Capítulo 3.
*Plan.
*Damián Hartford.
Sonrió al verla marchar, no me equivoqué con ella, desde la primera vez que la vi sentí que mis emociones despertaban ante esa hermosa sonrisa, la manera dulce y coqueta con la que sonríe, esa mirada que despierta cada sentimiento oculto en mí no me ha dejado olvidarla, por ello hago el esfuerzo de venir a verla cada fin de semana, sé que espera mi regreso cada fin y se sienta en esa colita que divide nuestros ranchos a espiarme. Extrañe verla ahí este fin de semana en el que su ausencia marco mi día, quizás se está resignando a no verme, quizás fui muy inoportuno al traer a Sara, me siento un imbécil desde aquella ocasión, fui un cobarde al no bajarme del coche esa mañana y seguirla.
Es inquietante saber que tienes a tu alma gemela frente a ti y que no puedes tenerla, te invade la culpa y el remordimiento de lastimarla, contenerte para no tocarla, es inquietante cuando tu única opción es corresponder a los deseos de tu padre, lo que esperan de ti, siempre en la expectativa por ser el único quien puede dirigir las empresas que quedarán a mi cargo tras el retiro de mi abuelo, metros de distancia que me separan de lo único en lo que he soñado todo este tiempo, mi vida llena de privilegios, de un futuro prometedor el cual he forjado con mucho esfuerzo, me alejan de la única mujer con la que realmente quiero estar, cada vez que en mi familia se habla de mi matrimonio la mujer que viene a mi mente es esa dulce niña que me tiene hechizado con su belleza he inteligencia, una dama capaz, muy segura de sí misma, con una valentía increíble que solo la pierde al estar frente a mí, me teme, no la culpó, porque aunque no se lo diga, también siento lo que su corazón siente cuando está cerca de mí.
— Muchacho, vamos, tu padre lleva buscándote por todos lados.
— Voy abuelo.
Camino adentrándome al lugar, mi dulce niña no puede evitar fijar su mirada en mí, le correspondo notando como sus mejillas se sonrojan sin poder evitarlo. Me encanta esa manera en la que desvía su mirada de la mía para ocultar lo que la hago sentir. La cena da inicio, y coincidencia o el destino me lleva a sentarme junto a ella. Trata de evitarme a toda costa y mis pensamientos de la situación me bloquean al pensar en sus palabras, ella cree que juego con ella, lo que ella no sabe es que trato de protegerla de mí, aunque no sé si pueda contenerme por mucho tiempo.
— Damián hijo, cuéntanos un poco más de ti, ¿Cómo van los estudios? ¿Qué planes tienes a futuro?
Su padre me enfoca esperando respuesta, mientras tomo un poco de agua para pasar la comida y limpio mis labios con una servilleta.
— Señor Harper, como ya sabe voy por el primer año en la universidad, los planes siguen siendo los que ya sabe, me estableceré en la ciudad y me haré cargo de las empresas de mi familia, con el retiro de mi abuelo quedó a la cabeza junto a mi padre de todos los proyectos, estamos llevando una gran labor, las nuevas fábricas darán nuevas producciones y eso nos ayudará al crecimiento a futuro.
Puedo verla de reojo tomar de su copa mientras digiere el hecho de que no volveré a vivir definitivamente al campo.
— ¿Alguna relación muchacho? ¿Cómo llevas la vida en la gran ciudad?
— No señor, ninguna relación, termine hace unos meses una y no tengo planes de comenzar alguna otra por ahora a menos que sea con una chica que pretendo, en cuanto a mi vida en la ciudad, nada fuera de lo común señor.
— Es así, mi hijo también está teniendo mucho éxito, en cuanto se gradúe tendrá las herramientas necesarias para llevar la empresa familiar y una que él mismo está formando.
— Papá, no lo agobies con planes que aún tengo en marcha.
— No te avergüences muchacho, es grato saber que tienes la capacidad para continuar creciendo fuera de los negocios familiares, es de esperar que tengas éxito como tu padre y tu abuelo, buena cosecha, muy buena Elvis.
— Te lo dije Hugo, nuestros muchachos son lo que esperábamos.
Tras averiguarme la vida y dejar sobre la mesa los buenos hijos que somos, la cena da por concluida, los padres se reúnen para tomar té y café, mientras mi madre no deja de hablar de temas de moda con Anna la madre de Anaya, quien plática con su hermana cerca del jardín, hasta que amabas se desaparecen. Me siento incómodo de estar sentado entre nuestros padres quienes se enfocan en asuntos de mi cero importancia, así que decidí retirarme.
— Disculpen.
Digo levantándome de manera rápida antes de que a mi padre o a mi abuelo se les dé por establecer una conversación en la que no quiero incluirme. Al liberarme de la incómoda conversación, salgo al jardín donde puedo notarla caminar en dirección a los establos, trato de luchar contra mis deseos de ir a buscarla, mi corazón pide una cosa y mi mente trata de hacer otra, pero cuanto más lo evito, me veo caminando hacia ella quien me sorprende al salir a gran velocidad sobre su caballo, ¿A dónde va? Al verla cabalgar no lo pienso dos veces y tomo uno de los caballos, me subo en él para seguirla, la sigo sin pensarlo, sin poder detenerme y ella lo nota, ya que se da vuelta y al verme se sorprende, pero no se detiene, sigue cabalgando por el campo hacia los viñedos dónde se detiene y se baja del caballo muy enojada, la sigo bajando del mío para tratar de calmarla.
— ¿Qué quiere de mí? ¿Por qué me sigue? Dígame Damián.
— Porque no puedo evitarlo, por más que lo intento y deseo hacerlo, no puedo Anaya, me vuelves loco.
Suelto mi caballo y me acerco a ella tomándola en mis brazos, la sostengo y beso sin detenerme. Ella forcejea un poco, pero no la suelto, al contrario, la sigo besando hasta que me corresponde de manera perfecta, mi hermosa niña se sostiene de mi pecho recorriendo a mi cuello para sostener mi cabello que tanto le gusta, mientras me sigue correspondiendo a cada beso que le doy hasta detenerme en uno corto y alejarla un poco para verla.
— No eres un juego para mí, me enamoré de ti desde la primera vez que te vi con tu hermoso vestido color chocolate y ese sombrero que cubría tu rostro del sol, toda una hermosa princesa que me trae loco.
La miro a los ojos y ella a mí, estoy esperando respuesta cuando siento que se abalanza sobre mis labios y me besa con tantas ganas que trato de contenerme, la sostengo de las caderas y la abrazo fuerte cargándola sobre mi pecho mientras ella sigue besándome si querer soltarme y yo tampoco quiero que lo haga.
— Demos un paseo, tenemos que hablar.
La bajo y la tomo de la mano, ambos caminamos por los viñedos hasta la cabaña de sus abuelos dónde sujetamos a los caballos a un tronco y continuamos a la pequeña colina dónde ella solía sentarse a ver verme. Me quitó la chaqueta y la coloco sobre el suelo dónde la ayudo a sentarse y la sigo sentándome detrás de ella apoyándola contra mi pecho mientras la abrazo.
— No me tengas miedo.
Le digo al oído al ver lo nerviosa que está.
— No te tengo miedo, le temo a lo que me haces sentir.
— ¿Por qué le temes? Te quiero Anaya, te he dicho que me enamore de ti, quiero que seas mi novia, te quiero conmigo.
Al decir esas palabras ella se acomoda de frente y me mira con seriedad.
— Júrame que esto no es un juego, Damián yo realmente te quiero, no te burles de mí.
— No lo hago, te quiero conmigo, pero sé que no puedo tomarte y simplemente raptarte, quiero que termines tus estudios y si después quieres venir a la ciudad conmigo…
Ella me detiene colocando su dedo índice sobre mis labios para callarme y me da una sonrisa hermosa que me confunden ante su felicidad.
— En cuanto me gradué iré a la universidad en la ciudad, mi padre así lo desea, ¿Crees poder esperarme hasta entonces?
La toma de la mano y la atraigo nuevamente lo más cerca que puedo.
— Si puedo, si me prometes que solo serás mía y solo mía.
— Soy tuya, mis labios no han besado a otros que no son los tuyos, no existe nadie más en mi corazón que no seas tú Damián, me hace tan feliz que me correspondas, que digas que sientes lo que yo siento por ti.
Me sorprende ser el único hombre en su vida, por el cual siente tantas cosas, escucharla hablar me llena de ganas de seguir, de luchar por ella. La beso mientras la atraigo para acostarme sobre la fría grama dónde nos seguiremos besando sin querer detenernos. La tomo de las caderas tratando de no cometer el mismo error de la otra vez. Se aleja y me enfoca con seriedad ante esa hermosa mirada que me enloquece.
— Promete que tú también serás solo mío, que me esperarás y no habrá nadie más en tu vida que no sea yo.
En ese momento le sonrió y tomo de mi dedo el anillo que mi abuelo me regaló y sin pensarlo tomo su mano y se lo coloco como un símbolo de promesa.
— Te lo prometo, cada fin de semana, cada verano, en cuanto esté libre, siempre vendré a verte y cuando te gradúes ahí voy a estar, esperando para llevarte conmigo a la ciudad, en cuento eso pase, nada, ni nadie te alejara de mí, eres todo lo que una vez soñé.
Me sonríe y se quita un brazalete de cuero que lleva su nombre y me lo pone en la mano, no puedo detenerla, al colocarlo se abraza a mí con fuerza dejándome entender que es una promesa.
Tras quedarnos en la colina por varios minutos entre besos y caricias, volvemos a la casa, está empieza a ser la peor parte de nuestra relación, dónde tengo que dejarla y despedirme hasta que la vuelva a ver. Dándole inicio a una inquietante historia de amor.
— Feliz viaje Damián, te quiero.
— Yo a ti niña, cuídate, te llamaré y te escribiré todos los días hasta que nos volvamos a ver.
Sus labios sobre los míos nos despiden con un corto beso es evidente que llevan rato buscándonos y al alejarnos el vacío vuelve ante las ganas de llevarla conmigo.
*
Así pasan las semanas, como se lo prometí, hablamos todos los días, nos escribimos en todo momento, hablamos de todo y cada fin de semana vengo a verla y pasar tiempo con ella, aún nadie sabe de lo nuestro, o eso pensaba, vernos a escondidas en la colina o en el lago no era tan oculto, pero para mí no era un secreto y para ella tampoco, es evidente que en cualquier momento lo nuestro se va a saber y empiezo a cansarme de tener que verla a escondidas y que el deseo de tenerla más que un beso se intensifica y se vuelve una tortura para mí y no quiero cometer un error. Voy saliendo de su finca para volver a la ciudad tras despedirla cuando veo a Marie su hermana quien tropieza conmigo.
— Joven Hartford, creo que está muy lejos de su rancho.
— Señorita Marie, ¿Cómo estás?
— No tan bien como tu joven Damián.
La miro por unos segundos y le sonrió con una sonrisa ligera hasta que mis pensamientos se llenan de una gran idea que desborda mi mente.
— Señorita Marie, ¿Podemos hablar a solas? Quisiera que usted me ayude en un tema importante.
— Lo qué necesites Damián, solo dime la hora y el lugar y ahí estaré.