Capitulo 2. Desilusión.

2132 Palabras
Capítulo 2. *Desilusión. Me alejo saliendo del coche, estoy cerca de mi escuela y camino muy rápido, no sé cómo controlarme. Me beso, lo golpeé, son tantas cosas que no me atrevo a mirar atrás; mi corazón late tan fuerte que los nervios me sacan lágrimas, no sé qué sentir. Es la primera vez que estamos solos, que alguien me toca, que me besa; lo arruiné, me siento una tonta temerosa que se abraza con sus brazos cruzados sobre su pecho mientras trato de caminar casi corriendo a la escuela, donde paso directamente al baño. Mi mundo se derrumba; lo que pudo ser el mejor día de mi vida ha pasado a ser un tormento. —¿Anaya? Amiga, recibí tu mensaje, ¿estás aquí? —Aquí estoy. Le digo a mi segunda mejor amiga, Lucía, quien al entrar de inmediato me recibe en sus brazos. —Soy una tonta, quizás no vuelva a ni siquiera mirarme. Estoy perdida, Lucía, sin duda perdida, no pude controlar mis emociones, no pude, no con él. —Tranquilo, cariño, llevas soñando con esto desde hace años; aún no me explicas lo que pasó con claridad y ya vamos tarde a clases. Trato de calmarme y le explico detallado todo como lo recuerdo; aún no puedo evitar que mi corazón se quiera salir de mi pecho. Me siento sobre la mesa del lavamanos y me abrazo a mis piernas; estoy llorando por no entender mis actos. En ese momento entendí que aún era una niña ante todo lo que mi príncipe me había hecho sentir. —Hiciste lo correcto, no te angusties, yo también hubiera reaccionado igual, tú tranquila, todo pasará, igual no volverás a verlo hasta el verano, tú tranquila. Así era, todo ese tiempo sentí que era un error todo lo que había pasado, puesto que no volvió el fin de semana; sabía que las cosas cambiarían y así era, lo supe cuando mi mejor amiga, Antonella, llegó una tarde muy feliz de vuelta de la ciudad junto a una hermosa rubia, quien parecía ser mi peor pesadilla. —Hola, chicas, déjenme presentarles a mi cuñada, Sara Morgue. Sara, ellas son mis mejores amigas, Anaya y Lucia. Lucía y yo nos miramos un poco antes de presentarnos con la bella Sara, quien nos sonríe muy amable; es notable con clase y su humildad, una hermosa chica que sin duda cautiva a quien la ve pasar, muy merecedora de mi príncipe, o quiero decir, el suyo. —Es un placer conocerte, Sara, bienvenida a Loundo, Tennessee. Responde Lucía muy cordial. —Muchas gracias, Lucia. —Bienvenida, Sara, es un gusto. —Sí, igual Anaya. Nos quedamos viendo un poco y ella aparta su mirada ante la corneta de un coche en la que viene mi príncipe, su mejor amigo y su madre. Mi mirada se une con la suya y la sostengo hasta que la imagen de su novia besando sus labios me golpea fuerte. Lucía, al ver mi expresión, toma mi mano. Me mantengo calmada ante mi corazón ardiendo de dolor, porque sentí que quizás en su momento esa podría ser yo, pero era evidente que él no sentía lo mismo por mí. Quizás me besó por impulso, por gusto, no lo sé, pero me hacía sentir que me bajaron de esa nube en la que estaba. —¿Qué están viendo? Pregunta Marie, asustándonos a Lucia y a mí. —Por Dios, quieres sacar mi corazón. Dice Lucía mientras que yo trato de ocultar mi tristeza de mi hermana, quien fija su mirada en Damián por unos segundos y luego en mí. —O qué triste, hermanita, perdiste tu oportunidad, eso te pasa por ser tan tonta. —Marie… Dice Lucia y yo paso saliva incómoda ante su comentario. —Iré por mi silla de montar, disculpen. Me muevo a la tienda de un amigo de la familia; su nieto es quien pule las correas de mi silla y cambia la hebilla. Se acerca la semana de competencia ecuestre y necesito estar lista. Estoy distraída con Pablo, quien me ayuda a montarla en mi caballo, cuando su presencia me inquieta un poco, haciéndome sentir algo incómoda. —Buenas. Dice con seriedad, fijando su mirada en Pablo, quien se sorprende al verlo. —Damián, hermano, tiempo sin verte. —Igualmente, Pablo, te he traído las sillas de Antonella. Avísale a tu padre que mi abuelo necesita verlo por la tarde. ¿Las llevas tú o paso a buscarla? —No, patrón, ¿cómo se le ocurre? Nosotros las llevamos; déjeme terminar con la señorita Harper y de inmediato me pongo a trabajar. —Bien, gracias, permiso. Se quita su sombrero y hace una señal ante mi presencia para retirarse; mi corazón quiere salir de mi pecho al verlo fijar su mirada en mí, mi piel se eriza al recordar sus caricias y paso saliva sin poder evitar lo que su mirada ocasiona en mí. —Señorita. —Joven Hartford. Nos miramos un poco hasta que somos interrumpidos por Pablo, quien me informa que todo está listo. —Gracias. Le digo, acercándome para subir a mi caballo cuando veo a Damián acercarse a mí para ayudarme. —Permítame. Tiende su mano y yo, siendo cortés, la tomo, sintiendo esa conexión que me une a él, obligándome a apretar su mano ante la sensación, mientras subo a mi caballo. —Gracias. Le digo y, sin esperar respuesta, pongo mi caballo andar, dándole una señal a Lucía, quien sale tras de mí tratando de detenerme. —Le gustas. —¿Qué dices? —A DAMIÁN HARTFORD LE GUSTAS, ANAYA. —NO DIGAS TONTERÍAS, ESO NO ES CIERTO. —CLARO QUE SÍ, ANAYA, ¿POR QUÉ NO PUEDES CREERLO? Detengo mi caballo tras su pregunta. —Porque si fuera así, no hubiera traído a esa chica a conocer a su familia, me hubiera buscado después de ese beso; no le gusto, ni siquiera le importo, no soy más que una niña ante sus ojos, Lucía, no quiero hacerme ilusiones, no cuando lo quiero tanto que me siento una tonta incapaz de superar a mi vecino. —Pero amiga, quizás ese sea el problema, que estás enamorada de él desde muy joven, no has salido con nadie más. Mira a Juan, a él le gustas mucho, ¿por qué no lo intentas? —No, Lucía, olvídalo, toma en cuenta que este será mi último año; al parecer mi padre me enviará a la ciudad a estudiar en la misma universidad que él lo hizo, quiere que cumpla mis sueños. Yo me quedaré aquí a defender nuestro patrimonio y quizás Damián se haga cargo de las empresas de su familia en la ciudad; no estamos destinados a estar juntos, me hago ilusiones de algo que no va a pasar, creo que es mejor que lo olvide. Estoy dispuesta a olvidarme de él; está haciendo su vida y yo debo empezar a hacer la mía. *Meses después. He pasado los últimos meses entrenando duro para las competencias; siento que tengo un gran futuro. En las clases voy excelente, me siento tan afortunada al tener a mi abuelo y a mi padre, quienes son los que me ayudan a entrenar. Ya son más de cuatro meses y me siento más que lista para traer el título de campeonato este año nuevamente. —Vamos, Anaya, ya baja de ese caballo, tienes que prepararte para la cena; esta noche tu madre ha invitado a su amiga Florencia. ¿Acaso no quieres ver a tu amiga Antonella? —¿Regreso de la ciudad? —Así es, hermanita, ya hazle caso al abuelo, llegarán los invitados y tú aún no estás lista. —Pero tú sí, te ves guapísima, hermanita. Digo con una sonrisa. —Y tú muy sucia, vamos, estoy emocionada por escuchar a todos hablar sobre tus medallas y tu gran futuro. No sé si me lo dice jugando o era que realmente le molestaba; no me gustaba opacarla, por ello siempre trato de hacer cosas para desviar la atención sobre mí. No me gusta sentir que mi hermana y yo somos rivales; la adoro y sé que con su cabeza dura ella también a mí. Cabalgo un poco hasta los establos, donde me bajo para guardar a Fins, mi potro de pelaje n***o. Lo guardo en los establos y me adentro a la casa directamente a mi habitación, donde tomo una ducha. Al salir, me acerco a mi closet, donde saco un hermoso vestido blanco y tomo unos tacones negros con perlas. Cepillo mi cabello, recogiéndolo en un moño alto con hebras que sobresalen, haciéndome lucir muy hermosa, aunque no llevo nada más que un ligero labial rojo. Al estar lista, me coloco perfume y salgo de la habitación para unirme a los invitados que empiezan a aglomerarse en la enorme sala de mi rancho, donde los meseros reparten copas de vino y champán. Me acerco al centro mientras saludo a algunos invitados algo distraída, cuando lo veo platicando con mi padre y mi abuelo, mi corazón se acelera muy rápido; vaya que pensé que lo había superado, pero no es así. Ninguno había notado mi presencia hasta que Antonella pronuncia mi nombre. —Anaya… Se acerca a mí dándome un fuerte abrazo; eso me deja unos segundos para unir mi mirada con la de Damián, quien me corresponde de manera perfecta. —Estás de vuelta, te extrañé. —Y yo a ti, amiga, tengo mucho que contarte, pero eso no deja de lado que he vuelto para ganarte. Me hace sonreír. —No me queda duda. —Ven, tu abuelo nos estaba contando sobre lo mucho que llevas entrenando y lo bien que lo haces. Nos reunimos y la plática sobre mí se extiende; por más que trato de evitarlo, mis padres me demuestran lo orgullosos que están de mí, algo incómodo para Marie, quien se retira tras tantas cosas, y yo hago lo mismo. —Disculpen. Digo, alejándome de manera discreta para seguir a Marie, quien camina muy enojada a la salida. —No me sigas, Anaya, por favor, no habrá nada que me digas para que me detenga de irme. —Por favor, Marie, no lo hacen a propósito. —Lo sé, pero simplemente me opacas, no soy buena para montar y menos en muchas clases, no tengo premios ni nada que elogiar. ¿Para qué quieres que me quede? —Para que estés conmigo, a mí no me importa si tienes premios o no, sé que a papá y a mamá tampoco; eres perfecta como eres, no tienes que ser igual que yo para triunfar, sé tú misma, que eres increíble. Me acerco extendiendo mis brazos para que ella me corresponda y, en cuanto lo hace, un fuerte abrazo nos une. —Vamos, nos deben estar buscando. —Sí, vamos, quiero seguir viendo tu cara ante lo único que no has podido tener. —¿Tenías que arruinarlo? —Así soy, no lo olvides. Vamos, veamos qué hace tu amor platónico. La dejo alejarse mientras me quedo suspirando con incomodidad ante lo intensa y prometedora que será la noche. Sabiendo que apenas puedo resistir a la mirada de mi príncipe, me doy vuelta para volver a la casa, chocando contra el pecho fuerte y bien formado de mi príncipe, quien me sostiene en sus brazos. —¿Entonces soy lo único que no puedes tener? Lo mira fijamente un poco nerviosa, pero no se lo demuestro, esta vez no. —¿Escuchando conversaciones ajenas, joven Hartford? —Bueno, cuando se habla de mí, tiendo a ser muy perceptivo. Sonrió con ironía ante sus palabras. —¿Quién dice que hablábamos de usted? Me alejo un poco y, sin esperarlo, él vuelve a tomarme del brazo y me acerca nuevamente a su cuerpo. —No tienes que ocultarme que te gustó, solo ver cómo reacciona tu cuerpo cuando estoy cerca, me deja saber que soy a quien quieres. Me inquieta la manera en que acaricia mis mejillas y me eriza la piel haciéndome sonrojar mientras nos miramos sin cortar esa intensa mirada. —Niégame que no deseas sentir mis labios sobre los tuyos de nuevo. Pasa su pulgar por mis labios y me alejo de él muy incómoda. —Aléjese de mí, joven, yo no soy como las mujeres con las que está acostumbrado a jugar; a mí me respeta, no vuelva a acercarse o tocarme, porque no respondo. He tenido que tomar mucho valor para alejarme de él ante lo que siento, ante lo que creía que estaba muerto; no pienso permitir que me vea como un juguete con el que puede jugar y dejar de lado cuando él lo desee. Se terminó; aunque me muero por tenerlo a mi lado, prefiero dejarlo ir antes de que me lastime.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR