Marco El bar olía a cigarro rancio y cuero viejo. Oscuro, silencioso, apartado del mundo. Tal como él lo prefería. Santiago Russo estaba sentado al fondo, rodeado de sombras, con la mirada clavada en el vaso como si pudiera matar con solo pensarlo. Cabello n***o, ojos grises como una tormenta en el mar. Tatuajes que contaban historias que nadie se atrevería a preguntar. Se imponía sin hacer ruido, como un depredador acostumbrado a la sangre. El tipo no hablaba mucho. Pero cuando lo hacía… el mundo temblaba. —¿Y bien? —gruñó sin mirarme—. ¿Qué carajo quieres? Me senté frente a él, sin miedo. Porque el odio que me quemaba por dentro era más fuerte que cualquier leyenda. —Quiero joderla. Quiero arruinarle la vida. A Ana… a esa cría también. Me abandonaron. Me traicionaron. Estuve en coma

