Capítulo 8: El Núcleo: Rebirthing

3410 Palabras
Las cosas en Delment funcionan así. Desde el momento mismo del nacimiento de un niño, varón o hembra, antes siquiera de que éste pueda conocer a sus progenitores, es apartado de los suyos y llevado a uno de los laboratorios que se encuentran en el ala de acceso restringido del hospital. Allí los médicos le realizan una serie de estudios, cuya finalidad es detectar cualquier afectación genética, por mínima que sea, que impida al niño cumplir con los propósitos del Consejo. Si a un niño le es detectada alguna afectación que no pueda ser tratada o revertida con ayuda médica, es devuelto a sus padres para vivir una vida "normal", hasta que tenga la edad apropiada para convertirse en un verdadero prospecto, y ser trasladado hacia el Núcleo, claro está, si no moría antes de que eso sucediera. En cambio, si la afectación del niño es reversible, éste no es retornado con sus padres, sino que es aislado del resto de la ciudad y del mundo, siendo llevado al Núcleo para crecer e instruirse como vigilante, puesto que desempeñará hasta el día de su muerte o que sea desechado, lo que pase primero. Los niños perfectamente sanos y con ciertas características genéticas deseables, son catalogados como reemplazos; les es implantado un chip de reconocimiento y ubicación, el cual contiene toda la información vital para su identificación dentro del consejo y devuelto a sus padres hasta que estén listos para cumplir con el propósito para el cual fueron concebidos. Entre murmullos apagados, los vigilantes decían que algunos reemplazos no eran casualidades genéticas, sino producto de un diseño deliberado. Se hablaba de individuos creados en laboratorios, modificados para ser biológicamente compatibles con ciertos miembros del Consejo. Pero aquello, como todo lo que se susurraba sobre los orígenes de los reemplazos, nunca había sido confirmado. Caleb no creció en el Núcleo, como los otros vigilantes. Él tuvo una familia amorosa. Una vida normal. Tuvo amigos; y en el instituto había sido muy popular. Hubo un tiempo en el cual él hacía planes a futuro, un futuro que incluía tener hijos, muchos hijos. Era del tipo que gustaba de familias grandes, aunque la suya era pequeña. Su vida se vio truncada cuando por azares del destino, se había enterado, de la forma más horrible acerca de todo lo que ocultaba Delment detrás de aquella fachada. Aunque lo verdaderamente doloroso para él había sido descubrir que, quienes se suponía que debían protegerlos, en realidad conocían las maquinaciones del Consejo y lo apoyaban. Fue en el año 2002, específicamente en la noche del 13 de noviembre, que selló para siempre su destino, cuando intentó escapar junto con la única persona en todo Delment que de verdad le importaba. La única persona que le quedaba y que no dejaría atrás por nada del mundo. Para ese momento no existían los vigilantes, o al menos no de la forma en que se conocían en la actualidad. Nunca alguien había intentado escapar del hado para el cual fue marcado desde su nacimiento. No había necesidad de tomar a algunos de ellos e instruirlos y entrenarlos, puesto que los mismos mayores se encargaban de mantener todo en orden. La idea de los vigilantes se instituyó luego de que un hombre, catalogado como prospecto cuando niño, intentara escapar; llevándose consigo uno de los elementos más preciados para el consejo, un reemplazo. — ¿Qué... qué es lo que van a hacer conmigo? — Preguntó el prospecto capturado por Caleb. Su pregunta le hizo revivir recuerdos. Recuerdos que atormentaban su existencia y que tanto el Consejo como los doctores estaban seguros de que había olvidado, sin embargo, no contaban con que la afección en su cerebro; misma por la cual había estado a un paso de ser desechado, hiciera imposible que el procedimiento Rebirthing se completara a satisfacción. —No lo sé—. mintió Caleb—Y tampoco es mi problema. Pero lo sabía. De primera mano y mejor que nadie. El hecho de que el procedimiento no funcionara, no quería decir que no recordara qué sucedió luego de ser atrapado, además de que muchas veces observó a los médicos aplicar diversos procedimientos en algunos prospectos. Caleb recordaba con exactitud cada sensación, cada aguja, cada impulso eléctrico. Jamás había experimentado tanto dolor en su vida, a excepción de la vez que, cuando aún era un niño, el insoportable dolor en su cabeza resultó en una operación de emergencia en el hospital de Delment; que le había valido para cambiar de condición y ser catalogado como prospecto. Luego de aquel fallido intento de fuga, y de soportar las terribles consecuencias de su imprudencia y desacato, Caleb se constituyó en uno de los primeros vigilantes; muriendo así una parte importante de su vida. Dejó al prospecto en una celda de castigo, a la espera de las represalias por su atrevimiento, y retornó sobre sus pasos, con dirección hacia la sala de descanso. Había sido una noche difícil. Durante la temporada de recolecta siempre era así. No faltaba el prospecto que, al enterarse de la realidad de lo que sucedía en Delment, intentara escapar; la mayoría pensaba que llegando al Mentis sería más fácil, así que Caleb dirigía su operativo hacia ese lugar en específico. Sin embargo, aunque estuvieran preparados, no dejaba de ser agotador. La sala de vigilantes estaba sumida en un silencio denso, roto solo por los zumbidos de las pantallas que transmitían imágenes en tiempo real de los módulos de contención. Tres prospectos nuevos habían sido ingresados esa semana, y eso siempre encendía el ambiente como si se tratara de una nueva temporada de un juego macabro. —Una noche movida, ¿cierto? — Comentó uno de sus compañeros al verlo entrar. —Lo de siempre—. Murmuró él por lo bajo, renuente a interactuar con los otros, como era su costumbre. Cada vez era mayor el número de prospectos que intentaba escapar del Núcleo. Por supuesto, una vez dentro era imposible salir, al menos no con vida; por ello la mayoría de los prófugos intentaron la huida cuando apenas se divisaba la entrada a las instalaciones, en el momento en que alguno se atrevía a preguntar qué era lo que les sucedería. Muchos vigilantes amaban la adrenalina de perseguir a los prospectos. Si notaban que había uno muy inquieto o se mostraba algo temerario, le perturbaban con los detalles más escalofriantes de lo que pasaba dentro del Núcleo; y le facilitaban el escape para así perseguirlo. Era una práctica muy común, aunque poco gustada por Caleb. Él prefería encarar a los prospectos y advertirles que, en el momento que alguno intentara escapar, él mismo le mataría antes de que el proceso al cual serían sometidos, lo hiciera. Esa forma de trabajar, y el hecho de ser uno de los primeros vigilantes que aún no era desechado; le valieron para ser quién fuera llamado cada vez que el juego "del gato y el ratón" que hacían sus compañeros, se saliera de control. En pocas palabras, cuando las posibilidades de huir de un prospecto se volvían reales. Obviamente ningún vigilante era castigado, incluso había un Mercado de apuestas, donde algunos miembros del consejo y del laboratorio participaban, y que no hacía otra cosa más que incentivar este tipo de prácticas. —¿Cuánto le das al del módulo 4? —preguntó uno de los vigilantes, recostado en una silla giratoria, mientras chupaba con desgano una pajilla conectada a un vaso de proteína sintética. —Dos semanas. Está temblando cada vez que oye el cambio de guardia. —respondió otro, sin despegar la vista de la pantalla. Sus ojos seguían el movimiento errático del muchacho que caminaba en círculos por su celda. —¿Tan poco? Tiene buena masa muscular. Yo le apuesto un mes. Lo aguanta si lo transfieren al circuito sensorial, los que entran por ahí suelen romper más tarde. En una esquina, junto al tablero de puntuaciones informal que alguien había dibujado con marcador n***o sobre una pared opaca, Caleb escuchaba en silencio. No intervenía, pero tampoco se marchaba. Sabía que, si lo hacía, levantaría sospechas. Lo habían ascendido por su eficiencia, por su frialdad, y en ese entorno, la empatía era sinónimo de debilidad. Un tercero se incorporó y acercó una Tablet al escáner para registrar su apuesta. —Cuarenta créditos a que se quiebra antes de la segunda evaluación médica. —¿Nombre? —No importa el nombre. Solo ponle “El de la cicatriz”. Rieron. Como siempre. Convertían el sufrimiento ajeno en un deporte para mantenerse cuerdos. O al menos eso se decían a sí mismos. Caleb, de brazos cruzados, se mantenía de pie, apoyado contra una columna. Observaba en silencio la danza de números y rostros proyectados en la sala. Su expresión era inescrutable, pero sus mandíbulas estaban tensas. Fingía indiferencia mientras su estómago se revolvía. Uno de los vigilantes se volvió hacia él. —¿Y tú, Caleb? — preguntó con fingido interés— ¿Te unes o seguirás siendo el juez moral de la sala? Caleb levantó los ojos lentamente y fijó la vista en la pantalla donde el joven del módulo 4, el de la cicatriz, ahora rebautizado, se sentaba en el rincón más oscuro de su celda, abrazando sus propias rodillas. —Cincuenta a que no llega a la segunda semana. La frase cayó como un golpe seco. Su voz sonó neutra, casi aburrida. Pero por dentro, algo en él se apagaba un poco más. Un silencio breve, incómodo, se apoderó de la sala. Luego vino el murmullo de aprobación, el sonido familiar de teclas registrando la apuesta. —Eso sí que no me lo esperaba. El callado también juega. Los demás silbaron, sorprendidos. Pero Caleb ya no los escuchaba. Porque mientras todos veían un número más, él recordaba el momento en que su propia celda se cerró por primera vez. Y cómo aprendió que, para sobrevivir en ese lugar, uno debía enterrar cada parte humana que quedara viva. Observó una última vez la imagen del muchacho. “No lo recuerdes. Solo sigue.” Pensó. Antes de salir de la sala, Caleb se giró y marcó un código en la terminal de seguridad. La puerta del módulo 4 quedó cerrada con un refuerzo adicional. Nadie lo notó. Nadie supo que, al hacerlo, también estaba dejando activo un retardo silencioso en los sensores del corredor C. — ¿Te enteraste acerca de la chica Cooper? — le preguntó un vigilante, mientras salía de la habitación. Caleb negó—El Consejo está furioso, creo que no llegará ni a prospecto—. Concluyó— ¡Que desperdicio! De la forma en que Caleb veía las cosas, le iría mucho mejor si la mataban de una buena vez en lugar de convertirse en un prospecto. Le había tocado ver de cerca lo que sucedía con ellos, la forma en que eran tratados, como si sólo fueran un ratón de laboratorio; y esto hizo que Caleb llegara a agradecer el haberse convertido en vigilante. Él era un caso singular. Al haber crecido en una familia, le era muy difícil no llegar a simpatizar con los prospectos. En cambio, sus compañeros, ninguno de ellos conocía la vida fuera de las paredes del Núcleo, o del bosque circundante; por lo que les era prácticamente imposible sentir algo, positivo o negativo, hacia ellos. Para cualquier otro vigilante, cada prospecto solo significaba un número más. —Prepárate para salir—. Uno de los superiores interrumpió la inexistente plática entre ambos vigilantes—Tenemos una nueva orden. Caleb ya imaginaba de qué se trataba. Suspiró resignado. Al parecer esa noche no podría dormir y se sentía verdaderamente extenuado. Sin otro remedio más que seguir la orden dada, salió junto a su superior, a cumplir el nuevo mandato. __________________________________________________________________ Aunque lo imaginó un millón de veces, verlo con sus propios ojos era jodidamente impresionante. La montaña se abrió ante su mirada estupefacta, como si fuera la puerta trasera de cualquier casa, revelando uno de los secretos más celosamente guardado de Delment... el Núcleo. Era como mirar el corazón oscuro de Delment latir por primera vez. Lynelle lamentó no poder contarle a Nate lo que había descubierto. Resultaba evidente para ella que, después de haber visto aquel laboratorio, desconocido para muchos en Delment, lo siguiente que vería serían las moscas revoloteando encima de su cadáver putrefacto. Por supuesto que no las vería, pero no era difícil para ella imaginarlo. El hombre que se había atravesado en su camino, haciendo que tuviera que chocar con los árboles para evitar arrollarlo, era nada más y nada menos que Jared Johnson. De haber sospechado que era una treta, y que eso significaría su perdición, le habría pasado por encima unas tres veces, solo para estar segura. No había emitido una sola palabra desde que abrió la puerta de su auto y la sacó de forma brusca de adentro; y ella tampoco lo interrogó acerca de lo que sucedía. Lynelle presentía que, de atreverse a preguntarle, el silencio sería su única respuesta. Pero fue entonces cuando comprendió que sus sospechas no solo eran fundadas, sino insignificantes ante la magnitud de lo que estaba viendo. —Qué bonito sótano tienen los ancianos —murmuró, con una sonrisa ladeada. Nadie respondió. El eco metálico de sus pasos era lo único que llenaba el vacío. Lynelle mantuvo la barbilla alta, como si estuviera allí por elección. Pero sus manos, escondidas dentro de los bolsillos de su abrigo, no dejaban de apretar el dobladillo interno. Como si necesitara recordarse que aún estaba despierta. La entrada al Núcleo se trataba de un túnel de unos mil seiscientos setenta y dos metros de longitud y aproximadamente diez metros de diámetro; que atravesaba la montaña por el medio, y se enterraba en las profundidades de la tierra. Al final del túnel, una gran puerta metálica bloqueaba el acceso al ascensor que descendía hacia la sala de entrada de los laboratorios, ubicados a ochocientos cincuenta metros bajo tierra. A pesar de la situación en la que estaba, Lynelle no podía dejar de observar maravillada, cada uno de los detalles con los que había sido construido minuciosamente, el Núcleo. Volteó a mirar a Jared mientras éste digitaba su clave de acceso en el panel que se encontraba al lado de la puerta metálica; y acto seguido acercaba su rostro al lector de retinas sobre el panel. —No hay detalle que se escape de esta maravilla de la ingeniería—. Comentó Jared al darse cuenta de la mirada de Lynelle sobre cada uno de sus movimientos—Ni siquiera tú podrás hacerlo, Lynelle Cooper. Una vez dentro del Núcleo, ya no podrás salir. Una sonrisa retorcida se dibujó en su rostro. «Identificación finalizada. ¡Bienvenido de nuevo al Núcleo, Jared Johnson!» La voz automatizada del ascensor interrumpió la tensión entre ambos con una calma inhumana: «Nivel -1. Apertura autorizada.» La puerta se deslizó con un susurro mecánico y Jared indicó con un gesto seco que Lynelle entrara. Ella no se movió de inmediato, como si necesitara robarle al aire un último instante de control. Finalmente, dio un paso adelante. Jared la siguió sin mirarla, pulsó el botón que llevaba al primer nivel subterráneo, acceso restringido a los laboratorios Rebirthing, y las puertas se cerraron con un sonido metálico y definitivo. El silencio que siguió fue espeso. El leve zumbido del ascensor parecía amplificar el peso de cada respiración contenida. Lynelle, con el cuerpo tenso pero la voz firme, fue la primera en romperlo. —No tengo miedo a morir, Jared Johnson. Hizo una pausa, breve, como si necesitara saborear cada palabra. —Si a esa conclusión iba tu intento de amenaza, te ahorro el esfuerzo. Al menos ahora sabré qué le sucedió a William. Jared soltó una carcajada, seca, casi teatral. Había algo inquietante en su disfrute del momento, como si saboreara la ironía más que el poder. — ¿Así que de eso se trataba? —repitió, con una ceja arqueada—¿Saber el destino de William? —Búrlate si quieres. No me importa haber expuesto mi vida, con gusto los dejo matarme si con eso encuentro respuestas. Él giró levemente la cabeza, su mirada se afiló. El tono que adoptó a continuación se volvió más grave, más íntimo, como si le hablara al oído sin necesidad de inclinarse. — ¿Matarte? — Su sonrisa se desvaneció — ¿Quién habló de matarte? Por primera vez, ella desvió los ojos. La certeza que había sostenido hasta entonces empezó a deshilacharse, pero no iba a dejar que él lo notara. —Para esto me trajiste hasta aquí, ¿no es así? —replicó, aunque el filo de su voz ya no era el mismo. Jared la observó por un momento largo, inexpresivo. Luego, con una quietud aterradora, dijo: —No te he traído aquí para matarte—. El silencio que siguió no fue de alivio—Lo que te harán aquí será mucho peor. El ascensor se detuvo con un leve temblor y las puertas se abrieron. La luz blanca que inundó el espacio era tan intensa que por un instante Lynelle entrecerró los ojos, como si el brillo viniera no del mundo físico, sino de un abismo sin alma. Frente a ella se extendía una instalación deslumbrante y aterradora. Un corredor de metal pulido, superficies clínicas, luces estroboscópicas que parpadeaban sobre consolas que zumbaban suavemente. Era un lugar sacado de aquellas películas de ciencia ficción que de niña la fascinaban, solo que ahora no había maravilla, solo frío. Sus piernas se negaron a moverse. Jared, impaciente, la empujó con un leve empellón. El contacto la sobresaltó, pero no reaccionó. Entonces él dio un rodeo, se plantó frente a ella y extendió los brazos con exagerado entusiasmo. —¡Bienvenida a los laboratorios Rebirthing! — dijo, con una sonrisa tan amplia como falsa— ¡Aquí comienza tu nueva vida! Pero a Lynelle no le temblaba la respiración por el sarcasmo de Jared. Era la idea de que, en ese lugar donde todo parecía esterilizado e inofensivo, ya nada de lo que era le pertenecía. Y esa certeza, silenciosa y penetrante, fue lo que le heló la sangre más que cualquier amenaza. Trataba de mostrarse impávida ante la situación, sin embargo, no podía negarse a sí misma que estaba cagada del susto, literalmente. Su mente intentaba procesar de forma rápida todo lo que sucedía a su alrededor. Las personas de bata blanca que iban y venían sin darle importancia a su presencia o la de Jared; las estaciones de trabajo de tecnología avanzada que jamás en su vida había visto; los hombres uniformados que la miraban como si tuviera un tumor en el rostro y... «¿Dónde lo he visto?», pensó Lynelle mientras su mirada se dirigía hacia Caleb, quién se mostraba inexpresivo, parecía formar parte de la guardia real de Londres, ya que su mirada estaba perdida en la nada y ni uno solo de sus músculos se movía. —He traído a este prospecto por órdenes del líder del consejo. —Lo sabemos—. Respondió el vigilante, extendiendo su mano hacia Lynelle y sujetándole del brazo—Puedes retirarte, nosotros nos haremos cargo a partir de ahora. Jared asintió e inmediatamente se dio la vuelta, caminando hacia el ascensor. —Buena suerte—. Susurró con voz gélida, al pasar al lado de Lynelle. Todos los vellos de su cuerpo se erizaron. Aquellas simples palabras reactivaron el temor ante la incertidumbre de qué sería lo que pasaría con ella, una vez que Jared se fuera. Lynelle le observó mientras se marchaba; y no le quedó duda alguna, por la expresión complacida en el rostro de Jared, que lo que se avecinaba para ella, sería algo verdaderamente atroz. Caleb, quien hasta entonces no se había movido, alzó la vista justo antes de que las puertas del ascensor comenzaran a cerrarse. Su mirada se cruzó con la de Jared: un instante seco, sin palabras ni gestos, solo una fricción muda, cargada de algo que no alcanzaba a ser odio, pero tampoco indiferencia. Lynelle Cooper fue la única en notarlo, aunque no le dio importancia. En ese momento, sus pensamientos ya se habían adelantado a lo que pudiera esperarla más allá de ese umbral. Sentía el cuerpo ligero, como si ya no le perteneciera, y por primera vez no supo si lo que la dominaba era miedo… o el principio de una rendición silenciosa.
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