Ibarra vio por la televisión las detenciones de Ponce y del general Velásquez y el anuncio de la conferencia de prensa "con las pruebas que confirmarán la mafia enquistada en palacio de gobierno". No decía palabra alguna. Mascaba su cigarrillo con furia y molía sus dedos unos con otros presa de la ira. Méndez y Pérez solo murmuraban entre ellos, con la voz muy bajita, como quejándose.
-Malditos-, rezongó al fin el presidente. Sus ministros se sobrecogieron. Ibarra giró su silla y los miró echando humo de las narices.
-¿Por qué mierda todavía está vivo ese hijo de puta de Macedo?-, preguntó con la furia dibujada en sus ojos.
-Usted lo decidió, señor. Helena está esperando su orden, presidente-, intentó justificarse Pérez.
-Debí matarlo hace tiempo, carajo, reconoció ladrando Ibarra, no debí esperar hasta ahora que estamos con la soga al cuello-
-La llamaré de inmediato a Helena, señor-, dijo Pérez sacando su celular.
-Eso debiste haber hecho ayer, idiota, no ahora que estamos reventados-, continuó blasfemando el mandatario, tratando de lavarse las manos.
Pérez tecleó apurado y mandó el mensaje de texto a Helena. Ella tomaba un baño de burbujas abrazada a Macedo. Bebían champaña y se besaban con locura.
-¿Quién es?-, preguntó Macedo, afanoso, febril, disfrutando de la piel tersa y enjabonada de ella, de sus senos voluminosos y sus muslos, tersos por donde iban y venían sus manos con devoción y locura.
Helena revisó su móvil y encontró el mensaje escueto: -Macedo-
A diferencia de otras ocasiones, ahora Helena no tomó el mensaje con indiferencia, por el contrario sintió un frío helado subiéndole por la espalda y su corazón se desbocó de pronto en su pecho. Su boca se contrajo y sintió los labios resecos, de repente. Sus pelos mojados parecían erizarse, haciéndose un horrible nudo en su cabeza.
-Nadie-, dijo ella, pero su voz fue un balbuceo desabrido, insulso y hasta tembloroso.
Macedo volvió a besarla con afán, se subió sobre ella y disfrutó de su piel, saboreando su cuello, invadiendo, nuevamente sus intimidades con encono y locura. Pero Helena, esta vez, no disfrutó nada, ni hubo fuego en su cuerpo, ni deseos, ni ardor ni siquiera interés. Su mente era un bullicio incontrolable, gritos enajenados, campanadas interminables ahogándola. Cerró los ojos y represó las lágrimas que se amontonaban en sus ojos. Y tras batallar mucho, reconoció los gritos que le decían, una y otra vez, ¡no, no, no, no, no! sumergiéndola en angustia y desesperación.
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"Tragedia en la prefectura. Un inesperado derrumbe de una de las carceletas, acabó con la vida de Eleodoro Ponce, el ministro del interior, detenido ayer por el escándalo de los ascensos en las fuerzas armadas. De acuerdo a las primeras informaciones, el techo se desplomó de repente, justo en la carceleta donde se encontraba recluido Ponce. Su muerte fue instantánea".
Nancy Gutiérrez y Doris Mejía se miraron estupefactas, con la boca abierta y los ojos a punto de reventar luego del flash informativo en el canal de señal cerrada. -¡Techi! ¡Llama de inmediato a la prefectura y que protejan a Velásquez!-, ladró entonces la fiscal, jalándose los pelos.
-¡No responden!-, dijo su secretaria también alterada. Doris Mejía consiguió una respuesta por mensaje de texto enviado del mando en la Prefectura.
-Infarto mata a Velásquez-, decía apenas una línea que pareció a Gutiérrez y Mejía un kilómetro de letras. Volvieron a mirarse.
-Sigue Macedo-, se apuró a decir Doris.
-Está con protección, le recordó Gutiérrez, está a salvo-
Doris, sin embargo, desconfiaba. -Voy ahorita a su oficina. Estoy segura que lo intentarán matar-, dijo y cogiendo su abrigo, salió precipitadamente del despacho de la fiscal.
-Hijo de perra-, solo le quedó mascullar a Nancy Gutiérrez.