Margaret yacía agotada sobre el asiento; una lluvia estival se cernía sobre las afueras de Londres, y el ambiente melancólico que esta recreaba consiguió deprimirla todavía más, si es que aún era posible. El ruido que las gotas hacían al chocar contra el suelo no lograba silenciar sus pensamientos; pinchazos de culpabilidad la atormentaban de manera incesante. Antes de subir a este carruaje ya había asumido el matrimonio. Ya se había hecho la idea de que se convertiría en la esposa del marqués del Ruttland, así que, ¿qué más daba casarse dentro de un día o un mes? Lo único que la destrozaba era no poder cumplir la mutua promesa. La noche antes de casarse con ese miserable, ella debía pasarla con Will, y saber que ese señor se quedaría con su castidad le dolía terriblemente en el alma. Ya

