El aire estaba absolutamente inmóvil, y el calor se había convertido en un cuerpo sólido, simulando a esas lagunas que se formaban con las aguas del Mentis, en ciertos recovecos de la ciudad, cuya profundidad era desconocida aún por los expertos del centro Hidrológico. A lo lejos, varias nubes de tormenta formaban torreones, según se agrupaban; y un relámpago pintó el cielo de tonos rojizos.
Giró su cuerpo inconsciente sobre la cama, una vez más, tirando a un lado, en el piso, la sábana blanca que la cubría instantes atrás. El lúgubre silencio se ve interrumpido, llegando hasta los oídos de Lynelle, sacándola del sueño profundo.
—Lynelle, despierta.
Aquella voz. Se escuchaba lejana, perdida entre los delirios de su inconsciencia y su lucha interna para volver a la realidad.
—Debemos salir de aquí.
Luchaba contra la pesadez de sus párpados, que le impedía abrir los ojos y ver a quien la asía del brazo, dándole ligeras sacudidas, y obligándola a despertar. Sentía un sabor metálico en la boca, similar al sabor de la sangre; las extremidades laxas y sin fuerza, las cosas a su alrededor parecían dar vueltas sin detenerse.
—Lynelle, debes despertar, no puedo ayudarte si no lo haces.
Un susurro, tan leve que dudó si era real o fruto de su mente dañada, acarició su oído. Algo en su tono de voz le resultó familiar. Tenía la sensación de haberla escuchado antes, pero su adormecido cerebro no lograba mover los engranes de la memoria, que le permitieran recordar con precisión quién era el dueño de aquella voz, que le crispaba los vellos.
—Déjame dormir —apenas pudo hilvanar esas dos palabras, arrastrándolas, sentía la lengua dormida.
—Vamos, Bobi, debes despertar.
Fue como si alguno de aquellos vigilantes le hubiera disparado con el taser, y descargara corriente a su sistema. Bobi. La sola mención de aquel apodo reactivó todo su organismo.
Instantáneamente, volvió a ese verano de su infancia, cuando corría por los pasillos de la vieja casa de Delment, y su hermano la llamaba así, con una mezcla de cariño y burla. “Bobi”, porque siempre tropezaba con sus propios pies, pero nunca se rendía.
Lynelle abrió los ojos lentamente. La habitación estaba oscura, sin embargo, pudo percibir el rostro de alguien sobre ella. Aquellos ojos saltones que la miraban con preocupación, los reconocería aún en medio de la más absoluta penumbra.
Había añorado tanto aquel momento, que luchó aún con más fuerza para dominar sus movimientos, y echó sus brazos hacia el frente, hasta sujetarse firmemente de su cuello.
—¡William! —exclamó emocionada—. Creí que estabas muerto. Todo este tiempo… ¿por qué desapareciste de esa forma?
—Ya habrá tiempo para hablar de eso, ahora debemos irnos de aquí.
Lynelle avanzaba con paso inseguro por los corredores estrechos, cada sombra a su alrededor parecía alargarse y encogerse, como si respiraran con vida propia. Sentía su mente al borde del colapso y su cuerpo parecía flotar en el aire, le era difícil mantenerse en pie.
—Lynelle. No te detengas. Sigue adelante. Confía en mí.
Se detuvo un segundo apenas, simulando apoyarse contra la pared por cansancio. Su corazón golpeaba frenético. ¿William? ¿Era posible? ¿O una trampa más del Consejo para quebrarla? No había tiempo para dudas. Continuó caminando.
En una curva del pasillo, entre la tenue luz de emergencia, una figura surgió de entre las sombras. Rápida. Precisa. Un brazo la sujetó, fuerte, pero sin lastimarla, y la arrastró hacia una compuerta auxiliar que chirrió apenas al abrirse.
Dentro, el aire era aún más denso, cargado de polvo y humedad.
—No hables. No preguntes. Solo escucha. —ordenó William, apretando su brazo.
La cerradura de la puerta emitió un pitido breve. Las cámaras del pasillo afuera se apagaron durante un parpadeo de segundo.
Pero Lynelle no lo vio. No podía saber que alguien más, alguien dentro del núcleo, estaba facilitando su escape desde el sistema. Para ella, solo William existía en ese momento.
—¿Cómo... estás vivo? —susurró, incapaz de contenerse.
William no respondió enseguida. Le entregó una pequeña prenda: un brazalete metálico, frío al tacto.
—Póntelo. Ahora. Fingirá que tu memoria fue borrada en los registros.
Ella obedeció con manos temblorosas.
Mientras, William tecleaba una secuencia en un pequeño dispositivo que parecía un celular antiguo. El aparato vibró levemente. En algún lugar lejano del núcleo, una alarma silenciosa se activó, y a la vez, ciertas cámaras quedaban ciegas temporalmente.
—Vendrán por ti —dijo William—. Actúa confundida. Perdida. Hazlo creíble.
—¿Y tú? —preguntó Lynelle, luchando contra la oleada de emociones.
—Yo no estaré aquí cuando vengan. Confía en eso.
Algo en su tono, una dureza bajo la urgencia, le heló la sangre. No era el William que ella recordaba. O tal vez sí, y era ella quien había olvidado cuánto podía cambiar un hombre cuando la muerte le rozaba.
Un destello azul cruzó la oscuridad del túnel: era la señal. No suya. No de ella. Alguien más les estaba ayudando. William se apartó como una sombra. Antes de desaparecer, susurró:
—Aguanta. Nos volveremos a encontrar.
Y entonces se fue.
Cinco minutos después, dos vigilantes la encontraron deambulando en círculos, los ojos vidriosos, murmurando palabras incoherentes. El brazalete cumplía su función: su pulso, su actividad cerebral, sus niveles de adrenalina, todo registraba como los de un sujeto que había pasado por el Rebirthing. Había escapado, pero a un precio aún incierto.
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La tarde caía sobre Delment con un tono plomizo que parecía pesar en el aire. El clima era sólo el reflejo del estado de ánimo de Lena mientras caminaba hacia la vieja casa de los Cooper, su mente cargada de preguntas.
Desde que vio a Lynelle unos días atrás, no pudo dejar de pensar en la advertencia que le había lanzado antes de desaparecer: “No confíes en nadie.”
No podía ignorarlo. No si quería comprender qué diablos estaba pasando en Delment y qué tenía que ver con la vida perfecta que parecía de otra persona menos suya.
Se detuvo frente a la puerta de madera vieja y barniz agrietado. Dudó un segundo, luego llamó con firmeza. La puerta se abrió casi al instante.
La señora Cooper, una mujer de rostro severo, cabello blanco recogido en un moño estricto, la observó desde el umbral. Su expresión era cortés, pero sus ojos tenían la frialdad de una muralla.
—Lena Walsh —dijo, como si masticara cada sílaba—. Qué sorpresa verte. ¿Qué te trae por aquí?
Lena forzó una sonrisa—¿Está Lynelle? Quisiera hablar con ella, si no es molestia.
La señora Cooper asintió apenas y se hizo a un lado—Pasa. Ella está en la sala.
Lena entró, sintiendo cómo el peso de las miradas invisibles caía sobre sus hombros. La casa era fría, ordenada de manera asfixiante. Todo en su sitio, como si cualquier alteración pudiera desencadenar una catástrofe. Era la misma sensación que tenía cada vez que visitaba a su madre.
Lynelle apareció desde la cocina, con un delantal atado descuidadamente sobre su ropa. Sus ojos verdes la buscaron al instante, brillando con un destello que Lena no pudo descifrar del todo.
—Lena —dijo simplemente, con un tono entre sorpresa y curiosidad.
La señora Cooper las condujo hacia la sala, donde una tetera humeaba sobre la mesa. Les sirvió té sin pedirlo, y luego, como si fuera parte de la decoración, se instaló en una butaca cerca de la ventana, fingiendo leer un periódico amarillento. Un silencio incómodo flotó entre las tres.
Lena se sentó frente a Lynelle, intentando encontrar la manera de abordar el tema sin levantar alarmas.
—Pasé para saber cómo estabas —dijo en voz baja. —No he vuelto a verte desde que me visitaste en casa.
—Bien. —La respuesta de Lynelle fue automática, vacía.
Un tintineo de porcelana, el roce de una página volteada. La señora Cooper no quitaba la atención del periódico, pero su oído estaba claramente puesto en ellas.
Lynelle sostuvo la taza de té con ambas manos, sus dedos largos y pálidos temblando apenas perceptiblemente. Aún no se recuperaba del todo. —¿Y tú? —preguntó, casi en un susurro.
—Confundida —admitió Lena—. Pensando en lo último que me dijiste.
Una sombra cruzó el rostro de Lynelle. Bajó la mirada —A veces... es mejor no pensar demasiado —murmuró.
La señora Cooper tosió deliberadamente. Lynelle levantó la cabeza y sonrió, forzada.
—¿Me ayudas en el jardín? Hay algunas plantas que necesitan ser trasplantadas.
Lena entendió la maniobra al instante.
—Claro —dijo, poniéndose de pie.
El jardín trasero era pequeño, protegido por una cerca alta de madera. Las plantas de azalea y romero apenas disimulaban el descuido en el que el lugar había caído. La brisa era fría, cargada del olor a tierra mojada. Una vez fuera de vista, Lynelle se acercó más, su rostro tenso.
—No podemos hablar allí adentro —susurró—. No es seguro. No aquí.
—¿Qué está pasando, Lynelle? —preguntó Lena.
Lynelle respiró hondo. —Hay cosas que están... cambiando en Delment. Cosas que no deberían ser posibles. Su mirada se perdió en el horizonte gris. —He oído nombres —continuó—. Nombres que creímos enterrados hace años.
Lena sintió un escalofrío recorrerle la espalda. —¿Qué nombres?
Lynelle tardó en responder. —Caleb.
La palabra cayó como una losa. Lena abrió la boca, luego la cerró. Un torbellino de recuerdos, de dolor mal cicatrizado, se agitó en su pecho.
—Caleb está muerto —dijo finalmente, su voz quebrándose—. Murió en un accidente.
Lynelle la observó largamente, como quien estudia un mapa en busca de rutas ocultas.
Lena se veía confundida o tal vez, pretendía estarlo. ¿Y si es parte de todo esto? La desconfianza se instaló en el pecho de Lynelle como un ancla, pero no dejó que se filtrara en su rostro.
—Quizá no todo lo que nos dijeron fue verdad —se limitó a decir.
Lena quiso preguntar más, exigir respuestas, pero el gesto rígido de Lynelle le advirtió que no, aunque insistiera, no le respondería más.
Un golpe de viento arrastró algunas hojas secas alrededor de sus pies. En la distancia, el cielo amenazaba tormenta. Lynelle se apartó un paso, como si la conversación ya hubiera llegado al límite de lo permitido.
—Ten cuidado, Lena —murmuró—. Aquí... nada es lo que parece.
Y sin más, se agachó para arrancar malas hierbas, como si la breve conversación no hubiera sucedido nunca. Lena la observó en silencio, su mente hecha un torbellino de preguntas sin respuesta. Sabía que el mundo que creía conocer estaba empezando a resquebrajarse. Y apenas comenzaba a vislumbrar las grietas.
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La casa se había vuelto más silenciosa desde que Arlen se había marchado. Lena no sabía si extrañaba esa presencia imponente que llenaba cada rincón o si, de algún modo, también respiraba aliviada con ese vacío dejado atrás. Nunca se atrevía a admitirlo en voz alta.
La noche caía sobre Delment como un manto denso y opresivo. La lluvia tamborileaba en el techo con un ritmo constante, mientras el viento susurraba entre los árboles, como si trajera voces antiguas y olvidadas. En su habitación, Lena dormía inquieta, atrapada en un sueño agitado.
Poco a poco, la oscuridad de su mente comenzaba a ceder. Los recuerdos emergían como un río subterráneo, filtrándose silenciosamente por grietas invisibles, arrastrando consigo imágenes que se resistían a permanecer ocultas.
Primero fue la risa. Clara. Libre. La risa de Caleb. Estaban en el prado detrás de su casa de infancia. Lena recordaba el aroma de la hierba recién cortada, el zumbido de los grillos, la calidez dorada de una tarde que parecía interminable.
Caleb, unos años mayor que ella, pedaleaba con todas sus fuerzas sobre su bicicleta roja nueva, mientras Lena corría detrás, sus pequeños pies descalzos pisando la tierra húmeda.
—¡Más rápido, Lenny! —gritaba Caleb entre carcajadas—. ¡Tienes que ser más veloz si quieres atraparme!
Ella reía también, con esa risa despreocupada que solo los niños conocen. El viento le azotaba el rostro, su cabello castaño flotaba detrás de ella como una bandera. Su hermano soltaba una carcajada aún más fuerte, girando para mirarla por encima del hombro.
—¡Nunca me alcanzarás! —se burlaba juguetonamente.
Lena gritó su nombre, fingiendo indignación, y redobló sus esfuerzos, tropezando, rodando por la hierba en un estallido de risas. Caídos uno junto al otro, ambos miraban el cielo, dejando que la tibieza del sol se impregnara en sus huesos.
—¿Prometes que nunca me dejarás? —preguntó ella, con la seriedad solemne de la niñez.
Caleb giró la cabeza hacia ella y le sonrió de ese modo suyo, con una mezcla de ternura y promesa eterna.
—Nunca, Lenny. Lo prometo.
El recuerdo cambió lentamente, como una marea oscura que empieza a cubrir la orilla. El prado soleado se nubló. El calor fue reemplazado por un frío pegajoso. Ahora estaba de pie a un lado de una carretera mojada, el asfalto brillando bajo la luz intermitente de faroles lejanos.
Una llovizna fina caía como una cortina invisible. El rugido de un motor se escuchaba a lo lejos. Un chirrido de llantas sobre el pavimento mojado. Un grito ahogado y después, silencio.
La bicicleta roja, rota, hecha trizas junto a la cuneta. Y allí, bajo la luz mortecina, el cuerpo de Caleb. Sangre. Tanta sangre empapando su camisa, corriendo por la carretera como pequeños ríos rojos.
Lena gritó, pero ningún sonido salió de su garganta. Intentó correr hacia él, pero algo la sujetaba, la mantenía inmóvil. Entonces los vio. Figuras de rostros conocidos, rostros que no debían estar allí. Huberth Johnson, el dueño de la funeraria, su expresión serena, casi complacida. El reverendo Abraham Dawson, murmurando oraciones en voz baja, sus ojos brillando de una manera que Lena no entendía.
Su madre, Arlen, observándolo todo con una mirada fría, calculadora, como si estuviera presenciando algo largamente planeado. Y entre ellos...Una silueta.
Un hombre alto, de cabello oscuro, que en medio de la confusión parecía Jared. ¿Era él? ¿O su mente la estaba engañando? La figura se volvió un segundo hacia ella, sus ojos azul profundo fijos en los de Lena. Una mirada que no transmitía consuelo, sino advertencia.
“No debes recordar.”
La escena se disolvió en un rugido de viento y lluvia. Caleb alzaba una mano temblorosa hacia ella, sus labios moviéndose en un susurro que Lena apenas podía oír.
—No confíes en ellos, Lenny... No creas nada de lo que te digan... Corre...
La carretera se partió en dos bajo sus pies, la oscuridad la devoró.
Lena se incorporó de golpe en la cama, un grito sofocado atrapado en su garganta. El sudor cubría su frente y su pecho subía y bajaba frenéticamente. La habitación estaba sumida en la penumbra, las sombras de los muebles proyectándose de forma distorsionada contra las paredes. A su lado, Jared se movió rápidamente.
—Lena —susurró, su voz impregnada de una preocupación perfectamente ensayada—¿Qué pasa? ¿Una pesadilla?
Ella se llevó una mano temblorosa a la frente, sintiendo cómo su corazón martillaba contra sus costillas.
—Estoy... estoy bien —logró decir con dificultad—. Solo fue un mal sueño.
Jared la observó en silencio, sus ojos azules brillando en la oscuridad.
—Deberíamos ir al hospital —sugirió suavemente—. Un chequeo rápido, para asegurarnos de que todo esté bien.
El pánico se apoderó de Lena de forma irracional.
—¡No! —exclamó, demasiado rápido, demasiado fuerte. Se obligó a bajar la voz. —No es necesario, Jared. Solo fue un mal sueño. Estoy bien.
Por un momento, el silencio se estiró entre ellos como una cuerda tensa.
Jared sonrió, pero sus ojos no acompañaron el gesto. —Está bien —dijo finalmente—. Si te sientes mejor así...
Se acomodó de nuevo a su lado, pasando un brazo por encima de ella. Un gesto que debería ser reconfortante, pero que se sintió como una trampa sutil. Mientras Lena cerraba los ojos fingiendo buscar el sueño, su mente era un hervidero de dudas.
¿Qué había sido real? ¿Su infancia feliz? ¿La muerte de Caleb? ¿El rostro de Jared observándola en aquel accidente?
Nada encajaba. Nada tenía sentido. Y lo peor era que en el fondo sabía que no había sido un simple mal sueño. Algo dentro de ella, algo que habían intentado enterrar, estaba despertando.
Mientras tanto, Jared permanecía despierto, su mente trabajando frenéticamente. ¿Había comenzado a recordar? No. Eso no era posible, al menos no tan pronto. Él se había asegurado de ello. Había supervisado él mismo el procedimiento. Lena había estado expuesta el tiempo suficiente para cumplir las órdenes del consejo, pero no el necesario para completar el proceso. Aunque algo podría haber fallado, considerando que no era la primera vez que era sometida a aquel procedimiento.
Pero si ella había empezado a recordar tendría que encontrar la forma de detenerla, antes de que lo recordara todo. Antes de que fuera demasiado tarde.
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El amanecer llegó sin promesa de consuelo. La luz grisácea se filtraba a través de las cortinas, tiñendo la habitación de un tono mortecino. Lena permanecía acostada de lado, mirando fijamente una grieta en la pared, con los ojos abiertos, secos.
No recordaba en qué momento se había rendido a la vigilia, pero sabía que no había vuelto a dormir. A su lado, Jared respiraba profundamente, sumido en un sueño demasiado tranquilo para su gusto.
La pesadilla —¿o había sido un recuerdo? — seguía palpitando en el fondo de su mente como un tambor lento.
Caleb. La carretera mojada. Los rostros que no debían estar allí.
Se obligó a levantarse con movimientos lentos, como quien teme que un solo gesto brusco pueda hacer que todo se desmorone. En el baño, se apoyó contra el lavabo, observándose en el espejo empañado. Sus propios ojos le devolvieron una mirada que no reconocía del todo: más sombría, más alerta.
Lavó su rostro con agua fría, esperando espantar el malestar que se le había adherido como una segunda piel. No funcionó. Mientras se duchaba escuchó los movimientos de Jared por la habitación. Luego ya no le escuchó más.
Lena se quedó por mucho tiempo, sintiendo el agua cayendo sobre su cuerpo sin hacer nada. Mil preguntas se formaban en su cabeza y ninguna parecía tener respuesta. Luego de mucho rato, por fin se obligó a salir de la ducha y a vestirse.
La cocina estaba silenciosa cuando bajó. Sobre la mesa, Jared había dejado su habitual taza de café, aún humeante, y un pequeño plato con tostadas. Un gesto normal, cotidiano. Demasiado normal. Demasiado cuidadoso.
Se sentó frente a la taza, pero no la tocó. En cambio, sus ojos recorrieron distraídamente la cocina, posándose distraídos sobre la fotografía enmarcada, en la repisa junto al reloj. Era una foto de ella y Jared, tomada en el jardín trasero. La había visto tantas veces, pero hoy sentía que había algo... extraño. Ella no recordaba ese día. No recordaba esa sonrisa. No recordaba esa ropa. Era como si su propia imagen le resultara ajena. Su pecho se apretó.
El desayuno fue una coreografía ensayada. Jared se sentó frente a Lena, la observó detenidamente, la tostada a medio comer en su plato, el café enfriándose lentamente en su taza. Lena le devolvió una sonrisa, se comportaba como era usual, pero algo vibraba en una frecuencia diferente. Como una cuerda tensa a punto de romperse.
—¿Dormiste bien? —preguntó Jared con un tono casual, aunque su mirada la escrutaba con atención.
—Sí —mintió Lena, apartando la mirada hacia la ventana empañada.
Jared asintió, pero sus labios tensos delataban su incredulidad. Terminaron de desayunar en silencio. Lena esperó a Jared por unos minutos mientras éste tomaba un baño y se vestía. Luego subieron al coche, Jared al volante, Lena a su lado, abrochándose el cinturón con movimientos automáticos. Todo tan normal, todo tan rutinario.
La ciudad pasaba como un sueño gris tras los cristales empañados. Fue a mitad del trayecto cuando Jared habló, en un tono cuidadosamente casual:
—Pensaba que podríamos pasar por el hospital antes de ir al centro. Un chequeo rápido. Para tu tranquilidad y la mía, por supuesto.
Lena giró la cabeza, estudiándolo. —No hace falta, Jared. Te dije que estoy bien.
Su voz sonó más cortante de lo que pretendía. Un músculo saltó en la mandíbula de Jared. Nuevamente el silencio se instaló entre ellos. Condujo unos metros más en silencio, los limpiaparabrisas marcando un ritmo constante contra el parabrisas.
—Solo sería un momento —añadió—. Un escaneo de rutina.
—No. —Lena sostuvo su mirada—. De verdad, Jared. Estoy bien.
Por un momento pareció que él insistiría. Sus manos se tensaron sobre el volante, hasta que la piel sobre sus nudillos perdió el color, pero entonces suspiró, esbozando una f una sonrisa forzada.
—Está bien—respondió. —Tú decides.
Ella asintió y volvió la vista al camino.
Pero Jared no estaba tranquilo. No le gustaba su tono. No le gustaba la desconfianza en su mirada. No le gustaba que, por primera vez desde su accidente, Lena se negara a seguir una orden suya.
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El Centro Hidrológico de Delment estaba a pocas calles de distancia. Lena miraba distraídamente por la ventana del auto cuando algo, o más bien alguien, atrapó su atención.
De pie en una esquina, junto a una vieja cabina telefónica oxidada, estaba él. Vestía una chaqueta oscura y una gorra de béisbol azul, echada hacia adelante, ocultándole el rostro. Pero algo en su postura... en la forma en que inclinaba la cabeza le resultaba inquietantemente familiar.
El corazón de Lena dio un brinco salvaje. La garganta se le cerró.
El hombre no se movió, ni siquiera se inmutó ante la mirada penetrante de Lena. Solo estaba allí, observando, como si supiera que ella pasaría por allí en ese preciso instante.
Un miedo primitivo, visceral, trepó por su columna. Antes de que pudiera reaccionar, Jared dobló una esquina, cortando su línea de visión. Cuando miró hacia atrás, la figura había desaparecido entre la niebla.
—¿Todo bien? —preguntó Jared, notando su tensión.
—Sí... —balbuceó Lena.
Sus palabras sonaban huecas, incluso para ella misma. Poco después, el coche se detuvo frente a las instalaciones del Centro Hidrológico. Jared apagó el motor, girándose hacia ella.
—Te recojo a las cinco —dijo, su voz impregnada de una calidez que no lograba enmascarar del todo su inquietud.
—Está bien —respondió Lena, forzando una sonrisa.
Se inclinó para darle un beso en la mejilla, como siempre. Jared le correspondió, pero sus labios estaban tensos.
Ella abrió la puerta y bajó del coche, viendo por el rabillo del ojo cómo Jared se alejaba lentamente, el auto desvaneciéndose entre la neblina matinal.
Pero no entró al Centro. Su corazón aún golpeaba con fuerza en su pecho. Sin pensarlo dos veces, Lena se giró sobre sus talones y comenzó a caminar calle abajo, de regreso hacia la esquina donde había visto al hombre. Tenía que saber. Tenía que ver si era real.
Desde su coche, unas calles más adelante, Jared observaba por el retrovisor. La vio. No entrando al Centro, sino caminando en dirección contraria. Sus labios se tensaron en una línea delgada. Algo estaba cambiando en Lena. Algo que no debía cambiar.
Se obligó a seguir conduciendo, fingiendo no haber visto nada. No podía apresurar las cosas. Debía mantener el control. Debía asegurarse de que Lena siguiera creyendo la mentira. Al menos, por ahora.
Pero una idea se instaló en su mente como una semilla oscura: Si Lena empezaba a recordar... tendría que tomar medidas. Y pronto.