Aire gélido y cielos oscuros. Una típica noche en la ciudad de Delment. Es poco más de las nueve de la noche. La lúgubre ciudad duerme, junto con todos sus habitantes, quienes, acostumbrados a la escasa, por no decir nula vida nocturna de Delment, y a los regímenes establecidos, han desarrollado el hábito de dormir temprano.
La neblina cada vez es más densa conforme pasan las horas, y no se disipará hasta que comience a amanecer. El cielo luce un espectáculo de luces en tonos rojizos, que destellan cual relámpagos en una noche tormentosa. El silencio reina en todos los rincones de Delment; tanto que parece que incluso los animales ya están pernoctando, como si conocieran las reglas y las asimilaran como propias.
De pronto, en medio de la espesura del bosque que rodea la ciudad, algo rompe el silencio. El sonido de las ramas secas en el suelo, que crujen bajo las fuertes pisadas de alguien. La oscuridad circundante no permite saber quién es, pero se escucha cómo corre despavorido en medio del oscuro y denso conjunto de árboles que rodean los límites de Delment, convirtiéndolo en su patio trasero. Los pulmones le arden, como si tuviera fuego por dentro; y el corazón le late desbocado dentro del pecho, aunque no podría decir si era debido al ejercicio o a la situación.
— ¿Qué mierda está pasando? ¿Por qué tengo que correr esta suerte? —se preguntó en voz alta.
Tan sólo deseaba tener lo que todos. Terminar la universidad y obtener un trabajo decente, fuera de Delment; y tal vez, si la oportunidad se presentaba, formar una familia y no volver nunca más a pisar ese sitio.
Por supuesto, las razones que lo motivaban a querer dejar Delment se limitaban al exceso de reglas impuestas por el consejo y que sus padres lo obligaban a cumplir, muchas de ellas tan absurdas, como las que se referían al tipo de alimentación que debían ingerir, o a los exhaustivos exámenes físicos y médicos a los que se sometían desde niños. Y aunque todo eso le parecía sin razón y excesivo, jamás nada lo preparó para descubrir la verdad detrás de ello.
Luego de correr algunos cuantos kilómetros, sus piernas comenzaron a doler. No tenía idea de cuánto había corrido, desde las instalaciones subterráneas a las cuales fueron llevados y hasta el lugar donde se encontraba ahora, el cual tampoco tenía idea de cuál era; pero a pesar de contar con una excelente condición física, aquel tipo de ejercicio no planificado significaba un desgaste descomunal, inclusive para alguien como él.
Se detuvo por espacio de unos segundos. Se apoyó sobre las rodillas, inclinando el torso hacia adelante. Estaba jadeante, su respiración agitada; boqueaba en busca de aire, tratando de calmar su ritmo cardíaco.
¿Qué era lo que verdaderamente sucedía en Delment? ¿Qué era ese lugar tan insólito? ¿Y quiénes eran esas personas?, pensaba. Jamás los había visto en Delment, nunca, y mucho menos sabía de la existencia de un sitio como ése. Siempre creyó que el lugar en el cual vivía era un pueblo perdido en medio de la nada, donde la tecnología parecía ser algo malo y no era tan accesible. Esas instalaciones le demostraban que estaba equivocado.
Levantó la vista hacia el camino que tenía por delante. Todo estaba oscuro, y él no tenía consigo una linterna, por lo que le resultaba complicado el descifrar en qué lugar estaba con exactitud.
Escuchó pasos cercanos, que pusieron sus sentidos aún más en alerta. Necesitaba seguir avanzando, seguir corriendo, alejarse del peligro. Retomó su huida. Sabía que lo único que necesitaba era encontrar el río. Si lograba llegar al Mentis, sus probabilidades de no ser encontrado eran más altas. Ahí podría tomar cualquiera de los botes que estaban anclados al muelle.
El dolor de sus piernas se hizo más intenso. Golpeó la punta de sus pies en algo, no supo qué, pero lo hizo caer. Se levantó rápidamente y siguió corriendo, volteando hacia atrás cada tanto, esperando no ver a Los vigilantes.
Después de lo que le pareció una eternidad, al fin veía el reflejo de las luces rojas del cielo sobre las aguas del río Mentis. Una sonrisa se extendió por su rostro, pensando que había logrado escapar de su destino. Miró hacia atrás de nueva cuenta. Ni rastro de los hombres que lo perseguían. Ahora sólo quedaba bajar por la colina que se le presentaba al frente, y podría ser un hombre libre.
Escuchó un sonido similar al de un disparo; para luego sentir un fuerte punzón sobre en su espalda. Un choque de corriente de unos cincuenta mil voltios fue descargado sobre su humanidad, actuando en su sistema nervioso, causándole las más dolorosas contracciones musculares y espasmos, que jamás había sentido, y que no podía controlar; paralizándolo casi inmediatamente.
Cayó al suelo, confundido y desorientado. El dolor en su espalda, justo en el sitio donde los pequeños arpones estaban incrustados en su cuerpo, era insoportable; sin embargo, por más que intentó moverse o ponerse en pie, sus extremidades no respondían. Con ojos entrecerrados observó las botas de su agresor, mientras éste caminaba hacia donde él se encontraba.
—El prospecto ha sido reducido. Lo llevaremos de vuelta al Núcleo.
— ¿A qué rayos se refiere con prospecto? —, fue en lo último que pensó antes de caer en la inconsciencia.
Caleb se acercó al prospecto, y echándoselo al hombro como si fuera un costal de plumas, caminó apaciblemente hasta el sitio donde dejó estacionada la camioneta, mientras tarareaba su canción favorita.
Hubo otros tiempos en donde aquel trabajo le molestaba y producía en él una sensación de repulsión hacia sí mismo. Ahora no. Las cosas habían cambiado. Él había cambiado. Ya no era el mismo hombre que alguna vez había intentado escapar de su destino. No. Ahora lo aceptaba. Aceptaba el hecho de haber sido escogido, desde su nacimiento, para convertirse en lo que era, un vigilante. Ser un vigilante no se trataba de su profesión ideal, pero era mucho mejor que ser catalogado como un prospecto.
Arrojó el cuerpo inconsciente del prospecto en la parte de atrás de la camioneta, subiendo luego para atarle y evitar que intentara escapar de nuevo, no deseaba tener que ser sacado de su cama otra vez, solo porque a uno de esos idiotas se le ocurrió que podía evitar cumplir con su deber; así que hizo unos cuantos amarres más, solo por si acaso.
Al terminar saltó de la camioneta, cerrando la portezuela y tomando su lugar al frente del volante. El radio portátil volvió a sonar y Caleb lo zafó de la cinturilla de su pantalón, para acercarlo a su boca y responder: —Aquí estoy.
— ¿El prospecto está en buenas condiciones?
—No ha sufrido daños irreversibles, si a eso te refieres.
Se generó silencio del otro lado de la línea por unos breves instantes.
—Usaste de nuevo el taser—. No era una pregunta.
—Hice lo necesario para cumplir mi labor.
—Sólo... sólo trae el prospecto de vuelta al Núcleo, ya hablaremos aquí.
Caleb tiró el radio portátil en el asiento del pasajero y se dispuso a seguir las instrucciones dadas.
—No quiero ser un prospecto, no quiero.
—No pienses en eso. Jamás permitiré que te hagan daño.
Sacudió la cabeza, esperando así sacudirse aquel recuerdo de sus memorias, sin embargo, era inútil, siempre terminaba recordando ese momento... las promesas rotas. Al menos ahora tendría la oportunidad de saldar cuentas con ella; y los intereses moratorios eran bastante altos.
Caleb encendió la camioneta, y luego de echar una última mirada a la parte de atrás, donde descansaba el prospecto, comenzó su camino de vuelta al Núcleo.
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El cielo empezaba a colorearse con tonos naranjas y rojizos. La fresca brisa vespertina acariciaba su rostro. La risa infantil que le era tan familiar resonaba por todas partes, deformada, como en un extraño eco que le producía escalofrías hasta en la más pequeña fibra de su cuerpo. Miró en todas direcciones. El inmenso y oscuro bosque la rodeaba. Las ramas de los árboles se deformaban, simulaban garras trepidantes, negruzcas, que se estiraban intentando tocarla. Cielo y tierra se unían en una negra inmensidad sin límites o separaciones, parecían una sola forma.
¿Qué era ese lugar?
Fue la pregunta que golpeó su mente, pregunta que no pudo formular con su boca, pero que la había escuchado retumbar en su interior, con su voz, tan claro como ahora escucha su nombre siendo pronunciado.
—Lena—Alguien la llamaba.
Caminó a paso lento, siguiendo el sonido, su sonido.
—Lena… Lena—. Volvió a escuchar la voz que le llamaba.
La risa escapó por entre sus labios sin que pudiera hacer algo para evitarlo; una risa infantil que le sorprendió y al mismo tiempo, le llenó de alegría. Era de nuevo un infante, uno que no había tenido que vivir con el escarnio. Con la emoción que aquel descubrimiento provocó en ella, corrió al encuentro de quien la llamaba.
Ahí, sentado sobre una roca, a las orillas de un riachuelo, estaba él.
—Ven, Lena. Apresúrate. Quiero mostrarte algo.
El niño extendió su brazo, señalando hacia la derecha. El riachuelo formaba un camino que se perdía entre la oscuridad de una montaña.
—¿Puedes verlo? —preguntó el niño.
Lena enfocó la mirada, tratando de ver lo que le indicaba aquel extraño niño, sin embargo, solo podía ver oscuridad.
—¿Quién eres? —preguntó Lena, acercándose despacio hasta donde él estaba.
—Qué pronto me has olvidado, Lena—respondió con voz deformada. —Yo aún recuerdo tu promesa.
Cerca. Estaba tan cerca de alcanzarlo. Cerca de llegar hasta él, entonces, cuando está a punto de tocarle, el cielo se oscurece; y ante su mirada estupefacta, una oscuridad en forma de garras reptantes empieza a arrastrarse desde el suelo, provenientes de la piedra sobre la cual el niño reposa.
Quiere gritar, pero su boca no emite sonido alguno. Él continúa hablando, aunque Lena no entiende lo que dice. Quiere correr, pero sus pies no se mueven, las garras la sostienen y divertidas juegan a soltarle y sujetarle nuevamente. No puede ver sus rostros, pero los escucha claramente. Sus voces son como un gruñido, sonidos guturales que pronuncian palabras en una lengua desconocida para ella, y no logra comprender el mensaje.
Entonces las garras sujetan también al niño, mientras Lena contempla perpleja la escena, desmañada.
—Rompiste tu promesa, Lena. Ya nadie puede salvarte… ya nadie puede salvarnos.
Las garras empiezan a arrastrarlos, a sumergirlos dentro del agua, que de un pronto a otro pasó de ser cristalina a una especie de brea negra y maloliente. Ella hace el intento de resistirse, de salir a la superficie, pero una y otra vez sus intentos son reducidos a nada, y las garras la sumergen por completo en el agua.
Se incorporó bruscamente sobre su cama, gritando y llorando despavorida. La expresión en su rostro era de auténtico terror, el ritmo cardíaco acelerado, sudorosa, con las pupilas dilatadas, más aún no despertaba. Gritó hasta que su garganta comenzó a dolerle, entonces su cerebro envió la señal al resto de su cuerpo, haciendo que despertara de pronto, confusa y desorientada.
Lena miró a su alrededor y constató que estaba en su casa, en su cuarto, en su cama. Se llevó una mano al pecho mientras respiraba pausadamente, con la pretensión de tranquilizarse de una vez por todas.
Otra vez ese sueño. Era la tercera vez en la semana que tenía exactamente la misma pesadilla. Al inicio todo era alegría, volvía a ser una niña de siete años, corriendo entre el bosque. Entonces escuchaba la voz que la llamaba y se encontraba con el niño. Después las garras.
De sólo recordar su amorfa apariencia se le erizaban los vellos del cuerpo. Aunque lo que más le perturbaba era la sensación de conocer al niño más no podía recordar de dónde o quién era, pero la idea de que era alguien importante para ella no la abandonaba.
Apartó las sábanas y salió de la cama, dirigiéndose al cuarto de baño. La imagen que le devolvía el espejo no le agradaba en lo absoluto, en su rostro comenzaban a notarse los efectos de las largas noches de ambivalencia, saltando del insomnio a la parasomnia, algunas veces no pudiendo conciliar el sueño, y otras sin poder despertar de las horrorosas pesadillas.
Voces. Fue lo que creyó escuchar. Voces provenientes de algún sitio que parecía lejano y que retumbaban en su cabeza como un címbalo. Abrió lento los ojos, intentando adaptarse a la luz, o más bien, a la oscuridad.
¿En qué jodido momento se hizo de noche? No recordaba cómo llegó a la cama, y mucho menos en qué momento se quedó dormida. Lo último que recordaba era haber pedido un permiso para ir a recostarse un rato, pues estaba algo cansada luego de haber ido por su madre al hospital y haberla instalado. Lena aprovechó que Jared regresó temprano a casa desde la funeraria, para que él se encargara de cualquier cosa que necesitara Arlen, y así reposar de ese dolor de cabeza infernal que tenía desde el día anterior.
Se sentó de golpe y tuvo que llevar una mano a la cabeza, en un estúpido intento por parar las vueltas que le daba, pero fue en vano. No sabía si era el haber tratado de levantarse de esa forma, o si era producto de su propio estado de salud, pero lo poco que lograba ver con la poca luz de la habitación, parecía girar a su alrededor.
Lena respiró lento, contando hasta diez como le dijo el doctor Corona; como hacía cada vez que sentía los temblores en su cuerpo, acompañados por los mareos. Una vez que estuvo más recompuesta salió de la cama.
Caminó a paso lento, buscando a Jared. De nuevo escuchó las voces. Conforme se acercaba a la puerta de la habitación, podía escucharlas más fuerte y claro. Lena comenzaba a pensar que aquellas voces no estaban dentro de su cabeza, sin embargo, no podía decirlo a ciencia cierta. Desde el accidente, no sólo escuchaba cosas que Jared parecía no escuchar, también las veía.
— ¿Realmente se atrevió a aparecerse por aquí? Creí que el reverendo Dawson se había hecho cargo.
—Él se lo advirtió, pero la atolondrada no quiso hacerle caso y ahora deberá afrontar las consecuencias de su rebeldía.
— ¿Qué decisión tomarás? No creo que los Cooper acepten que suceda lo mismo que con William.
—William era un estúpido y débil. Sin embargo, esta chica es diferente, debemos de prestarle una atención especial.
— ¿Te refieres a.…?
— ¡Por Dios, Huberth! No todo se puede resolver de esa forma.
—Entonces, ¿qué harás? El consejo está esperando que determines qué hacer con ella.
—Por el momento, nada. La dejaremos ir.
— ¿Dejarla ir? ¡Te has vuelto loca, Arlen! De hacerlo seguirá husmeando por aquí. Puede dar al traste con nuestros planes. Considero más sensato mantenerla encerrada.
—La liberaremos. Aplicaremos el procedimiento con ella.
—De acuerdo, se hará como tú lo digas.
—Y por favor, dile a Jared que lo necesitamos aquí con Lena. Está visto que no es conveniente que esté sola. No quiero imaginar lo que hubiera pasado si Abraham no se presentara en el momento oportuno.
—Jared está... ¿cómo decirlo?... Decepcionado, sí, esa es la palabra; las cosas no han sido como las imaginaba.
—Me importa un rábano las expectativas de Jared en todo esto, lo que piense o sienta es irrelevante. Recuérdale que su relevancia en Delment y en este proyecto es sólo porque al consejo se le da la gana. Si quisiera, podría desestimarlo.
— ¡No puedes descartarlo, así como así! Sabes bien lo valioso que es para mí. ¿Dónde podría encontrar otro como él? Y aunque lo hiciera, me tomaría años cumplir de nuevo el protocolo. No puedo arriesgarme. No estaré en la posición en la que tú estás con Lena.
La puerta que daba a la cocina se abrió de golpe y las voces se detuvieron. Lena apareció frente a Arlen y Huberth, quienes se miraban el uno al otro en silencio, tratando de hablarse con la mirada. La pregunta que rondaba sus mentes era, ¿qué tanto escuchó Lena de su conversación?
Su primera reacción fue una mezcla de pánico y sorpresa. Recordaba bien que su madre estaba pasando algunos días de su convalecencia con ellos, sin embargo, al verla ahí, al ver a ambos ancianos ahí, la confusión se apoderó de ella. ¿Sería una alucinación suya o verdaderamente las voces que escuchó eran de su madre y suegro?
Arlen y Huberth seguían mirándose sin decir nada, lo cual no ayudaba a calmar su inquietud. Por un instante, Lena pensó que tal vez no estaban realmente ahí, que era su mente jugándole una mala pasada. Con cierta cautela, cruzó la cocina, pasando entre ellos sin decir palabra. Alcanzó un vaso en la encimera y lo llenó con agua del grifo, consciente del silencio que pesaba en el ambiente.
Huberth hizo un leve gesto con la mano en dirección a Arlen, como si le indicara que guardara la compostura. Parecían convencidos de que Lena no había escuchado nada de lo que habían dicho momentos antes. Pero en Delment, incluso los silencios podían ser peligrosos.
—Buenas noches, Lena —dijo de pronto Huberth.
Su voz la hizo dar un pequeño respingo, aunque también confirmó que aquello no era producto de su imaginación.
—Buenas noches, Huberth. —Luego se volvió hacia su madre—. ¿Qué haces despierta, mamá? David dijo que debías descansar. Aún no estás del todo bien.
—Soy más fuerte de lo que ustedes piensan, creen. Además, Huberth vino a ver cómo estaba. No podía negarme a recibirlo.
— ¿Cómo estás, Lena querida? —intervino Huberth con una sonrisa cargada de familiaridad—. Me dijo tu madre que no te sentías bien. Dime, ¿ya vas a hacerme abuelo?
—No tiene nada que ver con eso, Huberth, pero de suceder le aseguro que será de las primeras personas en enterarse— respondió Lena con una sonrisa ambigua. —A todo esto, ¿dónde está Jared?
—Salió a comprarte medicamentos para el dolor de cabeza. No debe tardar —contestó Arlen.
Lena bebió el vaso de agua de un solo trago. Como en otras ocasiones, la sed era extrañamente intensa, una constante cada vez que sufría uno de esos episodios. Dejó el vaso en el fregadero con un leve sonido de vidrio y se sentó, ocupando la única silla libre entre Arlen y Huberth.
— ¿Y de qué hablaban ustedes dos?
Huberth y Arlen intercambiaron una rápida mirada. Esta vez no hubo respuesta inmediata. Solo un silencio denso, casi imperceptiblemente incómodo. Lena tuvo la incómoda sensación de que había interrumpido algo que no debía haber presenciado.