Ana Habían pasado más de tres días desde que recibí aquella notificación maldita. Desde entonces, el miedo no me había dejado dormir. Lo intentaba… de verdad que lo intentaba. Por Mía. Pero cada vez que cerraba los ojos, la imagen de Marco arrancándomela de los brazos me hacía despertar empapada en sudor. Estábamos en el departamento de Sofía. Todo era amplio, pulcro, elegante… como su nueva vida. Pero yo apenas podía respirar. Sofía caminaba de un lado a otro con su teléfono en la mano, segura, con ese aire firme que parecía haber ganado en otro mundo. Y yo la admiraba. Pero también me dolía verla así, tan cambiada. Tan fuerte… después de todo lo que vivió. Mía jugaba con unos bloques en la alfombra, ajena al infierno que se cernía sobre nosotras. Me senté junto a ella y acaricié su c

