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Alex rehusó dar respuestas concretas hasta que todos hubieran vuelto a la sala de banquetes y reuniones del hotel, insistiendo en que no sabía mucho más que ellos acerca de la razón de la inesperada llamada del grupo. Circulaban todo tipo de rumores, pero cuando dos policías subieron a un podio en el extremo del salón, Slim supo que era algo grave.
Con todos reunidos, Alex tomó un micrófono y llamó al orden. Mientras desaparecía el murmullo, presentó a los policías como los agentes Dave Rogers y Marion Oaks. La agente Oaks, una chica bonita y delgada y una cabeza más alta que su compañero rechoncho y musculado, tomó el micrófono y se aclaró la garganta.
—Les pido perdón por interrumpir sus actividades diarias —dijo—. Voy directa al grano. Ha habido un accidente.
Una onda de ruido atravesó la multitud. Slim, de pie cerca del fondo, vio a Irene cerca. Tenía una mano tapándose la boca y sus ojos ya llenos de lágrimas.
—Al principio de esta mañana, el cuerpo de Mr. Max Carson, uno de los viajeros, se ha encontrado cerca de Greenway House, a unos tres kilómetros más arriba en el río. Greenway House, como puede que sepan, es propiedad del National Trust y una famosa atracción turística local. Se cree que Mr. Carson cayó desde un puente de ferrocarril en obras sobre una sección abandonada de la línea de Kingswear a Paignton, una caída de unos diez metros. Los primeros informes de la autopsia sugieren que murió al partirse el cuello.
Al ir surgiendo preguntas con el consiguiente ruido, la agente Oaks levantó una mano.
—No puedo decirles mucho más en este momento —dijo—. Seguimos investigando. Sin embargo, sí me gustaría pedirles que permanezcan aquí en el hotel durante las próximas cuarenta y ocho horas, hasta que hayamos hablado con todos ustedes. Si alguien tiene alguna información que crea relevante, que acuda aquí y reclame la atención del agente Rogers o la mía. Me gustaría mencionar que a ninguno de ustedes se le considera implicado en cualquier cosa que pueda haber ocurrido. Solo queremos conocer los últimos movimientos de Mr. Carson y si les ha dicho algo que pudiera servir como pista sobre lo que pasó después.
A pesar de las palabras del agente de policía, la gente empezó a murmurar acerca de las miradas de sospecha, acerca de cómo alguien en la habitación tenía que ser culpable de algo. Con tantas personas frágiles presentes, en un par de minutos muchas habían empezado a llorar, una lamentándose tan ruidosamente que una pareja de empleados del hotel ayudó a la sollozante figura a salir de la habitación.
Slim se puso en modo observación, encontrando un lugar cerca de la pared desde el que contemplar los acontecimientos. Alex y Jane se habían colocado al fondo de la habitación, desde donde daban información acerca de lo que podía pasar con el viaje. Slim captó trozos de la conversación acerca de reembolsos, nueva programación, problemas de recuperación del dinero y varias acusaciones veladas de que la situación era de alguna manera culpa de la agencia de viajes.
—¿Por qué cree que se mató?
Slim se sobresaltó ante el sonido de la voz al lado de su hombro. Allí estaba Eloise con su intensa mirada fija en los dos policías que respondían a preguntas desde el estrado. Con una mano apartó la cortina de pelo de su cara, colocándola detrás de la oreja.
—¿Perdone?
La chica se balanceaba como si estuviera esperando una dosis de medicina. Insegura de si no resultaba inoportuna, sonreía y dejaba de hacerlo como si tuviera un tic nervioso.
—A ver, tuvo que hacerlo, porque si no tendrían algo más de cuidado para evitar que nos mezcláramos, por si coordinamos nuestros relatos.
—¿Está familiarizada con los procedimientos policiales? —preguntó Slim.
—Estuve en la escuela de formación —dijo Eloise, que seguía sin mirarlo—. En mi primer caso me quedé con una bolsa de drogas de un alijo y me hice adicta. Las cosas no hicieron más que empeorar.
Su expresión pasó a ser una amplia sonrisa mientras continuaba mirando fijamente adelante. Era difícil saber si estaba diciendo la verdad y la ausencia de emoción en sus ojos hizo que Slim se estremeciera.
—Supongo que deberían hacerlo —dijo finalmente, deseando estar en su habitación.
—¿Sabe que ese cabrón me tiró los tejos ayer por la noche? —dijo Eloise—. Me dijo que sabía qué me gustaría y se ofreció a darme un par de billetes de cien para hacer que el trato pareciera un buen negocio. —Seguía sonriendo mientras hablaba, pero de repente su sonrisa desapareció—. Esas fueron sus palabras exactas. Le dije que no sería una buena idea considerarlo mientras yo estaba en libertad provisional. —Finalmente lo miró con los ojos brillantes—. Apuñalé a un tipo que trataba de violarme.
Deseando que mirara hacia otro lado, Slim dijo:
—El tipo probablemente se lo merecía.
Eloise encogió los hombros.
—Pues sí. Me condenaron por asesinato en primer grado con atenuante de autodefensa, pero como le dejé desangrarse en lugar de pedir ayuda, me cayeron cinco años. El juez sugirió que había habido ensañamiento. Tenía razón. Quería que ese cabrón muriera más lentamente de lo que lo hizo y estaba dispuesta a quedarme allí sentada toda la noche.
Eloise no parecía lo suficientemente mayor como para haber pasado cinco años en la cárcel, pero Slim había aprendido por las malas que las apariencias pueden engañar. Desconfiando de su lengua, no dijo nada, pero recordó un momento en el que había tratado de matar a un hombre con una navaja por acostarse con la que ahora era su exmujer.
—Lo crea o no, puedo entenderla —dijo—. Tampoco yo soy un angelito.
—¿Por qué está aquí?
—Bebo demasiado —dijo, consciente de lo indiferente que sonaba al confesarlo.
—¿Cuánto?
Slim sonrió.
—Suficiente como para perder la cabeza de vez en cuando.
—¿Pierde el conocimiento?
Slim encogió los hombros.
—A veces. Aunque hace ya tiempo. Últimamente he estado bastante… comedido.
Los ojos de Eloise parpadearon como si tratara de memorizar las piezas de un rompecabezas.
—Entonces dudo que usted sea un sospechoso —dijo—. Yo espero que me esposen en cualquier momento. Por suerte, tengo una coartada. —De nuevo esa sonrisa de loca—. Estaba en la cama con Alex.
—¿El empleado? —esto le recordó lo nervioso que estaba su guía en la reunión de la mañana.
—Otro gato entre palomas, y estoy segura de que tirarse a los clientes va en contra de la política de la empresa —dijo—. Imagino que no esperaba que las últimas horas de su empleo serían tan trágicas. —Encogió ligeramente los hombros—. Estoy segura de que lo negará, pero puedo probarlo, si entiende lo que quiero decir. Una especie de póliza de seguros. —Sonrió—. Una precaución.
Slim tenía la urgente necesidad de acabar la conversación. Solo la presencia de Eloise bastaba para sentir que gotas de su evidente locura se filtraban en él.
—Ahí vienen —dijo Eloise mientras el agente Rogers bajaba del estrado y se abría paso entre la gente en su dirección. Eloise, como si se estuviera preparando para dar un discurso ya listo, sonrió brevemente cerrando sus ojos. Cuando se apartó el último grupo delante de ellos, fue sin embargo a Slim al que se dirigió el oficial de policía.
—¿Mr. John Hardy?
—¿Sí?
—¿Le importa que hablemos? Nos gustaría conocer sus movimientos durante la tarde y noche de ayer. Parece que fue la última persona que podamos verificar que vio vivo a Mr. Carson.