Año 1989
La ciudad de Delment no solo se recuperaba de los trágicos eventos acaecidos durante las inundaciones que devastaron al pueblo, sino que comenzaba a crecer de forma notoria. La llegada de los forasteros, muchos de ellos atraídos con la idea de iniciar una nueva vida en una pequeña y próspera ciudad como Delment, propiciaron un reinicio de esta, aunque con ciertas limitaciones.
Con la llegada de los nuevos habitantes a la ciudad, se construyeron dos de las edificaciones que pasarían a ser de las más importantes para la ciudad Delment, por las funciones que desempeñarían: el Centro Hidrológico y el hospital.
La apertura del hospital constituyó un gran avance para la ciudad, y también marcó la llegada de quien se convertiría en uno de los más prominentes miembros de la comunidad, además de aliado del recién formado Consejo de Ancianos; su nombre era Sergio Canavero.
Canavero había sido un destacado m*****o de la comunidad médica durante muchos años. Desarrolló con éxito varios procedimientos experimentales e innovadores, demasiado avanzados para su tiempo, aunque parcialmente aceptados por algunos colegas; lo que le permitió gozar de una formidable reputación y respeto. Sin embargo, aún se encontraban algunos de ellos que rechazaron rotundamente sus ideas, tachándolas de absurdas y contra natura; acusando a Sergio Canavero de jugar a ser dios.
A pesar de toda la polémica que había alrededor de todo lo que representaba, sus teorías y procedimientos seguían siendo usados con mayor frecuencia. Muchos pacientes se aproximaban a él, con la esperanza de ser tomados en cuenta incluso para procedimientos meramente experimentales, con la idea de que, si no podían sanarse ellos mismos, al menos servirían para sentar un antes y un después, ilusoriamente creyendo en su aporte futuro para la ciencia.
Los métodos de Canavero no eran en absoluto ortodoxos; por el contrario, representaban una ruptura radical con los paradigmas tradicionales de la medicina. Su enfoque no sólo desafiaba lo establecido, sino que proponía una verdadera revolución en el tratamiento de múltiples condiciones, incluidas aquellas que afectaban directamente al funcionamiento de la mente. La neurociencia se convirtió en su obsesión, el camino por el que decidió encaminar toda su carrera. Sin embargo, esa misma elección lo condenó. Su empeño en cruzar límites éticos, y en algunos casos humanos, le valió el descrédito total y su expulsión de la comunidad científica.
Fue ese rechazo el que lo condujo finalmente a Delment. Allí encontró no sólo el anonimato que necesitaba, sino también una comunidad aislada y bajo control, lo suficientemente apartada del mundo como para experimentar sin restricciones. Delment no solo toleraba sus métodos: los necesitaba. Y él lo sabía. Pero con el tiempo, incluso en ese entorno, comenzaron a surgir tensiones. Algunas de sus ideas más extremas no pasaban desapercibidas para todos. Especialmente para Arlen.
El sonido de objetos cayendo al suelo rompió el acostumbrado silencio que reinaba en aquel lugar. Las pocas personas que transitaban los pasillos cercanos voltearon sus rostros, alarmados, pero sin atreverse a acercarse o siquiera preguntar. No era la primera vez que algo así ocurría. Y aunque nadie lo decía en voz alta, todos sabían, o al menos imaginaban, lo que estaba sucediendo en esa habitación.
—¿Cómo es posible que no sepas qué fue lo que salió mal? —la voz de Arlen resonó con dureza, tan afilada como una hoja de bisturí. No gritaba: pronunciaba cada palabra con fría precisión, sin apartar la mirada de su reflejo en el espejo, como si allí se librara la verdadera batalla.
Canavero dio un paso al frente, intentando sonar conciliador.
—Necesito que te calmes, Arlen.
Ella dejó escapar una breve risa, seca y cortante.
—¿Calmarme? Qué petición tan encantadora, doctor. Tal vez también debería servirme una taza de té mientras veo cómo mi rostro se marchita como un cadáver mal embalsamado. —Apretó los puños, pero mantuvo la compostura—. Mírame. Esto no es una molestia menor. Esto es un desastre con nombre propio: el tuyo.
—Te juro que hemos revisado todo el proceso, paso a paso —replicó él, con las manos abiertas en señal de franqueza—. Incluso hemos visto varias veces los registros de las intervenciones. No hay explicación clara de por qué sucede…
—Claro. El clásico “no sabemos qué falló” —interrumpió ella con una sonrisa cargada de veneno—. Qué conveniente. El comodín favorito de los que juegan a ser dioses sin tener ni la decencia de entender su propia creación.
Arlen dio media vuelta y caminó lentamente hacia la mesa, recogiendo un pequeño espejo de mano. Lo sostuvo frente a sí, analizando con detenimiento cada línea nueva en su piel. Luego, sin levantar la voz, dijo:
—Tú me garantizaste que dominabas el procedimiento. Que lo habías aplicado “cientos de veces”, dijiste, con esa pomposa seguridad tuya.
—¡Y también te advertí que no se había probado en humanos! —espetó Canavero, alzando la voz por primera vez—. ¡Tú y tu círculo fueron los primeros! Los riesgos estaban claros. Tú lo sabías.
Arlen lo miró con una furia contenida, los labios apretados con precisión casi quirúrgica. Sabía muy bien en qué se había metido. No era ingenua, ni víctima de un engaño. Había leído cada informe, revisado cada simulación, comprendido cada riesgo con la frialdad de quien está acostumbrada a decidir sobre la vida de otros… pero cuando se trató de la suya, la balanza se inclinó.
Fue ella quien convenció a varios en Delment. No con promesas vacías, sino con argumentos brillantes, técnicos, inapelables. Les vendió una posibilidad disfrazada de certeza, como sólo alguien desesperado y brillante puede hacerlo. Porque más allá de la ciencia, lo que la impulsaba era otra cosa: la necesidad visceral de detener el deterioro, de aferrarse a la imagen de control que su cuerpo empezaba a traicionar. No podía permitirse la debilidad de envejecer, de ver cómo su poder, su belleza y su influencia se desmoronaban junto con sus tejidos.
Era esperanza, sí, pero también vanidad, miedo y ambición. Una ambición feroz por mantenerse intacta, por no desaparecer. Por seguir reinando en un mundo que devora a los débiles.
Y, sin embargo, ahí estaba: atrapada, como el resto de los que sobrevivieron al procedimiento. Atrapada en un cuerpo que envejecía más rápido de lo previsto, que se deshacía con una urgencia perversa, como si se burlara de ella. Si el ritmo continuaba, no tardaría en convertirse en una especie de momia biológica, condenada a ver su reflejo marchitarse cada mañana sin que la ciencia, esa en la que tanto había confiado, pudiera ofrecerle redención.
Y eso era algo que Arlen no estaba dispuesta a aceptar.
—Oh, por supuesto. Los riesgos… —repitió ella, girándose con calma hacia él—. Me pregunto si también les recordaste a los otros que el riesgo incluía convertirse en un saco de piel marchita antes de cumplir los cincuenta. ¿O eso se te olvidó en medio de tu embriaguez científica?
Canavero guardó silencio por un instante, midiendo sus palabras.
—Estás viva, Arlen. En funcionamiento. Algunos ni eso pueden decir. Lo sabes mejor que nadie.
Sí, era cierto. Muchos de los que, como ella, se sometieron al novedoso procedimiento del doctor Sergio Canavero, acabaron en bóvedas de congelación luego de la cirugía, y otros, que se vieron inmovilizados del cuello para abajo, optaron por que se les practicara la eutanasia.
Ella lo miró fijamente, con el mentón ligeramente alzado y los ojos fríos como el acero.
—Sobrevivir no es lo mismo que vivir, Sergio. Algunos se conforman con respirar. Yo no. —Caminó lentamente hacia él, deteniéndose a una corta distancia—. Así que dime, con toda tu elocuencia médica, ¿cuánto tiempo tengo antes de convertirme en una estatua viviente? ¿O debo ir eligiendo ya la urna funeraria?
El silencio que siguió fue más brutal que cualquier réplica. Canavero bajó la mirada, vencido por una certeza que no podía disfrazar con tecnicismos ni promesas vacías.
Arlen dio un paso atrás, cuadró los hombros y alzó el mentón con esa arrogancia suya que parecía heredada de alguna diosa antigua.
—Haz lo que debas, Sergio —pronunció con una calma gélida—. Pero más te vale encontrar una solución. Porque si alguien termina en una de tus bóvedas congeladas… te aseguro que no seré yo.
Canavero tragó saliva y asintió, aunque evitaba su mirada.
—Déjame hacer unos cuantos análisis más —murmuró, en un intento de sonar firme.
La ceja izquierda de Arlen se arqueó con escepticismo.
—¿Y ese titubeo es lo que me ofrece el gran Canavero? Un puñado de análisis y una promesa vacía más.
—Una vez que estemos seguros de qué falló en el proceso, tomaremos las medidas correctivas —añadió él, intentando mantener el tono profesional.
—¿Y mientras tanto? ¿Deberé sentarme a observar cómo mi piel se cuartea como pergamino antiguo?
—Es muy pronto para entender todos los efectos adversos —respondió, ahora claramente a la defensiva—. Hasta ahora, sólo hemos registrado envejecimiento prematuro… pero no podemos descartar complicaciones futuras.
—¿Pretendes entonces que me quede así, suspendida en esta... decadencia, mientras tú haces tus gráficos y cálculos? —preguntó Arlen, cruzándose de brazos, la mandíbula tensa.
—Estoy diciendo que una nueva intervención podría matarte. No puedo garantizar que sobrevivas a otro procedimiento. Y dudo que hayas llegado hasta aquí para terminar siendo una mártir de la ciencia.
Los ojos de Arlen se entrecerraron. Su rostro, aunque aún imponente, parecía cargado de un odio sutil, contenido.
El silencio volvió a imponerse. Un silencio denso, donde el único sonido era el leve tic del reloj de pared.
—Qué ironía —susurró finalmente, con una sonrisa sin alegría—. Me prometiste eternidad, y apenas me diste una trampa de tiempo. Te felicito, Sergio. Has creado un milagro que se pudre en cámara lenta.
—Sé que esto es difícil para ti —intentó suavizar Canavero.
Arlen enarcó una ceja con teatralidad, como si acabara de escuchar el comentario más insulso del mundo.
—No necesito que me expliques lo difícil que es para mí. Lo veo cada vez que me miro al espejo… y créeme, es mucho más revelador que cualquiera de tus informes clínicos.
Canavero dio un paso atrás, incómodo.
—Sólo necesito algo más de tiempo. Juro que voy a resolver esto… para ti y para los demás. ¿De acuerdo?
Ella no respondió. Ni siquiera lo miró cuando salió apresuradamente de la habitación, como huyendo de su propio fracaso.
Arlen quedó sola. Frente al espejo.
El reflejo le devolvió una imagen que no reconocía. Una arruga nueva, fina pero cruel, surcaba el contorno de su boca. La tocó con la yema de los dedos como si fuese una herida.
—¿Tiempo? —murmuró con desprecio—. ¿Cómo puedo darte tiempo, si cada segundo me roba un fragmento de lo que soy?
Y entonces, en ese instante fugaz y absoluto, el miedo hizo su primera grieta en ella. No lo dejó entrar… pero ya sabía que estaba ahí.
Tiempo presente
De todo lo que sucedía a su alrededor, Lynelle tenía la seguridad absoluta de una situación, no habría nadie que se presentara a última hora para salvar el día… y su trasero. Esto no se trataba de una película hollywoodense, ni mucho menos de una muy elaborada historia de ciencia ficción. No. Esto era la vida real y llegados a este punto, estaba verdaderamente convencida de algo: estaba total y completamente jodida y no en el buen sentido de la palabra.
Mientras caminaba escoltada por ese par de ejemplares de macho alfa lomo plateado, descripción que ella se había formado en su cabeza, sólo podía imaginar las diferentes formas de tortura que podrían estarle esperando, al final de aquellos extraños tubos de vacío que conectaban la sala anterior, donde la dejó Jared, con la puerta blanco metálico que podía ver al otro extremo.
De no saber que marchaba hacia su muerte, habría disfrutado el recorrido. Todo parecía tan irreal. Desde los tubos que los transportaban, hasta los hombres que caminaban a cada uno de sus costados. Ellos no la llevaban a rastras, ni siquiera se atrevieron a tocarla, era como si pensaran que estaba contaminada o algo parecido; por supuesto que ella tampoco les había dado motivos para que ellos tuvieran que emplear la fuerza, y la idea de escapar, aunque pasó por su cabeza, la desechó inmediatamente, al percatarse de los taser que aquellos cargaban en la cinturilla del pantalón.
¿Su hermano habría conocido aquel sitio?, era la pregunta que rondaba en su mente, la cual trataba de absorber todo lo que estaba pasando, para traducirlo en las respuestas que deseaba obtener Lynelle, acerca de lo sucedido con William.
—Llegamos—la voz del vigilante la sacó de sus cavilaciones.
Al igual que sucedió con la puerta de acceso principal, una voz automatizada les indicó que podían ingresar e inmediatamente después, la puerta se deslizó hacia un lado, dejándoles el camino libre para entrar.
Volvió a sentirse abrumada, tanto que su cuerpo se paralizó, nuevamente. Caleb le dio un ligero empujón, instándola a continuar, y Lynelle por fin pudo ver con sus propios ojos de qué se trataba el laboratorio Rebirthing.
El laboratorio estaba equipado con una serie de estaciones de trabajo distribuidas con precisión casi quirúrgica. Sobre las mesas reposaban dispositivos de análisis genético, módulos de secuenciación en tiempo real y lectores de biomarcadores, todos conectados a una computadora madre de arquitectura cuántica, diseñada para recopilar y procesar miles de variables simultáneamente. Esta inteligencia sintética gestionaba no solo los datos de los experimentos, sino también patrones de conducta, índices de compatibilidad genética y respuestas a estímulos externos. En el centro del espacio, una gran pantalla de proyección holográfica mostraba una figura humana suspendida en rotación. Frente a ella, un hombre con bata blanca ajustaba parámetros invisibles con movimientos controlados. A un costado de la imagen, columnas de cifras y anotaciones técnicas flotaban en el aire, demasiado complejas para que Lynelle pudiera entenderlas del todo, aunque un nombre al margen captó su atención fugazmente.
Más allá del centro de datos, disimulados por sombras y condensación, se alzaban lo que a primera vista podrían parecer tubos de ensayo, pero eran mucho más. Cápsulas de contención biológica, de al menos tres metros de altura, diseñadas para albergar organismos humanos en estados de suspensión variable. No eran incubadoras convencionales: sus sistemas permitían alterar el entorno celular de los cuerpos en su interior, adaptándolos o preservándolos según las necesidades de cada proyecto.
Allí estaban los llamados “prospectos”, sujetos experimentales que se utilizaban como parte de un programa preliminar que buscaba perfeccionar los procedimientos de transferencia e integración neuronal destinados a los reemplazos. Su existencia no solo permitía probar la viabilidad del proceso, sino también anticipar mutaciones, rechazos o fallas en la adaptación celular. Eran, en esencia, organismos de ensayo: humanos empleados para medir la compatibilidad fisiológica, emocional y cognitiva con miembros del Consejo.
Lynelle se acercó a una de las cápsulas. Las luces laterales lanzaban destellos intermitentes que dibujaban sombras irregulares sobre los cuerpos suspendidos. El primero, un hombre con el rostro inexpresivo que tenía la mirada en blanco, fija en algún punto más allá del cristal. Un líquido verdoso burbujeaba lentamente a su alrededor, como si el tiempo allí dentro corriera distinto.
Sus rasgos estaban hinchados por el líquido, pero no era eso lo que la perturbaba. Era la ausencia de contexto. ¿Quién era? ¿Por qué estaba allí? ¿Estaba muerto… o dormido?
—Mierda —susurró. —¿Qué les hicieron…?
A pesar de que Lynelle intuía que algo siniestro sucedía en Delment, ver a esos sujetos allí, suspendidos en líquido, conectados a complejos sistemas de monitoreo genético, le reveló a Lynelle que los secretos más oscuros de Delment no eran simples teorías conspirativas. Eran ciencia viva. Realidad tangible.
—Debe ser muy importante para el consejo, como para que hayan enviado al mismísimo Johnson por ella.
—O sólo se trata de alguien a quien silenciar—sentenció Caleb.
— ¿Se dan cuenta que aún estoy aquí? —reprochó Lynelle, sin embargo, ninguno de los vigilantes la tomó en cuenta.
La caminata fue corta. Atravesaron el área donde estaban instalados los tubos de ensayo, y continuaron de largo hasta llegar a la zona de consultorios, los cuales eran cubículos cerrados, dedicados a distintas partes del proceso. Lynelle observaba las puertas blancas al pasar, hasta que los vigilantes se detuvieron frente a una de ellas. Sobre la misma se podía leer el rótulo de Reboot.
Lynelle tragó grueso al comprender que, detrás de aquella puerta, se encontraba su destino.
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Las llantas del auto chirriaron al resbalar sobre la tierra mojada por la lluvia. Jared giró la llave, apagando el motor, y descendió del automóvil; cerrando la puerta.
Se revisó a sí mismo con detalle antes de entrar en la vivienda que compartía con Lena, asegurándose de no dejar evidencia de lo que realmente había salido a hacer. Una vez que estuvo seguro, abrió la puerta de la casa y entró. Lena estaba sentada en una de las sillas de la sala de estar, leyendo un libro.
Desde el momento en que escuchó el ruido del automotor, el corazón de Lena había dado un brinco. Pasaba de medianoche, Jared debía haber regresado hacía mucho rato, nunca la dejaba sola tanto tiempo y menos sin haberla avisado antes. Por ello se quedó despierta, esperando su regreso.
—No esperaba encontrarte despierta—mencionó Jared sin disimular su asombro.
—No podía irme a dormir—. Respondió ella recibiendo el beso que él se acercó a depositar sobre su frente—Al menos no sin saber qué retenía a mi esposo fuera de casa.
¿Acaso era un reproche lo que percibía en el tono de su voz?
Aquello lo desconcertó. Durante todo el tiempo que Lena había vivido con él, jamás lo había cuestionado. Aceptaba sus respuestas sin insistir, sin indagar. No era desinterés, no del todo, más bien, a Jared le parecía que Lena estaba incómoda con su sola presencia. Como si algo en él le resultara extraño, ajeno, fuera de lugar.
No, aquel tono en la voz de Lena no parecía motivada por la confianza. Había algo más.
Jared siempre había presumido de ser intuitivo. Y ahora esa intuición le murmuraba una posibilidad que no quería considerar.
¿Y si algo había salido mal durante el “reboot”?
—Recibí una llamada —dijo al fin, quitándose los guantes sin mirarla—. Hubo un accidente.
Lena frunció ligeramente el ceño. Su expresión cambió, apenas un gesto, pero suficiente para que Jared lo notara.
—¿Desde cuándo llaman a alguien de una funeraria para asistir en un accidente?
—Pensaron que había un muerto. El auto quedó destrozado. Querían recoger el cuerpo cuanto antes.
—¿Y lo recogiste? —preguntó Lena. Su tono era neutro, pero Jared percibió la duda detrás.
Se desabrochó la chaqueta con lentitud y la colgó en el perchero de hierro junto a la puerta. Afuera, la lluvia seguía cayendo. El frío se filtraba por los ventanales.
—No había nadie. El coche estaba abandonado en mitad de la carretera.
—Eso es extraño.
—Bastante —admitió él—. Pero ya no es asunto mío. Que el alguacil se encargue. Yo solo soy un simple forense.
La última frase iba cargada de hiel. No se molestó en disimularlo. La punzada en su ego seguía allí, ardiendo. Sin esperar respuesta, se dirigió al dormitorio y empezó a desatarse las botas, de espaldas a ella.
Lena lo siguió, en silencio. El aire entre ambos se volvió más denso, más espeso. Lo observó mientras se cambiaba de ropa. Por un instante, pareció querer decir algo. No lo hizo.
Y aunque no cruzaron más palabras, ninguno de los dos volvió a estar cómodo esa noche.