Capítulo 3

1314 Palabras
3 El Hotel Mirador del Castillo de Dartmouth solo hacía honor a su nombre si uno alargaba el cuello desde la esquina exterior de la terraza de la fachada para ver más allá del borde de los altos muros del jardín de la propiedad colindante, pero aun así la vista de Kingswear desde la orilla apuesta al otro lado del estuario del Dart era una de las más impresionantes que había visto nunca Slim. Hacia el sur, las colinas se abrían para revelar el canal de la Mancha más allá de la boca del río, mientras que al norte el río discurría lánguidamente a través de las imponentes colinas boscosas cuajadas de casas de lujo, con los mástiles de docenas de yates atracados brillando al sol como agujas resplandecientes. Colocado en una ladera empinada, para cuando Slim subió los treinta y cinco escalones desde la carretera hasta la entrada del hotel, estaba demasiado cansado como para explorar los jardines aterrazados a los que se accedía por una puerta en la parte posterior. Un estrecho patio frontal albergaba algunos bancos, mesas de pícnic y tumbonas, así que Slim tomó un café de la máquina de autoservicio dentro del comedor y se lo llevó fuera. Había algunos clientes disfrutando del sol de la tarde, unos charlando, otros bebiendo café o zumo de frutas, un hombre masticando una barra de cereales que descargaba una catarata de migas sobre sus rodillas con cada mordisco. Slim se sentó en una mesa vacía y miró el valle, observando despreocupadamente un par de ferris para turistas cruzándose, yendo uno directamente a la orilla de Kingswear y el otro río arriba en dirección a Totnes. A una corta distancia al norte en la orilla más lejana, un grupo de piragüistas exploraba los rincones bajo los árboles, mientras en el lado más cercano un barco de vapor se abría paso entre dos yates atracados, ambos tan grandes y espectaculares como para valer más que el hotel que se alzaba por detrás de los hombros de Slim. —Hace que uno quiera dejar el trabajo y quedarse aquí, ¿verdad? —le llegó una voz por detrás. Mientras una sombra tapaba a Slim, el hombre añadió—: ¿A qué se dedica usted? Slim pensó un momento antes de responder, buscando una respuesta pasiva apropiada que satisficiera a este extraño al que aún no había visto, sin provocar más preguntas. —Me dedico a la investigación —dijo por fin, dándose cuenta al pronunciar las palabras de que había elegido la peor respuesta posible. —¿De qué tipo? —dijo el recién llegado, tomando una silla de plástico de debajo una mesa cercana y dejándola enfrente de Slim—. ¿De consumo? No, apuesto a que es educativa. Eso creo. Tiene el aspecto de un hombre que lucha contra la injusticia. Hay una historia en sus ojos, puedo verlo. Slim no estaba seguro de cómo responder. Consideró al recién llegado durante unos segundos, viendo su cara de alguien de poco más de sesenta años, con un bigote muy pasado de moda y aspecto avejentado, pero con rasgos en general atractivos. Ojos esquivos que querían saber más de lo necesario y examinando la apariencia de Slim, pero al mismo tiempo observando a los demás clientes sentados en el patio, evaluándolos y juzgándolos uno por uno. —Seguro que se pregunta qué hago aquí —dijo el hombre—. Quiero decir, debería, ¿verdad? —Levantó el brazo y se atusó el bigote—. El disfraz… no vale para mucho, ¿verdad? Slim sonrió forzadamente. —¿Le conozco de algo? El hombre torció un momento la boca formando una sonrisa, como si esa fuera la respuesta esperada. Le tendió la mano. —Max Carson. Es mi voz, no mi cara, lo que recuerda. Soy el presentador de Country Club. —Claro. —Radio Tres. ¿Es usted un oyente habitual? Slim, que no tenía ninguna radio y pocas veces tenía motivos para escuchar una desde que acabaron sus días en las Fuerzas Armadas, dijo: —¿A usted también le han superado las cosas? Carson asintió. —Fue mi mujer la que insistió. No podía aguantar los líos, el alcohol y el Charles. Slim frunció el ceño. —¿Charles? Carson hizo una mueca. —Estoy siendo críptico a propósito. Nunca sabes quién está escuchando, ¿verdad? Todos los hombres y sus malditos perros llevan una cámara oculta hoy en día. —Se acercó, miró por encima de su hombro y luego sacó algo de una bolsa que tenía a sus pies. Slim vio una diminuta botella de whisky escondida dentro de la gran mano de Carson mientras esta visitaba su boca tras un rápido gesto y luego volvía a desaparecer de la vista. Slim se dio cuenta entonces. Había estado pensando en cosas más mundanas, pero ahora todo tenía sentido. Charles. Charlie. Cocaína. Max Carson era un hombre del carril rápido que el coche averiado de la vida de Slim nunca había tomado. —De todos modos —continuó Carson, devolviendo una vez más la botella en miniatura a la bolsa antes de que Slim pudiera pensar en pedir la vez—, a veces hay que cumplir con las formalidades, ¿verdad? Es más fácil esconder las cosas y pensar en ellas cuando estás fuera del ojo público, ¿verdad? Apuesto a que nadie le está mirando por encima del hombro para ver con quién se está acostando. Slim, cuyo mal momento con Lia ya había durado más que su breve buen momento de euforia, se limitó a encoger los hombros. —No que yo sepa —dijo—. A nadie le preocupa mucho lo que hago con mi vida privada. —De eso se trata, ¿verdad? —dijo Carson, poniéndose cómodo—. No dudo de que ella tenga sus propios amantes. Quiero decir, la he pillado silbando mientras hacía las camas. No me sorprendería que la mitad de Manchester hubiera pasado por mi dormitorio mientras yo estaba fuera, pero un pequeño desliz, digamos solo un gramo… y mi carrera se pone en peligro. Es ridículo, ¿verdad? —Bastante —reconoció Slim. Carson lo tomó por el hombro y se acercó. —Me da la impresión de que estamos hechos de la misma pasta, tú y yo. ¿No has venido aquí a pescar, ¿verdad? En todo caso, no a pescar lo planeado, ¿verdad? —Empujó a Slim por el hombro hasta que este tuvo que girarse en dirección a dos señoras de mediana edad sentadas a un par de mesas a su derecha. Ambas estaban algo excesivamente vestidas y aunque Slim solo veía dos floreros marchitos retocados lo suficiente como para generar algo de nostalgia, recordó que Carson tenía casi dos décadas más de edad—. Seguro que ellas tampoco. —Supongo que tendrá que preguntárselo —dijo Slim. Carson sonrió cuando una de ellas lo miró y le lanzó una rápida sonrisa antes de apartar la vista. Las mejillas pintadas con colorete parecieron adquirir otro tono más subido, aunque Slim supuso que podía haber sido un reflejo de la mesita lacada. —Ya lo he hecho. ¿Qué me dices si vamos juntos al puerto esta tarde y alquilamos un barco para un pequeño crucero nocturno? Podría necesitar un copiloto. Slim sintió la necesidad de excusarse. Apartó la mano de Carson de su hombro y se puso en pie. —Le agradezco la oferta, pero me temo que ya tengo una cita para esta noche —dijo, mostrando una sonrisa—. Con mi habitación y un periódico. El semblante de Carson se oscureció. —Bueno, no me vengas mañana pidiendo otra oportunidad —dijo—. Donnadies como tú no tienen muchas oportunidades con gente como yo. Te lo estoy diciendo: hay mujeres en este pueblo con más dinero que cerebro y ¿a quién le importa un marido con su yate en cualquier otro sitio? Slim se contuvo para no golpear a Carson en la cara. —Ha sido un placer conocerlo, Mr. Carson —dijo—. Si encuentro algún posavasos por aquí, vendré a pedirle un autógrafo. Mientras Slim se dirigía al hotel, oyó un grito maleducado: —¡No te molestes! —dirigido a su espalda y se preguntó si su karma había bajado tanto como para crearse un enemigo en la primera tarde.
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