Armándose de valor toca la puerta. El mayordomo de la casa la recibe unos segundos más tarde, está tan nerviosa que hasta se siente mal por pasar de él, apenas saludándolo, pero tiene un problema que solucionar, urgentemente. Encuentra a su padre en la oficina, un cigarro entre los labios, la otra mano sosteniendo unos papeles, importantes a juzgar por el ceño fruncido con que los lee. —Leonardo— se anuncia, acompañándolo de un carraspeo. Su padre levanta la cabeza, la mira con confusión por unos segundos, pero después frunce el ceño aun más y tuerce los labios. La molestia es obvia, pero Gina hace caso omiso a su mal temperamento y se acerca a él. Toma la silla para ubicarse frente a su padre y se sienta sin prisa, dándose su tiempo para acomodarse, haciéndolo esperar tan solo para sab

