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LA VERDAD DETRÁS DEL SILENCIO

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Descripción

Es una historia sobre el poder de la verdad, el perdón y la resiliencia. Ana pasa por momentos de profundo dolor y traición, pero con la ayuda de quienes la aman, logra descubrir la verdad sobre su pasado y construir un futuro lleno de amor y estabilidad con Sebastián. Los personajes enfrentan sus errores, buscan redención y aprenden que la familia y la amistad son los pilares fundamentales de la vida.

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PARTE I PRÓLOGO - 1998
El sol se ponía sobre la ciudad de Guadalajara, tiñendo los edificios de color naranja y dorado. En el salón de la casa de dos plantas en la colonia Providencia, Ana Márquez (23 años) se apoyaba en la barandilla de la ventana, mirando cómo los vecinos cerraban las puertas de sus casas y preparaban la cena. Su mano derecha se posaba con cuidado sobre su vientre plano, donde llevaba apenas dos meses de embarazo, pero ya podía sentir el ligero latido que la conectaba con la vida que crecía dentro de ella. “¿Sigues ahí plantada como una estatua?” La voz de su marido, Carlos Herrera (25 años), la hizo girarse. Él entraba en el salón con la camisa arrugada y el pelo desordenado, como siempre después de pasar todo el día en la oficina de su padre. Tenía la cara sombría, los labios apretados en una línea delgada que Ana conocía demasiado bien: era la misma expresión que ponía cuando estaba enojado, cuando algo no salía como él quería. “No es nada”, dijo Ana con voz suave, tratando de no provocarlo. “Estaba pensando en el menú de mañana.” Carlos dejó su maletín sobre la mesa de centro con un golpe seco. “No te preocupes por eso. Mañana cenaremos fuera. Laura vendrá con nosotros.” Ana sintió cómo se le helaba la sangre. Laura. La secretaria de Carlos, la mujer que todos en la oficina decían que era más que eso, aunque Carlos siempre lo negara. Había intentado hablarle de ello varias veces, pero cada vez terminaba en una pelea, con él acusándola de celosa y de no confiar en él. “¿Laura?” preguntó, tratando de mantener la calma. “¿Por qué tiene que venir ella?” “Porque es mi ayudante y necesitamos hablar de un proyecto importante”, respondió Carlos, quitándose la corbata con impaciencia. “Además, ella se ha sentido sola últimamente. Tú deberías entender eso, ¿no?” Ana cerró los ojos por un instante. Sola. Esa palabra la dolía más de lo que quería admitir. Desde que perdieron al bebé hacía ocho meses, Carlos la trataba como si fuera un cristal roto, pero no con cariño, sino con irritación, como si su dolor fuera un peso que él no quisiera llevar. “Carlos, por favor”, dijo ella, acercándose a él con cuidado. “Ya hace tiempo que no pasamos tiempo solo los dos. El bebé… lo extraño tanto como tú. Quizás si hablamos de ello, podamos…” “No quiero hablar de eso”, la interrumpió Carlos, levantándose de un salto. “¡Ya lo entendiste! Ese tema está cerrado. Y si sigues insistiendo, mejor te vas a tu cuarto y dejas de hacer escenas.” Ana se quedó inmóvil, con las lágrimas a punto de salir. Había intentado tantas veces hacerle entender que su dolor era igual que el de él, pero nunca lo había conseguido. Y ahora, con este nuevo embarazo que aún no se atrevía a contarle, sentía que la pared entre ellos era más alta que nunca. En la puerta del salón, una sombra se movió. Era Laura Méndez (24 años), la secretaria de Carlos, entrando en la casa como si fuera suya. Tenía el cabello largo y rubio, los ojos verdes brillantes y una sonrisa que siempre parecía estar a punto de decir algo malicioso. “Disculpen la intrusión”, dijo con voz dulce, dirigiéndose a Carlos. “Olvidé unos papeles en la oficina y pensé que podría venir a buscarlos. No quería molestarlos.” Carlos fue a su lado en dos pasos, poniéndole una mano en el hombro. “No molestas en absoluto, Laura. Ven, te ayudo a buscar los papeles. Ana se encargará de preparar algo de tomar para nosotros.” Ana vio cómo se iban juntos hacia la oficina, las espaldas unidas, y sintió cómo su corazón se rompía en mil pedazos. Sabía que había algo más entre ellos, pero no tenía pruebas. Y lo peor de todo era que no sabía cómo hacer para recuperar al hombre que había amado, al hombre que se había casado con ella hace tres años, cuando todo parecía posible. En la esquina de la calle, un hombre miraba la casa desde el asiento de su coche. Sebastián Ríos (26 años) llevaba meses observándolos desde lejos, sin atreverse a acercarse. Había sido amigo de Ana desde la preparatoria, y la había amado en silencio durante años, pero cuando ella se había casado con Carlos, él había decidido alejarse para no hacerle daño. Pero ahora, viendo cómo la trataba Carlos, sentía que no podía seguir callándose. Tenía que hacer algo, aunque no supiera qué. CAPÍTULO 1 - EL PASADO QUE NO SE OLVIDA SECCIÓN 1 Hace ocho meses - Marzo de 1998 Ana estaba en la cocina, preparando el desayuno para Carlos, cuando sintió un dolor agudo en el vientre. Se apoyó en la encimera, intentando respirar hondo, pero el dolor era demasiado fuerte. Había estado embarazada de cinco meses, y todo había ido bien hasta entonces. Carlos había estado emocionado, hablando de cómo iban a decorar el cuarto del bebé, de qué nombre le pondrían. Ana había creído que ese bebé sería el lazo que los uniría para siempre. “Carlos”, gritó ella con voz quebrada. “Ayúdame, por favor.” Carlos salió del baño con la cara todavía húmeda del afeitado. Al verla así, su expresión se endureció. “¿Qué pasa ahora? No me digas que te sientes mal de nuevo. Ya estoy tarde para la oficina.” “Es el bebé”, dijo Ana, sintiendo cómo las lágrimas corrían por sus mejillas. “Me duele mucho.” Carlos suspiró con impaciencia, pero fue a su lado y la ayudó a sentarse en el sofá. “Vale, calmate. Llamaré a la clínica y llevaremos un taxi.” Pero cuando llegaron al hospital, el médico les dio la noticia que cambiaría sus vidas para siempre. El bebé no había sobrevivido. Había tenido una muerte fetal, y Ana necesitaba ser operada de inmediato para evitar complicaciones. Carlos se quedó inmóvil, sin poder creer lo que escuchaba. “¿Cómo es posible? Todo iba bien. ¿Qué hiciste mal, Ana?” La pregunta la hirió más de lo que el dolor físico. “¿Qué hice mal? Carlos, no es culpa mía. El médico dijo que a veces pasa, que no hay explicación.” Pero Carlos no la escuchó. Se volvió hacia la pared, con las manos en la cabeza, y empezó a murmurar entre dientes. “No puede ser. Ese bebé era mío. Tenía que ser mío.” Esa tarde, cuando Ana salió de la sala de operaciones, Carlos no estaba allí. La enfermera le dijo que se había ido a la oficina, que tenía cosas importantes que hacer. Ana se quedó sola en la habitación, llorando por el bebé que nunca conocería y por el marido que ya no la reconocía. Al día siguiente, Laura llegó al hospital con flores y un pastel. “Lo siento mucho por tu pérdida, Ana”, dijo con voz falsa de compasión. “Carlos está muy afectado. Dijo que no podía venir porque no soporta verte así.” Ana cerró los ojos con fuerza. “No soporta verme así? ¿Y qué crees que yo siento?” Laura se sentó a su lado en la cama, poniéndole una mano en el hombro. “Yo sé que es difícil, pero tienes que entenderlo. Ese bebé era todo para él. Y tú… bueno, tú podrás tener más. Pero él… él necesita tiempo para aceptarlo.” “¿Qué quieres decir con eso?” preguntó Ana, mirándola fijamente. Laura sonrió de forma maliciosa. “Solo digo que a veces las mujeres hacen cosas sin pensar. Cosas que pueden poner en peligro a sus bebés. Carlos me contó que tú estabas muy estresada últimamente, que incluso habías tomado algunas pastillas sin consultar al médico.” Ana se quedó helada. “Eso no es cierto. Nunca tomé nada sin que me lo recetara el médico. Carlos sabe eso.” “Quizás se olvidó”, dijo Laura, levantándose para irse. “O quizás simplemente no quiere aceptar que fue un accidente. Tú sabes cómo es él cuando se enoja.” Desde ese día, las cosas cambiaron entre Ana y Carlos. Él la trataba con indiferencia, a veces con crueldad, acusándola de no haber cuidado suficiente al bebé, de haber sido egoísta y de haberle robado lo que más quería en el mundo. Ana intentó explicarle una y otra vez que no era culpa suya, pero Carlos no la escuchaba. Y Laura siempre estaba ahí, cerca de él, diciéndole cosas que lo hacían sentir aún más enojado con Ana.

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