El olor a café recién hecho inundó sus sentidos, provocando que despertara del profundo y reparador sueño. Se estiró en la cama para luego abrir los ojos por completo y mirar al lado. Jared no estaba, su lugar se sentía frío, por lo que asumió que llevaba rato de haberse levantado, y como ya era costumbre, la dejaba dormir un poco más.
Lena se deslizó perezosamente de la cama, colocándose las pantuflas y la bata. A pesar de haber pasado toda su vida en Delment, no lograba acostumbrarse al clima tan templado de las mañanas, es más, lo detestaba, a diferencia de Jared, quien parecía disfrutarlo. Siempre fue así. Aun cuando vivía con sus padres; lo cual era una de las tantas cosas que la hacía sentirse un poco fuera de lugar.
Aquello la llevaba a preguntarse constantemente si en verdad había pasado toda su vida en aquel sitio; y en los últimos meses, las interrogantes le atacaban con más frecuencia. Desde el accidente, se sentía que algo no encajaba, aunque no comprendía exactamente qué; pero la sensación de que ella no calzaba en su propia vida aumentaba a cada día.
Por supuesto que no se atrevió a comentarlo con su esposo. Jared siempre se mostraba irritable cuando Lena lo acribillaba con preguntas acerca de Delment; sobre cosas que, extrañamente, ella parecía haber olvidado y que debería conocerlas; especialmente cuando se trataba de situaciones o eventos que a ella le resultaban cuestionables.
Igual le sucedía con su madre. Lena realmente esperaba que siendo quien era, pudiera resolver las inquietudes que le surgían de repente; sin embargo, Arlen sólo le respondía con evasivas, cada vez que ella trataba de iniciar una conversación que involucraba, aunque fuera remotamente, el nombre de Delment o episodios de su vida que ella no recordaba y que todos parecían conocer mejor que ella misma. Últimamente optó por evitar la conversación, y guardarse para sí las ideas que rondaban su cabeza. De alguna manera, la sonrisa que se formaba en los labios de su madre durante esas cortas conversaciones, lejos de tranquilizarla, sólo lograban perturbarla.
Tuvo que sujetarse con fuerza del marco de la puerta de la habitación, cuando un temblor en sus piernas le sobrevino y amenazó con tumbar a Lena al suelo. La visión borrosa y los temblores en su cuerpo eran secuelas que se negaban a desaparecer, luego de su accidente. Aquello era el motivo por el cual su esposo se mostraba reacio a retomar su rutina diaria; y en lugar de eso, empezaba a volverse costumbre que él se levantara antes que ella para hacer el desayuno y los quehaceres de la casa que compartían.
Esperó por unos segundos hasta que sintió la fuerza suficiente en sus piernas para seguir su marcha, y una vez recompuesta se dirigió a la cocina. Se detuvo en el umbral de entrada y contempló a Jared en plena acción. Se movía sigilosamente, como un gato, haciendo una y mil maromas para preparar el desayuno. El café se le daba muy bien. Lena casi podía jurar que era el mejor que había probado; aunque no podía decir lo mismo de las tostadas o los huevos revueltos. Todo terminaba quemándolo.
A Lena se le escapó una risa. En momentos como ese, cuando le veía bailar distraído mientras intentaba romper un huevo y que el contenido cayera dentro de la sartén; verdaderamente podía apreciar el esfuerzo que hacía Jared para consentirla, sin embargo, el hecho de que él insistiera en llevarla todos los días al trabajo, cuando lograba convencerlo de que la dejara ir, que no le permitiera hacer nada en la casa o que se negara a que saliera a cualquier sitio sola, la hacía sentir un tanto abrumada.
Todos esos cuidados eran exagerados, al menos para Lena, la sofocaban. Empezaba a atesorar los pequeños momentos en que podía estar a solas, cuando Jared debía atender algún asunto relacionado con la funeraria y debía ausentarse, aunque fuera por una hora. Esos momentos sin Jared a su lado comenzaban a ser ansiados por Lena.
—Déjame ayudarte con eso.
Lena se acercó a Jared y tomó su lugar frente a la estufa.
— ¿Hice mucho ruido? No quise despertarte—. Le dijo, dándole un beso en la mejilla.
Lena negó: —Me despertó el olor del café. Sabes que lo amo.
—Espero que no más que a mí—respondió él depositando un beso sobre sus labios.
Lena se giró hacia Jared y arrojó los brazos a su cuello mientras él la tomó por la cintura, acercándola a él para besarla cuando el sonido de la tostadora les interrumpió, haciéndoles saber que las tostadas estaban listas. Jared se apresuró a sacarlas mientras Lena servía los huevos en dos platos y los colocaba sobre la mesa.
Aunque sus manos se movían con precisión mientras colocaba los platos en la mesa, Lena sentía ese cosquilleo persistente en los dedos, una especie de zumbido sordo que subía por el antebrazo. A veces, su visión se nublaba apenas un segundo, lo suficiente para que el filo de un cuchillo le pareciera una amenaza, pero había aprendido a disimularlo. No quería preocupar a Jared, no todavía.
— ¿Dormiste bien? —preguntó Jared casualmente mientras servía dos tazas de café y las coloca al lado de los platos.
—Como un bebé—respondió Lena mirando hacia otro lado, mientras ambos se sentaban a la mesa, intentando que su esposo no notara las bolsas negras que se habían formado bajo sus ojos. Jared fingió no verlas.
—Hoy debo viajar a Summer Hills con papá—. Mencionó—Estaremos todo el día fuera, ¿crees que estarás bien estando sola?
Lena asintió: —Voy a estar bien, Jared.
Jared asintió y siguió comiendo, aunque no pudo disimular los nervios que le producía el dejar a su esposa sola durante tantas horas, por lo que pensó que quizás sería buena idea algo de supervisión.
— ¿Cuándo le darán la salida del hospital a tu madre?
—David sugirió que permaneciera otro día más en el hospital, así que probablemente será mañana.
—Supongo entonces que irás a verla hoy—. Lena asintió—Le diré a Eddie que te acompañe.
—No es necesario, puedo apañármelas sola.
—Es algo que no está en discusión, Lena. Eddie irá contigo y es una decisión ya tomada.
—Creo que puedo decidir por mí misma, no soy una niña.
—Pero a veces te comportas como una. Necesitas la compañía, y lo sabes.
—Deja de tratarme como si fuera una inútil, Jared. No eres nadie para darme órdenes.
Al instante en que las palabras salieron de su boca, Lena se arrepintió. No deseaba ser grosera con Jared, en realidad no, pero su sobreprotección la estaba volviendo loca. Jared levantó la mirada de su plato, algo que no había hecho desde que se sentaron a la mesa o inició la conversación y la miró detenidamente por largo rato, sin mediar palabra. Lena sostuvo su mirada. No fue difícil deducir que Jared estaba molesto, la expresión de su rostro era una señal inequívoca de su enojo.
— ¿Por qué te empeñas en hacer las cosas a tu manera? — Soltó Jared—Estás tan empeñada en demostrar lo "fuerte e independiente" que eres, que no te das cuenta de tus limitaciones.
— ¿Limitaciones? ¿A qué limitaciones te refieres?
—Piensas que soy estúpido, Lena, pero te observo... siempre lo hago. Me doy cuenta de que aún tienes problemas de equilibrio, te mareas con facilidad y a veces pareces aturdida. Tampoco estás durmiendo bien. Sin embargo, eres testaruda, y no me permites ayudarte, te resistes a mis intentos por simplificarte las cosas y ni siquiera me cuentas lo que te pasa—. Jared suspiró—Evidentemente no confías en mí como antes.
Lena intentó decir algo, pero las palabras quedaban atravesadas en su garganta. ¿Cómo decirle, sin herir sus sentimientos, que lejos de ayudarla, la hacía sentir abrumada? Él no parecía darse cuenta de ello o quizás no quería hacerlo.
Jared terminó de comer y se levantó de la mesa, dejando el plato y taza sucia en el fregadero. La incomodidad del momento llevó a Lena a jugar con la comida restante en su plato, moviéndola descuidadamente con el tenedor, sin llegar a probar mayor bocado. Miró en silencio a Jared, mientras éste iba y venía por la casa terminando de prepararse para salir. Cuando estuvo listo volvió a la cocina, se inclinó hacia Lena y luego de depositar un casto beso sobre su frente, salió por la puerta de atrás sin decir nada.
Lena suspiró. Tomó el plato y tiró el resto de su desayuno en el basurero y el café dentro del fregadero. Mientras lavaba los platos el timbre de la puerta sonó; algo que no era habitual. Apenas eran las seis de la mañana y Lena no consideraba que fuese una hora para hacer visitas. Enjuagó sus manos para quitarse el jabón y fue a ver de quién se trataba. Un rostro sonriente se asomó por la mirilla, un rostro que le resultaba familiar, aunque no recordaba exactamente en dónde lo había visto.
— ¡Lena! — La chica se echó a sus brazos sin previo aviso—Cuando supe que habías regresado, no me lo podía creer. Tenía que venir a comprobarlo con mis propios ojos.
¿Regresado? ¿A qué se refería exactamente con "regresado"? ¿A dónde se había ido? Se preguntaba Lena internamente, sin comprender a qué se refería la chica. Lena se zafó de su abrazo, intentando ser lo menos grosera posible, aunque eso sería realmente difícil.
— ¿Nos conocemos de algún sitio? — Preguntó luego de poner algo de distancia entre ellas.
La expresión en el rostro de la chica le hizo darse cuenta de que no comprendía su rechazo, lo cual hizo sentir terriblemente mal e incómoda a Lena, pero era algo inevitable, por más que se esforzaba no conseguía recordar en dónde la había visto, si es que en verdad la conocía.
—Soy yo, Nellie... bueno Lynelle, Lynelle Cooper. Nos conocemos de la preparatoria, ¿lo recuerdas? Tú ibas unos años más que yo, eras compañera de William, mi hermano.
El nombre se escuchó familiar. Lena recordaba a cierto compañero de clase llamado William Cooper, pero la existencia de su hermana era algo que Lena no registraba en su cabeza. Además, no tenía motivos para recordar a William o a su hermana, nunca fueron amigos, ni tan siquiera cruzaban palabra.
—No.… yo no...
—Recién volví a Delment, y en cuanto me enteré de que estabas por el pueblo quise venir a verte—. Le interrumpió—En realidad creí que al igual que mi hermano te desaparecerías y no regresarías jamás por estos lares, aunque es entendible que estés aquí dada la situación, que, por cierto, en verdad lamento mucho tu perdida. No sé cómo se siente perder a un padre, pero debe ser algo muy difícil de superar o de olvidar.
Lena no lo entendía. ¿Por qué aquella chica venía a darle el pésame por su pérdida, si su padre había fallecido hacía muchos años? Ese pensamiento hizo que su mente empezara a divagar, sin prestar atención a lo que decía Lynelle.
—...Y entonces me dije a mí misma, «mi misma, tienes que ir a ver cómo está Lena y eso»; aunque a decir verdad me sorprendió el hecho de que estuvieras alojándote con Jared Johnson...
—Bueno, yo...
—Sé que tuvieron una relación larga y eso, pero jamás pensé que terminarías aquí con él...
—Él y yo estamos...
—Pero, bueno, sólo los ríos no se devuelven, a menos que sea el Mentis, claro está, ese río hace lo que le da la gana.
Lynelle hablaba con tanta naturalidad, con tanta certeza, que por un instante Lena pensó que tal vez sí se habían conocido. Pero si así era… ¿por qué entonces todo en ella, en sus palabras, en sus gestos, le parecía tan ajeno? ¿Quién era esa mujer? ¿Por qué hablaba de ella con tanta familiaridad? ¿Por qué parloteaba sin parar? ¿De dónde sacaba todas esas incoherencias?
A punto estaba de preguntarle a Lynelle por aquello cuando divisó un rostro conocido a lo lejos, en el camino que conducía a su casa. Caminaba a paso lento, con la habitual parsimonia que ya era conocida para Lena. En cuanto lo vio, su cuerpo se congeló por completo, era el efecto que provocaba en ella aquel hombre.
—Creí haber sido bastante explícito, cuando te dije que no te acercaras por aquí, Lynelle Cooper.
Lynelle se encogió de hombros. Su rostro se desencajó por completo, no había previsto que uno de los ancianos hiciera acto de presencia. Definitivamente esos viejos tenían un sexto sentido o se trataba de algo peor y en verdad el consejo era un aquelarre, como todos lo decían.
Se giró lentamente y se encontró con la mirada inquisidora de Abraham Dawson, que era capaz de erizar los vellos a cualquiera.
—Buenos días, reverendo Dawson, no esperaba encontrarlo aquí.
—Eso es más que evidente, tomando en cuenta que te atreviste a desobedecer una orden del consejo—. Dijo pasando por su lado y saludando a Lena— ¿Estás bien, querida? ¿Acaso esta atolondrada te ha importunado?
Lena estaba abrumada, sin saber qué decir o responder. ¿Por qué el consejo le habría advertido a Lynelle respecto a visitarla? Sin embargo, no hizo preguntas y se limitó a decir que todo estaba bien.
—Bueno, Lynelle, ya que has terminado de saludar a Lena, será mejor que te marches por donde viniste. Lena no se ha sentido muy bien últimamente y no puede ser importunada.
Lynelle miró al reverendo como si a éste le hubiera salido de pronto otra cabeza. Algo no estaba bien, lo podía intuir. Nada que incluyera al consejo de ancianos de Delment podía estar bien. Además, si mal no recordaba, Lena no era una devota creyente, ni siquiera recordaba haberla visto congregarse en la iglesia del pueblo. ¿Por qué de pronto había tanto interés de parte del reverendo Dawson por ella?
—Está bien, me retiro. ¿Puedo despedirme?
La pregunta era dirigida hacia el reverendo Dawson, quien estaba abrazado de forma protectora a Lena. El anciano se hizo a un lado, no sin antes darle una mirada aprehensiva a Lynelle, que no dejaba duda de la advertencia implícita en ella.
—Nos vemos en otra oportunidad, Lena—. Acercó el rostro a la mejilla de Lena y susurró: —No te fíes de nadie. En Delment nada es lo que parece.
Le dio un abrazo y se giró hacia la salida, pasando al lado del Reverendo Dawson al bajar los dos peldaños de la entrada y siguió caminando hasta su auto, el cual dejó estacionado frente a la casa. Tanto Lena como el reverendo se quedaron observando cómo se alejaba y se perdía por la calle.
— ¿Dónde está Jared? — Preguntó el reverendo entrando a la casa, sin pedir permiso alguno. Lena le siguió, cerrando la puerta tras de sí.
—Salió esta mañana hacia la funeraria. Tenía un viaje a Summer Hills con su padre.
—Le advertimos que no te dejara sola—. Refutó el anciano—Aún no estás completamente recuperada.
—No puede detener su vida sólo por mí, Reverendo.
—Tiene que hacerlo—. Concluyó el reverendo un poco exaltado, lo que asustó a Lena. Al darse cuenta de la expresión en el rostro de la mujer, trató de volver a la calma—Es lo que necesitas ahora, hija. Podrías abrirle la puerta a cualquiera que no tenga muy buenas intenciones.
Aunque su voz se notaba más condescendiente, su mirada aún se mantenía igual. Casi podía ver en ella la misma advertencia con la cual le exigió a Lynelle que se marchara. Lena intentó decirle que ella podía defenderse muy bien sola, que el hecho que aún no se recuperaba del todo de su accidente no quería decir que había perdido el juicio o el sentido de autoprotección, sin embargo, prefirió callar.
Las palabras de Lynelle resonaron en su cabeza. No te fíes de nadie. En Delment nada es lo que parece. No entendía por qué, pero algo en ella le decía que Lynelle Cooper tenía razón. Entonces Lena solamente asintió.