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Embarazada de mi Posesivo Jefe

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de enemigos a amantes
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Descripción

Anna Miller está exhausta. Durante años ha sido la mano derecha de Mauricio Williams, uno de los magnates financieros más poderosos y exigentes del país. Brillante, controlador y acostumbrado a tenerlo todo, Mauricio ve en Anna mucho más que una empleada...

Cuando Anna decide presentar su renuncia, todo cambia.

Lo que ella esperaba que fuera un adiós, se convierte en una tormenta. Mauricio se niega rotundamente a dejarla marchar y está dispuesto a hacer lo que sea para mantenerla a su lado.

Entre reproches, tensión y una atracción que ya no pueden ocultar, las barreras profesionales se derrumban y se entregan a la pasión. Pero justo cuando Anna cree que todo se complica… descubre que lleva en su vientre un lazo que los unirá para siempre.

¿Podrá el amor nacer entre el poder, el orgullo y un error que lo cambió todo?

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1| La Carta de Renuncia
Punto de vista de Anna El zumbido del intercomunicador aparta mi concentración de los números en la pantalla. Es un sonido breve, autoritario, y me hace enderezar la espalda automáticamente. Cuando él llama, nunca es una pregunta, es una orden. —Anna — su voz resuena metálica a través del pequeño altavoz, sin rastro de inflexión. Es un tono que exige mi atención completa. — Enseguida, señor Mauricio. Dejo mi pluma sobre la pila de documentos de la fusión y me levanto. Mi oficina, pegada a la suya, se siente fría, igual que mi vida de los últimos tres años. Respiro hondo. En este momento, no soy Anna la que soñaba con viajes o la que solía reír a carcajadas. Soy Anna, la asistente del presidente. Diligencia y profesionalismo son mi única armadura. Entro al despacho de Mauricio, elegante, con vistas panorámicas a la ciudad que él considera su reino. Él está de pie junto a la ventana, una silueta imponente contra el cielo brillante. Mide casi el doble que yo, y su traje, cortado a medida en un tono azul oscuro que acentúa la intensidad de sus ojos grises, lo convierte en una obra de arte inalcanzable. Mauricio se da la vuelta al escuchar mis pasos, y mi corazón, esa cosa desobediente y tonta, da un vuelco ridículo contra mis costillas. Es la misma punzada, la misma inexplicable atracción que siento cada vez que lo veo, a pesar de que él sea la personificación de la frialdad corporativa. Sus facciones son perfectas, cinceladas, pero coronadas por una expresión de perenne descontento y de amargura. — Buenos días, señor Mauricio. — Tarde, Anna. Lo miro, confusa. — Llamó hace exactamente diecisiete segundos, señor. Él no sonríe. Por supuesto que no. Los músculos de su mandíbula solo se tensan un poco. — El tiempo que lleva salir de su silla y llegar aquí es un desperdicio. Tome nota — me dice. Abro mi agenda de cuero y busco mi bolígrafo de tinta fina. El único color que me permito, diferente a mi uniforme sobrio, es el rojo de la tapa de mi agenda, un remanente de la Anna que fui. Mauricio regresa a su escritorio de mármol y se sienta con un movimiento fluido que detesto porque es tan jodidamente atractivo. Se apoya en el respaldo y me mira, no con interés, sino con la impaciencia de quien está a punto de dictar órdenes. — Lo primero: la reunión de Singapur se ha movido. Necesito el paquete de documentación lista para el vuelo en tres días. Viajaremos en un jet privado. — ¿Viajaremos? —pregunto, levantando la vista, sorprendida. No sabía que debía viajar con él. — Sí, Anna, viajaremos. ¿Está notando o está cuestionando mi decisión? La reprimenda es suave, casi imperceptible, pero me llega como un golpe bajo y por eso agacho la cabeza. — Anotado. Viaje a Singapur en tres días. — Dos: he revisado los borradores de los informes trimestrales. La sección de riesgo legal que redactó su equipo necesita ser reescrita con un tono más asertivo. No queremos sonar defensivos. Queremos sonar implacables. Revise el léxico. — Implacables. Léxico asertivo. Comprendido. Mientras anoto, mi mente vaga y pienso en su voz. Es profunda, dominante, y pienso en cómo sonaría esa voz si alguna vez susurrara algo dulce. El pensamiento me abochorna. Mauricio Willians es un hombre de números y decisiones de miles de millones de dólares. Él representa Global Financial Holdings, una firma que compra, reestructura y vende las partes más rentables de una empresa a los mercados globales, especializándonos en fusiones y adquisiciones internacionales. Yo soy la mujer que, además de velar que sus plumas favoritas nunca se queden sin tinta y que su café sea siempre n***o y humeante, también me aseguro de que toda esta maquinaria empresarial de millones de dólares opere sin fricciones, sin errores. Soy como la sombra de Mauricio que deja todo servido a su paso para que él mantenga su poder. Ahora ese poder el que me hace sentir asfixiada. — Tres: el convenio de Málaga — continua Mauricio —. Necesito que se comunique con el despacho de abogados Castillo y asociados. Dígales que la cláusula de compensación debe ser registrada. Es un no negociable. — Entendido. — Y quiero que supervise personalmente la preparación de la sala de juntas para la videollamada de mañana con los accionistas de Londres. No el equipo de limpieza. Usted. Las luces deben estar en un sesenta por ciento, la temperatura a veintiún grados exactos y la botella de agua Fiji en la mesa, no San Pellegrino. Es una cuestión de preferencia, Anna, y mis preferencias en esta oficina se respeta. — Fiji, no San Pellegrino. Sesenta por ciento de luz. Veintiún grados. Cierro los ojos un instante mientras presiono el bolígrafo con más fuerza de la necesaria. Me he convertido en una guardiana de las ridiculeces de la élite. Las trivialidades de su vida se han convertido en el centro de la mía. Y lo peor es que soy buena en ello. Soy ridículamente eficiente, la mano derecha que él nunca tiene que mirar para saber que está ahí. Mauricio se recuesta un poco más, cruza los brazos sobre su pecho musculoso y tenso, y me observa. Por un instante, mientras él analiza mi rostro y yo continuo anotando, mi mente retrocede en el tiempo. Recuerdo la primera vez que entré en este edificio hace tres años. Yo tenía veintidós. Una pasantía que se convirtió en un puesto permanente gracias a mi rendimiento. Llevaba una blusa de color amarillo brillante y el pelo recogido en una coleta alta que rebotaba cuando caminaba. Reía con mis colegas en la pausa del café y me emocionaba con cada nuevo proyecto. Era vivaz. Era yo misma. Él era mi jefe desde el principio. Joven para ser presidente, implacable desde entonces. Yo pensaba que su seriedad era un desafío, una montaña que conquistar con mi entusiasmo y mi eficiencia. ¿Qué pasó? El amarillo se convirtió en gris. Las risas se convirtieron en silencios disciplinados. El entusiasmo se atenuó bajo el peso constante de la perfección. Ya no puedo permitirme un error, no puedo permitirme el cansancio, y mucho menos la alegría espontánea. Él me lo quitó con su demanda constante, con su temperamento de mármol. El estrés, la soledad autoimpuesta para centrarme solo en su mundo, y su amargura contagiosa se infiltró en mis venas como un veneno. Ahora, mi vida es un apéndice de la suya. No tengo amigos cercanos, mi familia se queja de mi ausencia, y mi único interés, mi única... pasión, es este hombre que me mira como si fuera una impresora de alta gama. Una parte de mí, la parte profesional que he construido con tanto esfuerzo, está orgullosa de mi crecimiento. Me convertí en la mejor asistente que el dinero puede comprar. Pero la otra parte, la vieja Anna, se siente morir un poco cada día. Y la atracción... esa es la burla final. Él es tan inalcanzable, tan inaccesible, que desearlo es la máxima traición a mi propio sentido común. — ¿Ha terminado de anotar? —pregunta Mauricio, su voz seca rompiendo la reflexión. — Sí, señor. ¿Algo más? — No. Y Anna, le recuerdo: implacable. — Seré implacable — asiento. Me dirijo a la puerta con pasos firmes, mi postura es perfecta. Pero justo antes de girar el pomo, me detengo. Esto se acabó. No puedo seguir siendo esta sombra. Tomo otra respiración profunda, esta vez no para prepararme para su presencia, sino para la mía. Me doy la vuelta y lo encuentro todavía sentado, mirando por encima de los papeles, pero no leyéndolos. — Señor Mauricio. Él levanta la cabeza. Hay un destello de impaciencia en sus ojos claros. — Anna, el informe de Singapur es prioridad. — Lo sé. Pero antes de empezar con eso... tengo algo que entregarle. Meto la mano en el bolsillo interior de mi saco y siento la carta, doblada en tercios perfectos, igual que yo doblo todos los documentos que pasan por mis manos. Una carta que redacté la semana pasada con la misma diligencia con la que reviso sus contratos. La sacó y se la extiendo. — ¿Qué es esto? — Su ceño se frunce, pero no la toma. — Es mi carta de renuncia, señor. La frase, tan temida y ensayada en mi mente, suena inesperadamente clara y firme. Mi voz no tiembla. Misión cumplida. Mauricio permanece inmóvil por un momento y su rostro, que raras veces traiciona una emoción que no sea aburrimiento o irritación, es un estudio de la confusión. — ¿Renuncia? — Sí. Mi aviso es de treinta días, pero me gustaría discutir la posibilidad de un relevo más rápido, si es posible. Ya he preparado un manual de transición detallado y he dejado notas extensas para mi sucesor. Finalmente, su mano se mueve, lento, casi cauteloso, como si la carta fuera una trampa. La toma, la desdobla y sus ojos recorren la página. Lo observo esperando la reprimenda, el desprecio, el recordatorio de lo irremplazable que soy, pero solo como máquina. Pero lo que veo en su rostro es diferente. No es furia. Es una especie de contrariedad profunda, una alteración que no esperaría por la simple pérdida de una empleada, por muy eficiente que sea. — Anna, esto es... inaceptable. — Estoy siguiendo el procedimiento, señor. Él golpea la carta contra el escritorio. Su voz es más baja ahora, más peligrosa, y por primera vez, menos controlada. — No. No es solo un procedimiento. Usted no renuncia. No ahora. Tenemos el informe de Singapur, la fusión del grupo B, y el litigio de Málaga. Usted es la única persona que tiene acceso a toda esta información sin necesidad de tres preguntas. ¿Cuál es la razón de esto? ¿Es el salario? Lo doblamos de inmediato. — No es el salario, señor Mauricio. Es mi vida. Ya no tengo una. — Tonterías. Su vida está aquí. Su futuro está aquí. Usted es indispensable y lo sabe. — Ser indispensable para usted ha significado convertirme en algo que no soy. Mi vida se ha vuelto insípida. Cuando empecé aquí, yo… yo era diferente. Y usted... usted ha hecho que el gris sea el color dominante de mi existencia — confieso, intentando mantenerme firme. Él se pone de pie, camina hacia mí y tengo que levantar la barbilla para mantener el contacto visual. Nunca lo he visto tan... contrariado. Su frialdad habitual parece resquebrajarse. — Anna, reconsidere. Le daré dos semanas de vacaciones remuneradas después del viaje a Singapur. Tómese un mes libre y vuelva para reestructurar su horario. Pero esta carta... no la acepto. Estira la mano y me ofrece el papel doblado. Mi corazón vuelve a latir con esa urgencia estúpida, porque su mano está cerca, y su mirada, por primera vez, tiene una intensidad que casi me duele. No es el calor del afecto, es el desconcierto o por la pérdida de control, pero se siente como si me prestara atención. — Mauricio — Digo su nombre por primera vez en mi vida sin el prefijo de "señor", y el sonido me electrifica. Lo veo parpadear, sorprendido. Es un fallo en su armadura que nunca antes había presenciado — Ya no puedo más. He tomado mi decisión —. Miro la carta que aún me extiende y no la tomo — Espero que me dé una respuesta formal antes del fin de semana — digo y luego me doy la vuelta. Es la primera vez que soy implacable por mí misma. Detrás de mí, su voz vuelve más profunda, como un rugido contenido. — ¡Anna, vuelva aquí! ¡No me iré a Singapur sin saber qué diablos voy a hacer! — me grita. Sin embargo, cierro la puerta de caoba detrás de mí. El zumbido en mis oídos ahora no es el intercomunicador, sino el sonido de mi propia libertad.

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