-James. –llamó Will al cochero.- Entra y pide comida y dos habitaciones. –le ordenó. El hombre asintió levemente con la cabeza y desapareció tras el marco de la puerta de la posada en la que habían parado. No era el sitio que él hubiera preferido, pero sin duda había cosas peores que aquello. Se trataba de un edifico pequeño, no habría más de cinco o seis habitaciones. En ese momento no parecía estar muy ajetreado, unos cuantos caballos permanecían atados y sirviéndose en el abrevadero, y algún que otro carromato con su dueño en la taberna tomándose algún trago antes de continuar su camino. Era realmente arriesgado quedarse allí tan cerca del camino, pero quería asegurarse de que Margaret estaba bien y solo había sufrido un ligero traspié. Aún la tenía sobre su regazo, dormida, cuando

