Cuando dejamos a Gilda nos despedimos de ella en la puerta de su casa y Guillermo insistió en que le pagaría por su intervención. Dejó que Giovanni siguiera en el carro y caminamos hasta la casa. Creo que no había hablado yo en todo ese tiempo, que pasaba. –Te tiemblan las manos. –Me dijo deteniéndose a mitad del camino hacia la casa. La calle estaba mojada por la lluvia y hacía calor, pero yo temblaba y estaba fría, fría como sus manos cuando lo encontré en el hospital. Lo miré, estábamos a mitad de la calle, por ahora no tenía que temer que nos separaran, era permanente esta tranquilidad. –No sé porque fuiste allá, Patricia. –Debía ayudar, intenté hacer que Anfer fuera pero no lo convencí. –No debiste llamarlo. –Siguió caminando conmigo de la mano–Sé que esto ha sido demasiado
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