sitio. Algo en aquella presencia le hablaba de memorias olvidadas, de promesas rotas.
El hombre dio un paso al frente. Sin decir palabra, deslizó algo en su mano: un pequeño papel doblado.
Lena titubeó. Sus dedos rozaron los de ella apenas un segundo, pero el contacto le provocó un escalofrío eléctrico. Podía sentir cómo su instinto gritaba que corriera, pero algo más primitivo, urgente la obligó a quedarse ahí.
El hombre se inclinó hacia ella y, apenas un susurro, dejó escapar las palabras:
—No olvides quién eres.
Antes de que pudiera reaccionar, antes de que pudiera formular una pregunta, el hombre ya se había girado y desaparecido entre la bruma, como un fantasma, como si nunca hubiera estado allí. El viento helado le azotó el rostro, y por un momento se sintió desorientada.
Miró en todas direcciones, pero no había rastro de él. Con el corazón golpeándole las costillas, guardó el papel en su bolsillo sin atreverse aún a verlo.
Volvió sobre sus pasos, hacia el Centro Hidrológico. Pero mientras caminaba, la sensación de ser observada regresó, más intensa que antes. No estaba sola.
Y esta vez, quien la seguía no era el desconocido de ojos oscuros.
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La funeraria de los Johnson, vieja y silenciosa servía de escondite perfecto esa noche. El viento golpeaba los ventanales con sus dedos invisibles, y cada crujido del edificio parecía contener la respiración de siglos. Jared había cerrado las puertas principales con llave y corrido las gruesas cortinas. Esperaba en el despacho de su padre, un espacio pequeño y cargado del olor a barniz antiguo y flores marchitas. Cada tic-tac del viejo reloj de pared aumentaba su irritación.
No era cualquier noche. Y no era cualquier reunión.
Finalmente, la puerta lateral se abrió con un chirrido casi imperceptible. Un hombre de mediana edad, vestido con ropa discreta, cruzó el umbral. Su rostro era anodino, olvidable: el tipo de rostro que no dejaría huellas en la memoria de nadie.
—Llegas tarde —gruñó Jared.
—La discreción requiere tiempo —replicó el hombre cerrando la puerta tras de sí. Se sentó frente a Jared, cruzando una pierna sobre la otra con estudiada calma. —Si descubren que me he reunido contigo, ambos estamos muertos.
Era un m*****o del Consejo, uno de los que en secreto había jurado lealtad a Jared en sus ambiciones. Jared no confiaba plenamente en él, pero necesitaba aliados, aunque fueran serpientes.
—¿Qué tan grave es? —preguntó el hombre en voz baja.
Jared pasó una mano nerviosa por su cabello.
—Más de lo que esperábamos. Creo que Lena… está empezando a recordar—dijo Jared en voz baja, su mirada encendida de preocupación—. No completamente... aún, pero... la he visto. Su confusión. Sus dudas.
El hombre alzó las cejas, apenas.
—¿Fragmentos?
—Sí. —Jared golpeó la mesa con los nudillos—. Pesadillas, lapsos de desconfianza, evasiones. Ya no actúa como antes. Anoche se negó a ir al hospital.
—¿Crees que pueda reconstruir los recuerdos implantados?
—No estoy seguro —murmuró Jared—. Pero si sigue así, pronto descubrirá la verdad. Y entonces todo nuestro plan se vendrá abajo.
El m*****o del Consejo apoyó los codos en la silla, entrelazando los dedos frente a su rostro. El silencio se espesó entre ambos. Jared paseó su mirada por el escritorio, los documentos antiguos, el reloj de péndulo que marcaba los segundos como una sentencia.
—Sabíamos que el proceso Rebirthing no era infalible. Especialmente en sujetos como ella, no es su primera vez.
—No es solo eso —insistió Jared—. Hay alguien más. Alguien la está buscando.
El hombre ladeó la cabeza. —¿Estás seguro?
—Uno de los vigilantes que la seguía desde esta mañana vio a otro hombre cerca del Centro Hidrológico.
El m*****o del Consejo frunció el ceño. —¿Otro vigilante?
—Es posible. Y eso me preocupa, porque no es de los nuestros. Hasta ahora pensábamos que Arlen y Dawson estaban completamente cegados por su propio poder... pero si empiezan a sospechar que algo no encaja, podrían arrastrarnos a todos con ellos.
Ambos guardaron silencio. Afuera, un trueno retumbó en la distancia.
—Tenemos que ser más cautelosos —dijo finalmente el hombre, su voz un susurro afilado—. No podemos permitir errores. No ahora.
—¿Y si sospechan de mí? —preguntó Jared en un arranque de sinceridad que rara vez se permitía.
El consejero lo miró fijamente. —Entonces tendrás que adelantarte a ellos —susurró—. Y eliminarlos antes de que actúen.
Jared apretó los dientes. Esa había sido siempre la premisa: sobrevivir, tomar el control. Ser el nuevo líder de Delment. Pero sabía que cualquier movimiento en falso podía costarle la vida.
—Reduciremos los movimientos—añadió el hombre. —Comunicaciones solo a través de intermediarios. Nada que pueda vincularnos.
—¿Y Lena? —añadió Jared—. Necesitamos mantenerla bajo vigilancia constante. ¿Y si muestra señales de recordar más de lo que debería?
—Sabes cuál será la solución —dijo el consejero, sombrío.
Jared apretó los puños, luchando contra la ira. —Quiero evitarlo si puedo. Ella aún puede ser útil... Si logro manejarla correctamente.
—Por ahora, observa —añadió el hombre—. Y no subestimes a Lena. Si empieza a recordar demasiado… tendrás que actuar.
—Lo sé —respondió Jared en un susurro mortal.
La conversación fue interrumpida por el sonido de pasos apresurados. Un vigilante entró, jadeando, con el uniforme ligeramente desarreglado.
—¿La seguiste? —preguntó Jared, tenso como una cuerda.
El vigilante titubeó. —La vi entrar al parque… pero la perdí de vista. Creí haber visto otra sombra... alguien más vigilándola.
Jared giró hacia el consejero, sus ojos oscuros chispeando alarma.
—Otra vigilancia —se dijo en voz baja. —Si están vigilándola... —comenzó Jared.
—Significa que sospechan de ti —terminó el consejero.
El vigilante se removió incómodo bajo la tensión del momento.
—Debemos ser más cautelosos que nunca —dijo el consejero, clavando su mirada en Jared—. Cada movimiento, cada palabra. Ya no podemos confiar en la impunidad.
Jared asintió lentamente.
—Lo sé —murmuró—. A partir de ahora, ni un solo paso en falso.
El consejero se marchó tan silenciosamente como había llegado.
Jared se volvió hacia el vigilante —Redobla la vigilancia —dijo—. No puedes volver a perderla de vista.
El vigilante salió de inmediato. Jared permaneció solo en el despacho, mirando la noche a través del ventanal sucio. Todo pendía de un hilo invisible. Y sabía que, si ese hilo se rompía, arrastraría a Delment entero al abismo.
Sabía que el margen de error era mínimo. Y que, si no se movía pronto, perdería todo.
Incluso a Lena.
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El parque trasero de Delment era un rincón olvidado, donde los árboles retorcidos parecían murmurarse secretos y el viento susurraba palabras antiguas. Lena llegó con pasos rápidos y nerviosos. El cielo plomizo parecía presionarle los hombros.
Sentada en un viejo banco corroído por la humedad, estaba Lynelle. Se levantó al verla acercarse, el rostro serio, los ojos buscando más allá de ella, como asegurándose de que no eran seguidas.
—Llegaste —dijo simplemente.
Lena asintió, con el corazón palpitándole desbocado. Cuando recibió la llamada de Lynelle había dudado seriamente en acudir. La última vez que hablaron, Lynelle no había sido muy comunicativa; sentía que no confiaba en ella y que le guardaba secretos. Además, estaba esa sensación opresiva de ser seguida que la perseguía como una sombra muda. Temía involucrar a Lynelle en algo peligroso, pero también sabía que no podía ignorar la oportunidad de obtener respuestas.
—Necesito respuestas, Lynelle. La última vez… mencionaste a Caleb. ¿Qué querías decir con eso?
Lynelle dudó. Se pasó una mano por el cabello, claramente incómoda.
—Caleb... —murmuró—. ¿Alguna vez viste realmente su cuerpo, Lena?
La pregunta cayó como un golpe. Lena abrió la boca, pero ningún sonido salió. Intentó recordar: la carretera mojada, el accidente, la funeraria, los rostros sombríos... pero el cuerpo de Caleb, su rostro inmóvil… no, no lo recordaba. Solo flashes, imágenes inconexas.
—Yo... creía haberlo visto —musitó, insegura.
Lynelle la observó con intensidad. —¿O solo te hicieron pensar que lo viste? —susurró.
El silencio que siguió fue denso, opresivo.
Lena apartó la mirada. Un frío terrible le recorrió la columna. Intentó hilar los fragmentos dispersos de sus recuerdos, pero la incertidumbre la embargaba. Lynelle, insistente, no se detuvo.
—Tus recuerdos, Lena... no son tuyos. Lo que crees recordar, no son verdaderas memorias. Son escenas que otros plantaron en tu mente.
Lena frunció el ceño, confundida, sintiendo un abismo abrirse bajo sus pies. Quiso protestar, pero al buscar en su interior, todo parecía nebuloso, ajeno. No recordaba haber visto a Caleb en el ataúd. No recordaba haber tocado su fría mano.
«¿Entonces qué recuerdo?», pensó, con el corazón oprimiéndole el pecho.
De forma instintiva, apretó el puño dentro del abrigo, sintiendo el papel arrugado que el desconocido le había entregado. La frase resonó en su mente: "No olvides quién eres".
«¿Por qué pienso en él ahora?»
Una idea temeraria se filtró entre sus pensamientos: ¿Podría ese hombre estar relacionado con Caleb? ¿Era él una pieza perdida de un pasado que había sido arrebatado?
Antes de que pudiera ahondar más, Lynelle cambió abruptamente de tema, como si temiera haber dicho demasiado.
—William... ¿lo recuerdas? —preguntó con voz más ligera.
Lena parpadeó, confundida por el giro. —Claro. —¿Cómo olvidar a William? El tímido hermano de Lynelle, siempre rondándola, mirándola desde lejos con ojos llenos de una devoción silenciosa.
—William estaba... enamorado de ti —continuó Lynelle, su voz teñida de algo que Lena no supo identificar. ¿Dolor? ¿Rabia? —. Jared lo golpeó por tu culpa, ¿lo sabías?
Lena negó con la cabeza, sorprendida.
—William era diferente. No encajaba en Delment. Como muchos otros. —Hizo una pausa, buscando algo en su bolso.
Sacó un pequeño objeto envuelto en un paño.
—Encontré esto entre sus cosas —dijo, tendiéndoselo.
Lena extendió las manos temblorosas. Lynelle depositó el objeto en sus palmas. Al abrir el paño, un fragmento de cristal iridiscente brilló bajo la luz gris.
El fragmento parecía pulsar, como si respirara en sintonía con ella. Apenas lo tocó, Lena sintió un estremecimiento recorrerle todo el cuerpo.
—¿Qué es? —preguntó en un susurro tembloroso.
—No lo sé —admitió Lynelle—. Pero William lo guardaba como un tesoro. Y creo que… está conectado con todo esto.
Lena cerró la mano alrededor del cristal. El miedo y la fascinación se mezclaban en su pecho como veneno. Lynelle se alejó unos pasos, mirando de reojo hacia la calle.
—No podemos confiar en nadie, Lena. Ni siquiera en quienes creemos conocer.
Y sin más, se marchó entre la niebla, dejándola sola con el fragmento latiendo en su mano.
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Lena salió del parque con pasos rápidos, su abrigo ondeando tras de sí. El frío mordía su piel a través de la ropa. No llevaba más de dos cuadras cuando sintió de nuevo esa presencia.
Una figura. A distancia. No era el hombre desconocido que le había entregado el papel. No, esta vez era diferente: más corpulento, más rígido en sus movimientos. Lena aceleró el paso, fingiendo calma.
«No es paranoia. Me siguen.»
Se metió en una callejuela angosta entre dos edificios, con la esperanza de despistarlo. Al doblar una esquina, echó un vistazo fugaz: la sombra también doblaba detrás de ella, manteniendo una distancia prudente.
El corazón de Lena latía desbocado. Empezó a correr, no a toda velocidad, sino lo justo para no llamar más atención de la necesaria. Dobló una nueva esquina. Pasó junto a un contenedor de basura y se internó en un pequeño patio trasero lleno de cajas oxidadas. Se ocultó tras una de ellas, conteniendo la respiración.
Pasaron segundos interminables.
El vigilante se detuvo justo frente al callejón. Miró en todas direcciones. Parecía desconcertado. Después de unos minutos tensos, se marchó caminando lentamente, su silueta devorada por la niebla.
Lena esperó todavía un poco más antes de salir de su escondite y volver, con el corazón en la garganta, hacia su casa.
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La casa estaba en silencio cuando Lena entró. Cada sombra parecía más densa, como si ocultara algo. Jared no había regresado aún del trabajo, lo cual era inusual. Cuando no la recogía del Centro Hidrológico, estaba en casa antes de que ella llegara, como si necesitara estar siempre un paso adelante de sus movimientos.
Jared solía disfrazar su constante vigilancia bajo la excusa de preocupación por su salud, y antes Lena lo creía sin dudarlo. Pero ahora, esa preocupación le parecía otra cosa. Algo más oscuro, más controlador. Y Lena no estaba segura de querer descubrir qué era.
Subió las escaleras en silencio, arrastrando los pies como si cada escalón le pesara. Cerró la puerta de su habitación y dejó caer el abrigo sobre la cama, sintiendo un dolor punzante en la cabeza. Habían sido demasiadas emociones en un solo día, y su cuerpo, aún frágil, no terminaba de recuperarse.
Se llevó una mano a la frente, intentando aplacar el martilleo constante en sus sienes. Sus pensamientos, erráticos y desordenados, iban de la conversación con Lynelle al recuerdo inquietante de aquel hombre desconocido.
Decidió que necesitaba aclarar su mente. Se dirigió al baño en busca de un alivio ilusorio. Dejó que el agua tibia de la ducha resbalara sobre su piel, tratando de borrar el peso del miedo y la incertidumbre. Pero el dolor en su cabeza no cedía; latía en sincronía con sus latidos acelerados, como si su cuerpo se resistiera contra las verdades a medio descubrir. Permaneció bajo el chorro por varios minutos, intentando poner en orden el caos de pensamientos que la asediaban. La conversación con Lynelle giraba sin control en su mente, repitiéndose una y otra vez como un eco inescapable.
¿Podría ser cierto que Caleb no estaba muerto? La idea se aferraba a su mente como una garra invisible. Si era así, ¿dónde había estado todo ese tiempo? ¿Por qué —o más bien, quién— le había hecho creer que estaba muerto? ¿Lo sabía su madre? ¿Habían sido todos parte de una farsa cuidadosamente orquestada?
Demasiadas preguntas sin respuesta. Demasiados hilos sueltos y peligrosos.
El recuerdo del hombre desconocido se coló sin permiso entre esos pensamientos, como una sombra que regresaba. ¿Por qué lo asociaba con Caleb? ¿Era por la forma en que la miró, por el tono en que le habló? Su advertencia críptica, la familiaridad imposible de su mirada. Había algo en él que le resultaba familiar, aunque no lograba ubicar qué.
Salió de la ducha envuelta en una toalla, su cuerpo temblando levemente, no solo por el frío sino por la maraña de emociones que la desgarraban por dentro. Volvió a su habitación con pasos lentos, decidida finalmente a enfrentar aquello que había estado evitando desde hacía horas.
Sobre la cama, rescató su abrigo con dedos temblorosos. Rebuscó en los bolsillos hasta encontrar el pequeño trozo de papel doblado que había guardado. Respiró hondo, sintiendo el peso simbólico del momento. Con manos temblorosas, desplegó el papel.
"Lenny, no olvides lo que viste esa noche en The Fall. No olvides quién eras antes de ellos."
Lena dejó escapar un sollozo ahogado. La letra era firme, como grabada a fuego. Sus ojos recorrieron la nota una y otra vez, mientras una avalancha de emociones la asfixiaba: miedo, rabia, dolor… y una chispa de esperanza.
"Lenny". Solo alguien muy cercano la llamaba así. Alguien que conocía su verdadero ser. ¿Caleb?
Las imágenes de su infancia, sus risas, su inocencia perdida, la golpearon como un puñetazo en el estómago. Se dejó caer en la cama, con la nota apretada contra su pecho, sollozando en silencio. Sabía que algo dentro de ella había cambiado esa noche.
Después de un rato, casi sin pensarlo, buscó el fragmento de cristal que Lynelle le había dado. Lo sostuvo entre las manos, sintiendo la frialdad viva de su superficie. Una vibración sutil le recorrió los brazos, subiendo por su columna como un latido extraño, como si el cristal reaccionara a su dolor, amplificándolo, dándole forma.
De repente, una visión fugaz: una sala blanca, gritos apagados, una puerta de acero cerrándose con estruendo. El eco del sonido retumbó en su mente mucho después de que la imagen se desvaneciera.
Lena soltó el cristal, jadeando, las lágrimas corriendo libres por su rostro.
Sabía, en lo más profundo de su ser, que no podía seguir fingiendo que nada pasaba.
Debía encontrar la verdad, aunque para ello tuviera que perderlo todo.
Cerró los ojos. Dejó que el miedo la inundara. No lo negó. No lo combatió. Simplemente, lo abrazó.
Mañana empezaría a buscar respuestas. Y esta vez, no se detendría.