Había dejado a Mía en el colegio con un beso y su lonchera rosa colgando de la mano. Después de todo lo que habíamos vivido, verla feliz cada mañana era mi única prioridad. Me fui directo al laboratorio, pero apenas logré concentrarme en las fórmulas. Seguía recordando la noche anterior, los besos de Max, su risa entre mis muslos, y su voz grave diciéndome que me amaba. Al mediodía, me encontré con Sofía en un restaurante discreto. No estaba muy convencida, pero acepté. Había cosas que necesitaba decirle. Ella ya estaba sentada, impecable como siempre, bebiendo agua con limón, como si no le pesara la historia que nos separaba. Cuando me vio llegar, esbozó una sonrisa que no me tragué. —Vaya, hermanita… —dijo mirando mi cuello y soltando una risa baja— Es evidente que tú y Max están foll

