Capítulo 24

932 Palabras
Macedo fue muy temprano a su oficina. Al timón del auto que lo llevaba, iba un efectivo de seguridad, avanzando lentamente por las estrechas calles de Lince. Mauro se entretuvo viendo las callejuelas antiguas y las viejas casonas, también los alumbrados de luz. Le gustaba ir por allí porque las callecitas eran desiertas y prefería esas edificaciones de portones de madera largos, con peldaños y ventanales de dos hojas. Le evocaban su vieja casita en Breña, en un solar viejo y le revivían los recuerdos de sus padres y sus travesuras infantiles, siempre jugando fútbol, rompiendo zapatos y gastando los uniformes de colegio. El auto se detuvo a media calle. Macedo miró el edificio de dos pisos y rebuscó sus llaves en el saco. -Tu colega debe estar esperándome en el pasadizo-, le dijo al oficial que lo había acompañado en el auto, pero no respondió. Sus órdenes eran resguardarlo en el auto y que Macedo entre sano y salvo a su oficina, pensó él. El abogado cruzó la calle desierta, vio la esquina poca transitada y contó, una vez más, los postes de alumbrado, como todas las mañanas. Al abrir la puerta que iba al segundo piso, donde tenía su oficina, volvió a pensar en el timbre claveteado en la madera, igual lo hacía todas las mañanas. -Está muy viejo, siempre me olvido de cambiarlo-, se repitió una vez más. Subió por el estrecho pasadizo, haciendo chirriar los escalones, resoplando tranquilidad y calma. Prendió la luz, vio su escritorio con los papeles revueltos, la puerta del baño y el desván. Se extrañó. No estaba el hombre seguridad asignado para su custodia. Arrugó la boca y tiró las llaves donde había un USB en medio del desorden. Fue entonces cuando la puerta del desván se fue abriendo lentamente, con un feo crujido que le llamó la atención. Apareció primero una sombra recortada y luego la melena aleonada y ensortijada de Helena. Era ella. Tenía los ojos repletos de lágrimas que habían hecho surco en sus mejillas sonrojadas. Esta vez su boquita estaba pálida, despintada, sin esa sonrisa cortita, coqueta que tanto le gustaba a Macedo. -¿Qué haces aquí, Helena? Me asustaste. Debiste avisarme. ¿Has estado llorando? ¿Pasa algo?-, fue diciendo Macedo extrañado que los ojos de ella represaran así el llanto, tan dramáticamente, al extremo que contagiaba. Su rostro era una pena, una lágrima al igual o más que las que estaban acumuladas en sus ojos. Macedo contempló una vez más los senos de ella, tan apetitosos pero esta vez desabridos, sus caderas amplias y sus magníficas piernas, pero ahora todo le parecía insulso, sin gusto. -¿Te ha pasado algo? ¿Te han golpeado?-, seguía sin entender Macedo. Pero Helena no habló, no dijo frase alguna. Tenía el cuerpo rígido como tabla y el redoble de su corazón se escuchaba nítido, rebotando en las paredes amarillentas y desgastadas de la oficina de Macedo. Las rodillas de ella temblaban, sus huesos también crujían idéntico o quizás más que la puerta del desván y sus labios parecían evaporarse en el silencio, convirtiéndose en invisibles en la incertidumbre. -Dime qué te ocurre, Helena. ¡Yo te amo!-, alzó la voz, entonces Mauro Macedo, intrigado por esa melancolía tan asfixiante que envolvía a la mujer. La angustia la exprimía a ella como a una naranja y parecía estar cayendo a un abismo sin fondo, transformada en una paloma herida. Helena sacó un revólver. No tenía silenciador. Macedo se sorprendió, erizó su pelos y se quedó estupefacto, pétreo igual a una roca, sin reacción, sin palabras, aturdido de esa situación que le apreció absurda, un dibujo mal hecho, quizás una pesadilla. -Qué... qué... pasa, Helena...-, balbuceó entonces, tratando de encontrar respuestas donde no las había, explicaciones en hojas vacías y voces en el silencio que lo aplanaban como trituradora. Fueron tres disparos. Dos le perforaron el pecho y el otro se alojó en su vientre. Macedo tardó mucho en reaccionar y darse cuenta que estaba mortalmente herido. Los pellizcos que le golpearon, de repente, se fueron haciendo más y más dolorosos y eso lo hizo volver en sí. Sin embargo, aún extrañado y sorprendido, sin entender nada, imaginando, firmemente, que todo era mentira, levantó sus manos y vio la sangre que empezaba a chorrearle como caño. Trastabilló. Su cuerpo empezó hacer eses y el dolor se confundió primero con su incertidumbre, luego con su miedo y finalmente con el pavor que le provocaba estar cerca de la muerte. Y se derrumbó al piso, bajo los pies de Helena. Intentó verla, aupando su mirada pero las imágenes se iban desvaneciendo, evaporándose igual a una neblina que se disipaba lentamente. Sin embargo alcanzó verla llorar a borbotones. Al fin ella, había roto los diques que tenían sus ojos y las lágrimas le resbalaron como un río sobre sus labios. Lloraba a gritos. Sufría y mucho, viéndolo tumbado en el suelo, en medio de ese charco de sangre. Macedo ya no pudo ver más. Las imágenes se fueron desvaneciendo lentamente y sintió un telón cayendo sobre sus ojos, lenta y pesadamente. Cuando la oscuridad empezó a aplastarlo sin compasión, igual a un pesado tronco apresando su cuerpo, escuchó una vocecita muy distante, apenitas, perdida en lo que parecía ser un callejón profundo, muy n***o, que lo absorbía igual a un implacable sorbete. -¡Perdón, Mauro! ¡Yo te amo más!- Y tratando de empinarse a su intenso dolor, a disipar esa oscuridad que lo atrapaba como una densa telaraña y evitando entrar a ese callejón que lo absorbía como tifón, Mauro Macedo murió.
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