Capítulo 2: El peso de los muertos

2308 Palabras
Delment era una pequeña ciudad enclavada al pie de las montañas. Su centro consistía en tiendas y bazares que sobrevivían gracias al escaso turismo. Una diminuta cafetería, testigo silente del paso del tiempo, seguía en pie desde la fundación del pueblo. Las viviendas se extendían en círculos por las faldas de la montaña, siguiendo el curso del río Mentis, que atravesaba Delment en toda su extensión. La mayoría de las construcciones estaban hechas de madera, salvo en el centro, donde algunas edificaciones de concreto, introducidas tardíamente y a regañadientes, rompían la armonía de lo tradicional. Los habitantes se aferraban a lo antiguo con una terquedad casi sagrada. Delment parecía una ciudad detenida en el tiempo. Sus pobladores, curiosamente longevos, vivían como si formaran parte de una sola y gran familia. La mayoría tenía entre sesenta y ochenta años. Los más ancianos eran los fundadores del lugar; los demás habían llegado en los años ochenta, cuando una onda tropical provocó inundaciones devastadoras que obligaron a los locales a pedir ayuda externa. Estos factores influyen para que, en un pueblo tan pequeño como Delment, todas las personas se conozcan entre sí, por ello si alguien se iba o llegaba, era fácil para todos el saberlo. Así fue como todos supieron, años atrás, que Lena Walsh había decidido “irse”. A pesar de no ser la primera de su generación en marcharse de aquel lugar, las circunstancias que rodearon su partida dejaron una impresión duradera en el pueblo. Por eso, no fue de extrañarse que al verla llegar para asistir a lo que creían el funeral de Dorothy, el pueblo entero se detuviera a su paso. —Maldito viejo Johnson —murmuró Lena mientras caminaba por el centro en dirección a la funeraria Johnson. Eran poco más de las diez de la mañana cuando recibió la llamada del hombre, avisándole que todo estaba listo para la cremación de su madre. Aquello obviamente daba al traste con sus planes de regresar ese mismo día a su casa, por lo que tuvo que llamar a la oficina y pedir un día más para terminar con aquella diligencia. Las miradas que encontraba en su camino dejaban claro que su presencia no era bienvenida, pero eso a Lena no le importaba. Ellos no la querían ahí, y ella deseaba irse cuanto antes. Así estaban a mano. Al girar por una esquina para tomar la vía que conducía a la funeraria, se encontró con quien fuera la mejor amiga de su madre y su peor pesadilla; Arlen Stewart. Lena se preguntaba cómo era que la vieja momia, como la llamaba en secreto, aún siguiera en este mundo mientras que su madre había pasado a mejor vida. El claxon de un auto la sacó de su ensimismamiento. Se había quedado inmóvil en mitad de la calle, contemplando a Arlen, cuya mirada inquisitiva le provocaba una mezcla de temor y repulsión desde niña. A Lena no le hacía falta detenerse a preguntarle a Arlen el porqué de la notoria molestia en su rostro. Tenía muy en claro que ella, así como el resto de los ancianos del pueblo, estaba indignada por su decisión de no realizar un funeral tradicional. Sin duda, el viejo Johnson ya se había encargado de ventilar esa información por todo Delment. Pero a Lena no le importaba. No tenía por qué rendirle cuentas a Arlen ni a nadie en el pueblo. Ya no formaba parte de Delment, por lo que el consejo no podía interferir en sus asuntos. Llevaría a cabo la cremación de su madre y se iría de allí más pronto de lo que los ancianos podían dar la vuelta a la manzana. Se estacionó justo al frente de la funeraria. Al bajar del auto Lena notó que Arlen se acercaba hacia ella, y no venía sola. Otros ancianos y varios vecinos también se dirigían al lugar. Aquello le provocó un nudo en el estómago. No quería ni pensar que era lo que se traían entre manos y a decir verdad deseaba que lo que pensaba que era, no fuera cierto. Pero al ver que aquellas personas dirigían sus pasos hacia el mismo sitio al que ella se dirigía, supo exactamente de qué se trataba. Aceleró el paso y entró como un torbellino, sin llamar a la puerta, algo muy mal visto en Delment, sin embargo, a Lena no le importó pasarse los modales por el arco del triunfo en esta ocasión. No iba a permitir que el viejo Johnson se saliera con las suyas. —Señorita Walsh, me alegra que haya llegado a tiempo —la recibió con una sonrisa. — ¿Me puede decir qué carajos significa esto? El lugar estaba decorado, evidentemente para un servicio fúnebre, cosa que Lena no había pedido y que creyó haberlo dejado muy en claro cuando habló con el hombre el día anterior. —Lena, por fin llegaste —dijo Jared. Lena se giró y sus miradas nuevamente se encontraron. Tener a Jared así, frente a ella, verdaderamente se sentía como volver al pasado; un pasado que ella quería borrar, del cual llevaba mucho tiempo huyendo. Pero ahora que había superado el impacto inicial, Lena se permitió observarlo detalladamente. Jared aún seguía viéndose tan joven y atractivo como siempre, al menos para alguien que se hubiera quedado en aquel pueblo, el cual parecía avejentar a las personas; y conservaba esa mirada tierna y soñadora que tanto la atrajo en su adolescencia, aunque ya no parecía tan llena de sueños como antes. El viejo Johnson ni siquiera se dignó en responder la pregunta de Lena. Solo le dedicó una perturbadora sonrisa antes de marcharse hacia la sala norte de la funeraria, donde se encontraba el cuarto de velación, en el cual ya comenzaban a reunirse los vecinos del pueblo que se apersonaron a despedir a Dorothy. —Esto no era lo que quería —murmuró Lena, rompiendo en sollozos mientras se refugiaba en los brazos de Jared. —Lo sé —le susurró él, acariciándole la espalda—. Intenté detenerlo, pero ya sabes lo terco que es... que son. No iban a dejar que Dorothy se fuera sin una despedida. —Mamá no lo quería, Jared. Tú lo sabes. —Tranquila… —dijo, sin mirarla directamente—. Al menos respetó tu deseo de cremarla. — ¿Qué… qué dijiste? —¿No te lo dijo? —Lena negó con la cabeza—. Ted reparó el horno ayer. Esta mañana cremamos a tu madre. Aquella revelación enfureció por demás a Lena. Habría soportado el tener que estar con las personas de Delment, aunque ella no deseaba tener ningún tipo de servicio para despedir a su madre. Pero que hubieran cremado a su madre sin que ella estuviera presente para despedirse... eso era imperdonable. Se apartó de Jared con brusquedad y se dirigió hacia la puerta por donde había desaparecido el viejo Johnson. Tenía el cuerpo tenso, las manos en puños y el ceño fruncido. Sentía la ira subirle por la garganta como bilis. —Ya no hay nada que puedas hacer, Lena. Solo empeorarás las cosas con papá y con los otros ancianos. Se detuvo a medio camino. Cerró los ojos. Suspiró. Por más que le molestara admitirlo, Jared tenía razón. De entrar a ese salón a reclamarle a Huberth Johnson el por qué había hecho todo lo que hizo, lo más probable era que todo Delment se le fuera encima, como una jauría de lobos hambrientos. —No estaré mucho más aquí. Sólo debo resistir unas horas más—. Se repitió mentalmente mientras dejaba caer los hombros e intentaba calmarse. Miró a Jared y esbozó una sonrisa forzada, retomando el camino hacia la sala de velatorio. En el centro del pequeño salón, un gran retrato de su madre se erguía imponente, flanqueado por sendos arreglos florales, hechos con gardenias blancas y lilas, sus flores favoritas. No sabía quién lo había puesto allí, pero esa elección... esa mirada congelada de su madre… le dolía más que cualquier despedida. A medida que Lena avanzaba, varias personas se ponían de pie para saludarla o darle el pésame, aunque cierto grupo de personas, los Ancianos, voltearon su espalda a Lena. La chica ignoró por completo su descortesía, no esperaba menos de ellos. Si Huberth Johnson fue capaz de actuar a sus espaldas, ¿qué otra cosa podía esperar del resto de ancianos de Delment? El servicio se hizo interminable. Todo era tan meticulosamente correcto, que parecía falso. Como si su madre hubiese sido un símbolo más del sistema, y no una persona con deseos propios. Uno tras otro los Ancianos pasaron a mostrar sus respetos a la fallecida y sus dolientes, aunque todos coincidieron en que a todo el pueblo le afectaría la partida de Dorothy, pero que al menos les dejaba tranquilos que ahora ella y Frank estarían juntos en la eternidad. A Lena le pareció una exageración, además que no creía que su padre estuviera en el paraíso. No. Frank Walsh debía estar quemándose en el quinto asador del infierno, a fuego lento, muy lento. Su madre había tenido que soportar demasiado de él como para que ahora tuviera que pasar una eternidad a su lado. Si el dios en el que ella creía realmente existía, no permitiría que su madre estuviera al lado de aquel hombre. —Me alegro de que todo haya salido bien —comentó el señor Johnson una vez que el último anciano dejó el recinto—. A pesar de su reticencia, esto era lo que realmente deseaba Dorothy, y era lo correcto por hacer. —¡Usted no sabe nada, nada acerca de quién era mi madre ni de cuáles eran sus deseos! —gritó Lena, temblando, más de rabia que de tristeza—. Mi madre me dijo que no quería flores. Que la última vez que las tuvo cerca fue en el entierro de mi padre, y que bastaba. ¿Qué parte de eso le pareció “correcta” para ignorar? El señor Johnson retrocedió un poco, desconcertado por el estallido. Lena ya no lo miraba. —Siempre se tomaron atribuciones que no les correspondían. Controlando todo. Decidiendo por todos. ¿Qué es lo que se creen? ¿Que tienen derecho a dirigir la vida de los demás como si fueran piezas de ajedrez? Lo que ha hecho hoy es imperdonable… pero será lo último que deba soportar de este maldito pueblo. Ya no queda nada que me ate aquí. Con pasos decididos y pesados, avanzó hacia la mesa donde descansaban las cenizas de su madre, contenidas en una urna de plata. Acarició el borde suavemente, casi con culpa, y por un instante su gesto se descompuso. Pero no lloró. —No sé cómo le haces para quedarte aquí, Jared —murmuró al pasar junto a él, sin mirarlo—. Este pueblo tiene la habilidad de absorberte la vida. Y tú se la entregas sin oponer resistencia. Salió como una exhalación, arrastrando tras de sí la rabia y el desencanto. Sentía el aire denso, cargado, como si Delment la siguiera incluso afuera del recinto. Siempre había sido así: una ciudad que respiraba sobre los hombros de sus habitantes, con ojos en cada esquina, con normas no escritas que todos conocían y acataban como si fuesen ley divina. En Delment no se vivía, se obedecía. Las atribuciones que se tomaban los “ancianos”, los “guías”, como solían llamarse a sí mismos, no eran otra cosa que un control férreo, una dictadura disfrazada de comunidad. Delment les hacía creer a todos que estaban a salvo, protegidos, pero en realidad estaban atrapados. Vigilados. Modelados a la imagen de lo que el Consejo creía correcto. ¿Y su madre? ¿Cómo pudo soportarlo durante tantos años? ¿Cómo logró sonreír, criarla, amar en un sitio que drenaba lentamente la voluntad? ¿Cómo no huyó, como ella lo hizo apenas tuvo la oportunidad? Lo sucedido en ese día, no hizo más que comprobar que la decisión de no volver a poner un pie en ese sitio había sido la mejor, aunque aquello significó no ver a su madre ni despedirse de ella. Cargó con cuidado la urna hasta su automóvil y la colocó en el asiento trasero, como si al menos en ese último gesto pudiera ofrecerle a su madre algo de dignidad. Al menos en eso, pensó mientras arrancaba, su madre iría con ella. Aunque el pueblo la hubiera querido retener, Lena no se iría con las manos vacías. Esta vez, no. Encendió el motor y pisó el acelerador con fuerza. Eran casi las seis. La noche se acercaba con rapidez. No le gustaba conducir en la oscuridad. Usualmente, cuando debía viajar tarde, alguien más lo hacía por ella. Pero esa noche estaba dispuesta a romper sus propias reglas. Necesitaba alejarse, estar lejos de Delment y de su antigua vida. Ansiaba volver a su rutina, a una vida simple, donde los días eran grises, pero suyos. A su apartamento silencioso, con vecinos que no saludaban y calles llenas de desconocidos que no querían saber nada de nadie. A un trabajo mecánico y sin sentido, donde nadie juzgaba su vestimenta ni le preguntaba por sus creencias. Un lugar donde solo era ella. Allí no importaba si pensaba diferente. No debía fingir fe, ni obediencia, ni pertenencia. Allí podía ser invisible. Y en la invisibilidad estaba su libertad. Había olvidado, sin embargo, cuán oscuras eran las noches en Delment. Un tipo de oscuridad espesa, inmóvil, como si el tiempo se detuviera cuando el sol se iba. Una penumbra que calaba más allá de lo físico, como si el mismo pueblo se volviera más peligroso cuando nadie lo miraba. El peligro acecha en la oscuridad, solía decir su padre. Pero eran tantas las cosas extrañas que decía, que Lena había aprendido a ignorarlas.
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