Capítulo 3: El peligro acecha en la oscuridad

2196 Palabras
La carretera que conecta la ciudad de Delment con Summer Hills tiene un recorrido de más o menos ciento treinta y cinco kilómetros. Está bordeada en su mayoría por grandes árboles que la vuelven algo más oscura y tenebrosa que la mayoría de las carreteras. No cuenta con iluminación artificial. La única fuente de iluminación son la luna y las estrellas, cuando éstas se dignan a aparecer; y las luces de las farolas de los no muy abundantes autos que transitan entre ambas ciudades. Al borde de la carretera, en algunos tramos, hay instalados pequeños artefactos conocidos como ojos de gato, pequeñas piezas de plástico que reflejan la luz de las farolas, de ahí su nombre; y que sirven para prevenir que los conductores no se acerquen demasiado al borde de la carretera, especialmente en los tramos donde hay acantilados. El río Mentis recorre gran parte la carretera a Delment. En algunos trechos incluso atraviesa el camino, formando esteros en donde hay puentes no muy largos, que permiten el paso de los automóviles. El puente más largo está a unos veinte kilómetros del principio de Delment; justo sobre el lugar donde el río Mentis hace una enorme curva, cambiando de dirección y perdiéndose en medio de la espesura del bosque. Aquel puente es conocido como The Fall, ya que no han sido pocos los desafortunados que caen, o se tiran al vacío, desde su altura. Esto ha provocado que leyendas urbanas acerca del sitio, crezcan y se esparzan como la extraña niebla que cubre la ciudad por las noches. Muchos de los lugareños y visitantes, han garantizado haber visto almas en pena, y no ha hecho falta quien asegure tener alguna fotografía, aunque nunca la haya mostrado. Lena conduce con más calma de cuando salió de Delment. Atrás ha dejado de nueva cuenta aquel horrendo lugar que tanto detesta. Lo único que la ataba de alguna manera a ese sitio, era su madre, pero ahora que ella ya no estaba en este plano, podía seguir su vida sin preocuparse por tener que volver ahí, a menos claro que fuera estrictamente obligatorio, como cuando tuviera que vender la casa de sus padres, si es que lograba hacerlo. Aquel pensamiento la hizo relajarse y disminuir la velocidad con la que dejó el pueblo. Llevaba apenas unos cuantos kilómetros recorridos. Todavía faltaba un buen tramo de carretera para llegar a The Fall, sitio que le producía escalofríos, casi tanto como cuando vivía en Delment y padecía de estas sensaciones de forma constante. El reloj del tablero del automóvil indicaba que faltaban veinte minutos para las siete de la noche. Aún le quedaban poco más de hora y media para llegar a Summer Hills, y otro par de horas más para llegar a su apartamento. Moría de las ganas de echarse sobre su cama King size, dormir una buena siesta y olvidarse de los últimos dos días de su vida. Lo único bueno de todo eso había sido ver de nuevo a Jared. A pesar de que nunca sintió por él algo lo suficientemente profundo como para abandonar la idea de irse de Delment y quedarse a su lado como él se lo propuso, Lena guardaba un gran aprecio por él. Junto a Jared vivió momentos mágicos y especiales, cuando podían ser sólo ellos, sin pensar en todo lo que implicaba permanecer en aquel sitio. Lena suspiró cansina. Giró levemente la cabeza hacia la derecha y sonrió al leer la señal indicando que dejaba la ciudad de Delment. Era una mezcla de tranquilidad e inquietud la que atenazaba a Lena. La señal era también lo que marcaba que estaba a escasa distancia de empezar a recorrer los 3.9 kilómetros de The Fall. No era que Lena creyera en las historias que narraban acerca del puente, era bastante escéptica en lo que se refería a esos temas, sin embargo, era tarde y estaba bastante oscuro. Lena en verdad no deseaba poner en prueba si estaba equivocada o no. Al acercarse a la entrada del puente creyó ver a alguien. Por un momento dudó entre pisar el acelerador a fondo o detenerse. Quizás hubiera hecho lo primero, de no ser por el hombre que se colocó en medio de su trayectoria, moviendo los brazos desesperadamente sobre su cabeza, pidiendo que se detuviera. El auto rentado se paró a escasos centímetros de aquel desconocido. Intentó ver el rostro del hombre, pero el reflejo de las luces en la carretera se lo impidió. Lena vio cómo el hombre caminaba hacia el auto, rodeándolo por el lado derecho y abrió la puerta del pasajero. Su corazón empezó a palpitar a mil por hora, parecía que se le saldría por la boca en cualquier instante, pero a pesar de eso mantuvo la calma lo más que pudo. El hombre deslizó su cuerpo por la abertura y tomó asiento, cerrando la puerta al instante. Lena no se movió, ni puso el auto nuevamente en marcha. Sentía un miedo visceral que la congelaba; estaba tan asustada que incluso se negó a girar a su derecha para mirar al desconocido que había subido a su auto, temerosa de que al hacerlo no hubiera nadie, o algo peor. —Gracias por detenerte — dijo él. —Creí que tendría que quedarme ahí o caminar los ochenta y tantos kilómetros restantes hasta Summer Hills. Entonces se decidió en mirar. Como si sus movimientos fueran en cámara lenta, Lena volteó a mirar al desconocido. Sus miradas se cruzaron por primera vez en cuestión de segundos. Una sonrisa se dibujó en el rostro del hombre, quién podría tener unos cuarenta, a juzgar por las pequeñas líneas de expresión que se marcaron cerca de sus ojos. Llevaba puesta una gorra azul, de esas que suelen usar los camioneros, una camisa blanca, jeans azules y botas de vaquero, algo no muy frecuente de ver. Con algo más de calma, pero igual con miedo, Lena extendió su mano hacia el hombre: —Me llamo Lena, Lena Walsh. El hombre tomó la mano de Lena y la estrechó con la fuerza suficiente, sin llegar a ser doloroso. La sonrisa volvió a brillar en su rostro y Lena se sintió un poco más cómoda con ello. —Soy Douglas Adams, es un gusto en conocerte Lena. Y nuevamente gracias por darme el aventón. Lena asintió: —No tienes por qué agradecerme. Puso en marcha el automóvil y lentamente comenzó a atravesar The Fall. El hecho de estar acompañada le suponía cierto alivio, al menos en parte, ya que aún le parecía completamente extraña la presencia de Douglas Adams en su auto. —Y dime, Douglas —dijo, cambiando de marcha — ¿qué hacías en Delment? —Negocios. O algo así —dijo él con una sonrisa torcida—. ¿Y tú? ¿También huyendo de fantasmas? —Algo así —murmuró Lena. Luego añadió, casi sin pensar—: Mi madre murió hace poco. Volví por… asuntos personales. Douglas asintió, serio por primera vez. El silencio se mantuvo unos segundos. —Hay sitios que dejan marcas… incluso cuando crees que los has dejado atrás. Lena lo miró de reojo. Algo en su tono la inquietó. —¿Qué hacías caminando en medio de la nada? —añadió con un intento de sonrisa. Miró hacia el retrovisor y luego por su espejo lateral—. No recuerdo haber pasado junto a ningún auto varado. Douglas tardó un segundo más de lo normal en responder. —Tal vez quedó oculto entre los árboles —dijo al fin—. Me salí un poco de la carretera para no obstruir el paso. Llamé a los de rescate en carretera, pero no pueden enviar a nadie hasta mañana, así que decidí volver a buscar alojamiento. —No eres de por aquí, ¿cierto? —Él negó—En Delment no existen hoteles o posadas, y aunque las hubiera, creo que no hay nadie que quiera quedarse a pasar la noche ahí. A pesar de que en ciertas épocas del año el pueblo se abre al turismo, los visitantes suelen ir a pasar el día y luego viajan a Summer Hills a quedarse. —Eso fue lo que me dijeron, por eso decidí caminar y esperar a que la suerte me acompañara y encontrar a alguien que me acercara a un sitio para pernoctar, en Delment me dijeron que tampoco hacían ese tipo de "favores". —Es un pueblo muy pequeño, son muy pocos los que tienen auto y ninguno de ellos te ofrece servicio de transporte. Poco a poco, Lena se relajó más. Douglas era bastante divertido, se sabía chistes que ella jamás escuchó antes de nadie y eso la relajó. Durante algunos minutos incluso pensó que la noche no terminaría tan mal. Y sin embargo… esa extraña punzada, esa certeza de que no había visto ningún vehículo en la ruta… persistía en algún rincón de su mente. Sobre el kilómetro sesenta y dos divisó la vieja señal del puente angosto. Quedaba menos para llegar a su hotel en Summer Hills y Lena estaba cada vez más convencida de pasar la noche ahí, aunque no precisamente en su habitación o, mejor dicho, no precisamente sola. —Detesto conducir de noche—. Comentó Lena para romper el silencio que se formó en los últimos minutos—El peligro acecha en la oscuridad. — ¿Disculpa? —Es algo que solía decir Frank, mi padre. Siempre repetía esa frase cuando no quería dejarme salir. “El peligro acecha en la oscuridad” ... —Lena bufó de tan sólo recordarlo. Esta vez el silencio que se produjo en el auto no fue para nada cómodo. La atmósfera se sentía pesada. El miedo volvió a recorrer el cuerpo de Lena, como si las palabas dichas por ella misma activaran una especie de alarma en su cerebro. Douglas rió suavemente… pero el sonido no fue cálido. Cuando Lena volteó a mirarlo, la sonrisa en su rostro había mutado en algo frío, inquietante. —Deberías de haberle hecho caso a tu padre. La sorpresa por las palabras del hombre no fue tanta como la que provocó ver su mano sobre el volante del auto, maniobrando y haciendo que el vehículo se saliera de la carretera, justo cuando pasaban sobre el angosto puente que se cernía por encima de una de las tantas venas del río Mentis. Chocaron con la barandilla de madera y se precipitaron hacia el río Mentis. El golpe fue seco, brutal. El agua la envolvió en cuestión de segundos. El peso del motor no tardó en hacer que el coche empezara a hundirse. Lena miraba con pavor cómo el agua comenzaba a entrar con fuerza por las ventanas, las cuales llevaba abiertas un poco más de la mitad, llenando el interior del vehículo a una velocidad vertiginosa, al mismo tiempo que precipitaba su inmersión en las aguas del Mentis. Llevó su mano hasta el cierre del cinturón, completamente desesperada. El intento por desabrocharlo fue en vano, el cierre se trabó, impidiendo que Lena pudiera soltarlo. El agua subía con prisa, estaba a poco menos de un paso de cubrirla por completo y Lena descubre un nuevo miedo que hasta ahora no le había tocado protagonizar... el miedo a morir. Miró a su lado y no encontró a Douglas Adams. Su lugar estaba vacío, como si nunca hubiera estado ahí. ¿Habría sido una de esas almas en pena, que todo el mundo decía ver en The Fall? ¿Vino para llevársela consigo al otro mundo? Fue el pensamiento que la invadió. Afuera el auto hizo un sonido de ultratumba, casi sepulcral, al hundirse por completo en el agua. No quedaba ni una parte de éste visible al ojo humano, su presencia en el sitio era nula. Dentro Lena trataba de estirarse lo más que podía para capturar el poco aire que quedaba, pero la difícil labor empezaba a pasarle factura. Sintió como las fuerzas abandonaban lentamente su cuerpo, jalándola hacia abajo, hacia el agua, donde sólo le esperaba la muerte. Lena se dejó caer, entendiendo que ya nada podría hacer y que esos eran sus últimos minutos con vida. Entonces, comienza a sentir un leve ardor en sus pulmones por la falta de aire; y en un intento de obtener un poco de oxígeno, el agua invade de lleno sus fosas nasales. En ese preciso instante, cuando todo parece perdido la puerta del lado del conductor se abre de golpe, con un sonido atenuado por el agua circundante. El cinturón es cortado. En su inconsciencia siente que unos brazos fornidos le toman por la cintura, sacándola del auto y arrastrándola hacia la superficie. Presionaron su pecho. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Labios desconocidos se posaron contra los de ella. Una, dos, tres veces. Tres veces bastaron para que su cuerpo se sacudiera en espasmos y el agua que tragó saliera a borbotones por su boca. Lena abrió los ojos. Las imágenes eran borrosas, como antes de hacerse la cirugía láser para tener una vista 20/20. Intentó mantenerlos abiertos, enfocar, más no tuvo éxito. Sus párpados se cerraron pesadamente, volviendo a la inconsciencia. Lena volvía a ser vulnerable.
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