Tocando fondo
― ¿Seguro que beberás todo eso?
Tom miró a su amigo Dylan cuando tomó el que era el décimo trago de la noche en menos de una hora.
Tom era el dueño del bar más prestigioso de la ciudad, por lo que estaba acostumbrado a ver a sujetos bebiendo sin compasión por sí mismos, pero nunca había visto a Dylan beber de esa manera.
Dylan casi nunca bebía.
―Todo esto y más.
―Al parecer fue un día terrible, el de hoy.
―Terrible y más―le respondió Dylan.
― ¿Ahora si me contaras que rayos fue lo que pasó? ―le preguntó Tom
Dylan hizo una mueca de desagrado para dejarle en claro que no estaba de ánimos para contarle nada, pero Tom le ofreció a cambio otro vaso de Whiskey escocés, entonces a Dylan el trato le pareció justo.
―Bien, bien ―respondió Dylan, dándose por vencido por el ofrecimiento de ese licor que estaba adormeciendo sus pensamientos tormentosos.
― ¿Me dirás a donde fuiste tan elegante así? ―Tom llenó el vaso que Dylan no soltaba de su mano, entonces se sentó frente a su amigo para esperar su respuesta.
Craig se encogió de hombros. Él no se preocupaba por la opinión de nadie, ni siquiera de sus amigos, pero sabía que esa noche él había hecho algo terrible.
―Me casé Tom… acabo de volver de mi boda.
― ¡¿Qué Demonios estás diciendo Craig?! ―se asombró Tom sin dar crédito a lo que acababa de escuchar.
Tom sabía que su amigo era un tipo impulsivo y de decisiones arriesgadas, pero jamás imaginó que hubiese algo que le pudiese empujar a cometer una locura de esa magnitud.
―Te estoy diciendo la verdad ―sentenció Dylan sosteniendo su vaso ahora vacío, delante de sus narices.
― ¿Perdonaste a Brian?
― ¿Por qué demonios piensas en esa infeliz?
―Porque se supone que es la única mujer que fue capaz de acercarse a tu corazón.
―Esa desgraciada no se acercó a ningún corazón. Ella solamente me manipuló en mi momento de debilidad y me engañó para obtener todo de mí… ella solo me ayudó a aceptar lo que siempre supe.
―Que las mujeres son malas y el amor no existe ―repitió Tom de manera cansona y con un leve tono de burla.
― ¡Exacto! ―confirmó Dylan ofreciendo el vaso para que se le llenase de nuevo.
―Sabes lo que opino de esa estúpida idea, pero ¿cómo es que si sigues pensando en eso, ahora me dices que te acabas de casar?
Craig sonrió de manera sínica ante la que era su propia contradicción.
―El viejo aún no se cansa de fastidiarme Tom.
― ¿Te refieres a tu padre?
Una de las chicas que trabajaba en el entretenimiento del bar se acercó a la mesa para ofrecerse a los dos sujetos que lucían imponentes con sus trajes de diseñador.
Tom le miró con desdén haciendo que la chica entendiese que aquello era una terrible idea.
―Si Tom… ¿Recuerdas la cláusula del matrimonio?
―Sí, la recuerdo ―asintió Tom recordando que por culpa de esa cláusula, su amigo se había decidido a pedirle matrimonio a la traidora de Brian cinco meses antes.
―Bueno… el malnacido de Paul no nos contó todo en ese momento. La cláusula existe y era tal como se decía: Que debía casarme si quería seguir gozando de todo el imperio que heredé, pero el desgraciado omitió una parte importantísima que apenas logramos descubrir por mera casualidad: El matrimonio debía confirmarse antes de que yo cumpliese los treinta.
―O sea, antes del día de mañana.
―Exacto.
― ¿Y qué fue lo que hiciste?
Dylan se reclinó contra el respaldo de su silla y se preparó a contar lo más disparatado del asunto.
―Hoy teníamos entrevistas en la empresa para contratar a mi nueva secretaria. A Terry se le ocurrió la idea de conseguir a una candidata que pudiese ayudarme con lo del matrimonio de último minuto, entonces comencé a examinar a esas chicas para encontrar una candidata aceptable para el acuerdo.
― ¡¿Un matrimonio arreglado?! ¿Cómo en las telenovelas, Dylan?
Dylan sonrió ya un poco fastidiado por el asunto, por lo que se puso de pie mientras que se abotonaba de vuelta el saco.
―Eso no fue lo peor.
― ¿Y qué fue lo peor, entonces, Dylan?
―La chica con la que me casé es la hija de ese hombre.
Tom quedó confundido, por lo que de inmediato le abordó con el cuestionamiento.
― ¿De qué hombre?
―Del difunto ―fue lo único que le dijo Dylan cuando comenzó a caminar.
«Maldición» espetó Tom para sus adentros, entendiendo que su amigo posiblemente había perdido la razón.
―Espera Craig, ¿A dónde vas?
―A buscar a esa chica, Tom —dijo Dylan señalando a la mujer que había estado segundos antes en su mesa—. La pobre se fue muy triste cuando la echaste de nuestra mesa.
* * * * *
El lugar era un palacio real. El lujo no tenía límites en ningún rincón de esa casa.
Terry acababa de pedirle que se pusiera cómoda, pero Mía no terminaba de procesar como es que había llegado a un punto como ese.
La familia de Mía no había tenido lujos ni comodidades ni siquiera cercanas a lo que se podía encontrar en esa mansión, por eso le resultó imposible no llevarse una tremenda impresión al estar delante de un sitio así.
― ¿Cómo me pide que me ponga cómoda? Lo único que yo necesito es volver a mi casa, señor.
Mía ya estaba decidida sobre la terrible idea que había sido el aceptar ese contrato y haber participado de manera consciente en todo aquello.
Ahora no podía estar más arrepentida de haber sentido esa mínima atracción por ese sujeto que había demostrado cero intereses en ella al dejarla con su chofer como si de un objeto se tratase.
―Señorita, ya se lo dije, no puedo dejarla ir… su esposo me ha pedido que la trajera a su casa y eso es lo que hice.
―Esta no es mi casa.
―Lo es desde ahora. Recuerde que ahora es el señor del señor Owen.
―Todo esto es una farsa.
―Una farsa que usted consintió y que aceptó de buena gana al firmar ese contrato.
Mía se mordió la lengua entendiendo que el guardaespaldas tenía razón. Ella aceptó sin preocuparse en preguntar qué sucedería luego de firmar ese contrato.
El motivo de ese descuido era un misterio para Terry, quien no podía dejar de sentir lástima por la pobre chica, pero para Mía tenía mucho sentido el haber actuado de esa manera tan torpe y poco sensata: Ella se creyó la princesa de un cuento de hadas.
Mía se vio ante la oportunidad de su vida. Un CEO guapo y millonario le había pedido casarse con él a cambio de un montón de favores para su familia; era imposible que Mía no soñara con la idea de que esa era la oportunidad que tanto había estado esperando.
―Lo sé, lo sé ―asintió Mía dejándose caer sobre un sillón luego de arrancar el velo que aún cubría su cabeza―. Fui una estúpida.
―Yo no diría que fue una estúpida… solo diría que se hizo ilusiones muy apresuradas.
«No tienes ni la menor idea» pensó Mía al escuchar esas últimas palabras de Terry. «Si tan solo mi papá estuviese con vida» se dijo Mía en lo que fue un desahogo de su más profundo dolor.
― ¿Entonces no tengo permitido avisarle a mi familia sobre lo ocurrido?
―El señor Owen ha dejado en claro que solo se podrá cuando él lo autorice.
― ¿Entonces no se puede hacer nada sin que él lo autorice?
―Me temo que esas son las reglas señorita.
Mía estaba cabreada en contra de ese sujeto que era su nuevo esposo y el mismo que le había ilusionado con aquel beso apasionado para luego dejarla plantada como a un objeto sin sentimientos.
― ¿Y si quiero avisarle a alguien que no es mi familia? Yen en mi mejor amiga, por lo menos permite que hable con ella por favor.
―No lo sé, señora.
Mía suspiró para calmar el embate de pensamientos que le sobrepasaban. Las lágrimas amenazaban con ahogarle si es que ella se dejaba llevar.
―Sé que es una desfachatez, pero de alguna manera se supone que ahora yo soy la señora Owen, por lo que luego de la de él, mi palabra debería ser escuchada en esta casa.
―Supongo―dijo Terry más divertido que interesado.
―Entonces te pido…. No, te ordeno, que traigas a mi amiga Yen a este lugar ahora mismo.
Terry se impresionó por aquel derroche de elocuencia de la chica.
Por un segundo le pareció haber visto en ella algo diferente, pero de inmediato descartó la idea.
El guardaespaldas y jefe de seguridad se encogió de hombros y se sintió en la libertad de cometer una locura como las que casi nunca cometía.
―Está bien, señora… el día de hoy ha sido lo suficientemente loco… creo que una locura más no tiene por qué estropear el desastre que ya está hecho.
* * * * *
Brian cruzó en aquella esquina oscura. Había frío y apenas iba abrigada, pero antes de que pudiese siquiera decir nada, aquella sombra se abalanzó sobre ella.
Brian abrió los ojos de par en par cuando el rostro que encontró ante si era el rostro de la muerte.
Cicatrices de carne chamuscada y una sonrisa de pura lascivia le esperaban en la sombra.