Oliver... Llevaba horas encerrado en su despacho, tantas que ni siquiera se había dado cuenta de que ya había anochecido. Se levantó de su mesa, se estiró sobre su silla, se quitó las gafas y se restregó los ojos que le ardían. Aún le quedaban un par de asuntos por resolver para la reunión del día siguiente así que tomó unas monedas sueltas del primer cajón de su mesa y se dirigió a la máquina del café que había en el pasillo de su planta. Al salir del despacho pudo observar que todas las luces estaban ya apagadas, las mesas recogidas, los ordenadores desconectados y se dio cuenta de que a quien únicamente podría encontrar a esas horas en la oficina era al personal de seguridad que no tardaría en hacer su ronda de las once. Antes de ir por un café bien cargado, pasó por el baño. Se refre

